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El primer jueves de octubre de cada año a la una en punto de la tarde, la Academia Sueca da a conocer el nombre del ganador o ganadora del Premio Nobel de Literatura. Es un día en donde todos los medios de comunicación y editoriales, en Suecia, están a la espera de la tan anciada noticia. En realidad, el mes de octubre empieza a revivir Alfred Nobel en Estocolmo, en Oslo y su nombre se escucha en todos los países del mundo.

Este año, en lugar de ir a la sede de la Academia Sueca para enterarme del ganador del Premio Nobel de Literatura, me dirigí a la casa del gran poeta sueco, Tomas Tranströmer, situada en pleno centro de Estocolmo. Me encontraba cerca de su vivienda, y pues llegué al lugar deseado, exactamente a las 13:05 de la tarde, después de haber escuchado la noticia por la radio de mi teléfono móvil.

Conocí personalmente al poeta laureado con el Nobel los primeros días de julio del 2008, en El Congreso Internacional de Escritores y Traductores de obras literarias (Writers and Literary Translators International Congress) denominado WALTIC y auspiciado por la Sociedad de Escritores Suecos (Sveriges Författarförbund). El día de la clausura, a eso de las cuatro de la tarde, me acuerdo muy bien, lo presentaron en el escenario en silla de ruedas; y todo el público de pie, con mucho respeto, empezó a aplaudir más de un minuto. Después del acto, lo vi en su silla de ruedas en uno de los corredores, entonces ni corto ni perezoso, me acerqué para hablarle pero no me contestó, sino más bien movió la cabeza como queriéndome decir algo. Pronto me di cuenta que tenía dificultad para hablar. Lo único que hice aquel día, era tomarle un par de fotos.

Durante casi 20 años, el nombre de Tranströmer se ha ido barajando en las salas de la Academia Sueca. Algunos literatos suecos esperaban, cada año, que el famoso premio recayese a Tranströmer, mientras que otra gente pensaba, simple y llanamente, que la Academia Sueca se había olvidado de su querido poeta nacional. Sin embargo, muchos periodistas, fotógrafos y curiosos estaban pegados a la puerta de la casa del poeta. Y esto me pude dar cuenta desde unos diez metros. A medida que caminaba hacia ese solicitado domicilio, percibía voces, la gente se amontonaba y algun que otro guardia intentaba poner orden a la muchedumbre. Traté entonces de ubicarme lo más cerca posible de la puerta. Como siempre en estos casos, los comentarios y las bromas están presentes. Alguien decía:

“Por fin le tocó el premio Nobel a Tranströmer, hace dos años me marché de este lugar desilusionada un día como hoy.” Una persona exclamaba, casi con lágrimas en los ojos: “de verdad no tengo palabras para expresar mi alegría por este premio a Tranströmer”.

Según la prensa, el secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, llamó por teléfono a la familia Tranströmer faltando tres minutos para la una en punto de la tarde. La mujer del poeta, Mónica Tranströmer, comentó que en esos momentos, después de haber almorzardo, el poeta estaba escuchando música clásica, y que la noticia les había pillado de sorpresa.

En el otoño de 1990, Tomas Tranströmer, sufrió un ataque de hemiplejía, lo cual eliminó su facultad de hablar. Además, le causó una parálisis de la mitad derecha del cuerpo. Pero su esposa es una excelente intérprete de los deseos de su compañero de vida, y acotó a la prensa: “ La verdad es que no creíamos vivir estos momentos. Estamos felices. Sé que mi esposo quisiera decir muchas cosas, pero ahora le faltan las palabras”. Y claro que en su corazón debe haber almacenado un montón de cosas para contar, como por ejemplo de sus poemarios, de sus viajes, de su trabajo con jóvenes en la cárcel etcétera. El escritor y psicólogo norteamericano Robert Bly, fue el traductor de las obras de Tranströmer al inglés. Así como el poeta uruguayo Roberto Mascaró tradujo sus poemarios al español.

Tranströmer es un gran artesano de los versos que jamás ha buscado la fama. En una carta dirigida justamente a Bly esclarece: “...lo que realmente es engorroso con la mayoría de los escritores, es ese deseo por la fama...”. Es decir, esas ansias, mal acompañadas de megalomanía.

Este poeta, psicólogo de profesión, ha sabido combinar, con gran admiración, su trabajo como profesional y la escritura. A temprana edad se dio cuenta de que no podía vivir, ni él ni su familia, de la escritura. Y declaró: “...elegí una profesión que no perturbase la escritura, sino que le agregase experiencia. Por eso elegí la profesión de psicólogo”.

Además, dicen que toca el piano de maravilla. Tranströmer conquistó a los lectores a los 23 años, cuando publicó, en 1954, su primera obra: “17 poemas”. A partir de ese año, se perfila como uno de los poetas más importantes de su generación. Desde entonces ha escrito muchos poemarios con un lenguaje cotidiano, pero también con un aluvión de imágenes surrealistas, disolviendo así el mundo convencional. Sus poemas crecieron desde su universo nórdico, como una especie de raíces que se levantan hacia otros mundos para diluir fronteras y crear una fusión entre lo real, el hombre y lo universal. En palabras de la Academia Sueca, el prestigioso premio se otorgó al poeta: “porque ofrece con imágenes condensadas y diáfanas una nueva vía de acceso a lo real”. Su obra ha sido traducida a más de 50 idiomas, ha ganado un sinfín de premios y es el segundo poeta galardonado con el Nobel, después de la polaca Wislawa Szymborska en 1996. Bien por este bautismo poético que significa respiración para la poesía. Bien por ese “extraño oficio” de escribir poesía. Y muy bien por ese arte loco que dice mucho de los muertos y de los vivos; porque la poesía, ahora más que nunca con sus lámparas encendidas, cuanto más se acerca a la verdad, cuanto más re-crea el amor y el mundo que nos rodea; más mortal se vuelve. Si tocamos el alma de Tranströmer a través de su poesía, podríamos decir que nos conduce, a veces con un lenguaje sencillo, a territorios por donde avanza la belleza, la sensibilidad del autor y sus versos que continúan asombrándonos con su vigencia.







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