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“Sólo catar no la osava”
(Amadís, XXX)



El género caballeresco está despertando de una siesta de cuatrocientos años. Tanto tiempo hace que han quedado olvidados estos libros en la sombra de Don Quijote. Hace también tantos años que muchos llevan sin imprimirse. Hoy en día, sin embargo, hay un interés creciente en la crítica y en el público de rescatarlos de las llamas del Quijote.

En estos libros los personajes “socorrían a los menesterosos”, “amparaban a las doncellas”, y las Dulcineas no eran “falsas y desleales”. Mientras iban alimentando el cura y el barbero el fuego con las páginas de la biblioteca de don Quijote, se salvaron unos cuantos ejemplares clásicos del género caballeresco: el Palmerín de Inglaterra y el Amadís de Gaula. Estos libros, a causa del juicio de Cervantes, son los que hoy en día se consideran dignos de mención y de crítica.

El Tirant, otro libro que se salva de la llamas, choca con la construcción fantástica de Amadís y Palmerín. Es una novela histórica que contiene abundantes elementos novelísticos que no se hallan en otros libros de caballerías. Las sergas de Esplandián, un libro de la serie de los Amadises, sí acaba en las llamas, pero es un libro importante ya que el Amadís y Las sergas pueden estudiarse como una unidad, puesto que Montalvo recogió la primitiva versión y la adaptó a su parecer, añadiendo a continuación del cuarto libro del Amadís las proezas del hijo, Esplandián.

Indagando entre las profundas raíces de los libros de caballerías, notamos que la práctica de relatar aventuras guerreras de caballerías procede de las tradiciones de las culturas celta, árabe, escandinava y clásica. Lo que ha llegado al presente siglo es la sinergia de varias tradiciones que han contado la historia de la evolución de la humanidad: los nacimientos y las caídas de las grandes civilizaciones y de sus guerreros más belicosos. Son estas historias las que se han transmitido a través de la tradición oral, el mester de juglaría. Estos narradores de relatos épicos relataban las epopeyas y difundían el interés por la heroicidad de la caballería.

La tradición caballeresca tiene su origen en varias fuentes, la mayor de las cuales es la materia artúrica del norte de Europa, el llamado ciclo bretón o materia de Bretaña. Otros ciclos son el clásico, el carolingio, y, para algunos críticos, existe un ciclo castellano, que empezaría con el Amadís. La contribución de España al género es tardío, pero transcendental. La fama que los ciclos del Amadís y del Palmerín alcanzaron en España, y después en el resto del mundo occidental, es testigo de esto. La continuación del interés en las leyendas caballerescas continuó durante el siglo XVI hasta principios del XVII, gracias a ellos, hasta la publicación del Quijote.

En la materia clásica se destacan el Libro de Alexandre y el Roman de Troie. Varios elementos contribuyeron a forjar las características del género caballeresco dentro de este ciclo: el elemento fantástico, que pasó a ser en los libros de caballerías el mundo de los magos, los encantamientos y la presencia de los dragones; y la idea del caballero errante, que ya se manifestaba en los héroes clásicos. La materia de Francia se centraba alrededor de la persona de Carlomagno. Estas grandes obras franceses del siglo XII recapitulaban los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad: la conquista de Troya, la lucha en Tebas, explicada por Estacio en su poema heroico, y la fundación de Roma por Eneas, narrada por Virgilio en la Eneida.

La materia de Bretaña, de origen celta, la más importante para el desarrollo de la “materia de España”, la constituía una serie de poemas que pasaron a prosificarse. Se trata de la vida del sabio Merlín y de sus artificios, de las aventuras del rey Arturo, y de las proezas de Lanzarote del Lago y otros caballeros de la Tabla Redonda. La primera gran obra que inició el ciclo artúrico es la Historia regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth, compuesta entre 1135 y 1138. Se trata de una fabulación histórica que ensalza la historia de un caudillo nombrado Arturo, en un intento de convertirlo en un monarca de las proporciones de Carlomagno o de Alejandro Magno. Ha cumplido Monmouth con su objetivo, vista la popularidad de Arturo hoy en día, muchísimo más conocido que sus otros contendientes literarios. Se cree que las figuras de Arturo y Merlín existieron, pero hay varias opiniones sobre su realidad histórica. El clérigo Wace tradujo al francés las historias de Monmouth con el título de Roman de Brut, añadiendo una serie de novedades como la invención de la Tabla Redonda, lo que pasó a forjar el cuerpo del mito artúrico. La popularidad de Arturo se debe a su mitificación literaria, no a sus hechos históricos.

Fue Chrétien de Troyes quien estableció lo que es considerado como el fundamento de la tradición artúrica. Sus numerosos relatos sirven de base para las variaciones históricas de Merlín y Arturo: Eric (1150-1170), Cligès (1170-1176), Chevalier au lion (Yvain), Chevalier a la charrete (Lancelot) (1177-1181), y Contes du Graal (1181-1190). En las tres primeras obras, el amor y la caballería desempeñan papeles dominantes; en las últimas predomina la quête, la búsqueda. Se escribieron varias veces las historias de Chrétien. En una de las cimas del ciclo artúrico (La Vulgata), se cuenta la vida de Arturo desde su nacimiento hasta su muerte, donde es trasladado al místico lugar de Avalon.

Los historiadores no precisan la fecha de la llegada de los textos de caballerías a España, pero penetraron a través de Monmouth y de la General estoria de Alfonso X. Ya para el siglo XII hay señales de la leyenda de Arturo en la península Ibérica. Su presencia permanece comprobada, aunque la rapidez con la que se difundió en la península no parece ser la misma que en el resto de Europa. La llegada del arturismo a la península no coincidió con la Vulgata, sino con la Post-Vulgata, alrededor de 1240. La epopeya castellana no cedió el paso a la novela, sino que evolucionó en otras voces poéticas, o en las crónicas de hechos históricos. El fervor por el realismo dramatizado justifica que llegara a España algo tardío el interés por el género. La perspectiva histórica sin señales de fantasía en la gesta española pasó a formar parte de las crónicas en torno a los Siete Infantes de Lara, el Cid, Fernán González, entre otros, o se disolvió en romances. Cuando surgen los libros de caballerías a partir del Amadís, el paso de las crónicas a la novela es casi invisible debido a las semejanzas de los temas caballerescos. Los personajes históricos de la tradición popular pasaron a ser personajes enteramente ficticios.

La herencia del género caballeresco llegó a forjar, a través del genio cervantino, los comienzos de la novela moderna en el Quijote. Huelga decir que la nombradía de esta novela es “sin par”, pero su relación con los libros de caballerías merece, en mi opinión, más atención por parte de la crítica. Para cuando aparece Don Quijote el interés en la extensa ristra de los libros de los ciclos Amadís y Palmerín que se perpetuaban incestuosamente sin ninguna novedad ni cambio había prácticamente desaparecido, pero esto es un problema que había existido desde los comienzos del género.

A pesar de su fin, se eternizó, sin embargo, el género caballeresco, o lo que quedaba de él, a través de su paródica esperpentización en el Quijote. Tan perspicaz era la clarividencia con la que Cervantes escribió el libro, que hoy en día es un punto axiomático en la literatura universal. Por una parte, Cervantes hizo para el mundo literario lo que la máquina de vapor para la edad moderna. Al principio de este estudio se mencionó que hoy en día hay un creciente interés en el género, y de alguna manera podemos darle las gracias a Cervantes. Puede ser que para el lector moderno estos libros tengan poca gracia, pero en lo que atañe a su valor para entender el Quijote, hay mucho que descubrir.





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