• Ian Welden

    Milagros en Valby

    La Glorieta de la Encarnación

    por Ian Welden (Dinamarca)


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Ilustración de Oliver Welden.


Santos nació de pie una mañana soleada y fresca del mes de julio en España, en un pueblito amable llamado El País de la Infancia. Y se puso a caminar inmediatamente en busca de un sentido en su vida. No quería perder su tiempo en madres ni senos hinchados de leche. La existencia era demasiado corta para esas tonterías. En un dos por tres esquivó la niñez como quien esquiva un toro enloquecido y entró tranquilamente al reino de la adolescencia una brillante y amistosa mañana.

Con su sorprendente y talentosa elocuencia y sus ojos de estrellas azules, encontró albergue de inmediato en la corte de la reina y contribuyó a su nuevo país con cien bebés, cien Santitos que también nacieron de pie y salieron a caminar por España apresuradamente en busca de sus sentidos en la existencia,

La vida le hizo una zancadilla a Santos, obligándolo a enamorarse perdidamente de la hija de la reina, la gloriosa Encarnación, una doncella virgen de dieciséis años de edad, bella y talentosa como él. Ella le fue ya infiel en su noche de bodas y parió a Anti Santos, un bebé que nació con la cabeza primero, succionó los pechos de su madre con fruición y se negó testarudamente a caminar hasta que cumplió los siete años de edad.

Santos, herido en su amor propio y aún locamente enamorado de Encarnación, dio un paso fatal y cruzó la frontera hacia La República de los Treinta un mediodía de abril. Con su belleza y vigor aún intactos, se entregó a pasiones prohibidas por la Biblia, donando esta vez al gobierno de la república a miles de Santitos que se mezclaron con las vírgenes locales. Santos ya aburrido, cruzó prematuramente la frontera hacia El País de los Abuelos.

Jamás debería haberlo hecho.

Por primera vez se sintió cansado, solo y abatido y se dio cuenta de que aún no había encontrado su sentido en la vida. Se sentó ante las puertas del nuevo país y contemplándose en las aguas de una pequeña laguna vio con horror a un Santos cuyos otrora ojos azules eran cuencas oscuras, y su rostro que una vez quitaba el aliento tanto a hombres como a mujeres, era una patética burla de sí mismo, pálido y arrugado.

Lentamente abrió las enormes puertas y los habitantes lo ignoraron. Pidió albergue en una miserable posada a cambio de limpiar el establo y cepillar los caballos, a sabiendas de que sus próximos pasos lo conducirían al País de la Muerte.

Se entregó a la autocompasión, al vino agrio de la posada y a los juegos de azar, perdiendo sus últimas migajas de amor propio y también sus ropas y zapatos.

Desnudo cual bebé, sin dientes ni cabellos, caminó confundido una mañana de espesa neblina hacia el País de la Muerte, perdiéndose en el camino y reapareciendo sorpresivamente y muy confundido en el Reino de la Adolescencia. El lugar estaba irreconocible. Rascacielos de vidrio y metal impedían la entrada del sol. Automóviles violentos y multicolores rugían por las carreteras de hormigón e histéricos letreros de neón enceguecían la vista. Música agresiva extranjera había desterrado a Mozart, Vivaldi y Albinoni.

Santos lloró como bebé y su otrora amor poderoso por Encarnación y su hijo Anti Santos explotó en su corazón nuevamente.

Los buscó en los hipermercados neurotizantes, entre las hordas de multitudes anónimas e inexpresivas. Se encontró con muchos Santitos, sus hijos, desnudos y extraviados como él, llorando y buscando a sus madres amadas y sus sentidos de la vida.

Mientras tanto, Anti Santos, ya hombre hecho y derecho, asistía a los funerales de su madre Encarnación. En un barrio apartado y silencioso de el Reino de la Adolescencia, fue enterrada a los pies de un joven gomero en la glorieta de su palacio, y su tumba fue regada con agua bendita para protegerla de los espíritus malignos. El lugar fue bautizado La Glorieta de Encarnación. Y no sabiendo cómo ni por qué, Santos apareció en el funeral, senil y desnudo como un Adán en búsqueda de su Eva.

Su hijo, Anti Santos, lo abrazó, lo cubrió con una manta y se hizo cargo de él. Lo bañó y le puso pañales. Le dio un biberón con leche tibia y lo acostó a dormir en una cuna. A la mañana siguiente Santos despertó muerto, encontrando finalmente así el sentido de su vida.

Fue sepultado a los pies del árbol junto a Encarnación y ambos se unieron en un abrazo tan ardiente que la tierra tembló, los cielos se iluminaron y el gomero se transformó milagrosamente en un portentoso homenaje a los amantes. Su tronco, el cuerpo musculoso y formidable de Santos y sus ramas la cabellera loca y seductora de Encarnación.

Al transcurrir los años, el lugar de los amantes fue rebautizado por supuesto "La Glorieta de la Encarnación".

Y los Santitos, pues ellos aún andan entre nosotros los seres humanos comunes y corrientes, multiplicándose por millones, apresurados, a tientas, sin paz ni descanso y sin un sentido en sus solitarias existencias nómadas.

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