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Estamos en un local junto al mar. Lo veo detrás de la ventana abierta. Formo una especie de corro con otros hombres, al parecer marineros como yo. Cantamos canciones del mar y bebemos ron. Las mujeres, detrás de la barra, nos miran sin demasiado interés. Nos conocen. Alguien habla de un pescador que cayó al agua y al que rendimos un sentido homenaje. No sé cuánto tiempo permaneceré aquí. En este local, en esta región. En este mundo y en este cuerpo. Pueden ser años o quizás minutos. Automáticamente me doy cuenta de que son minutos.

Todo ha cambiado. Estoy sentado en el suelo, frente a una chimenea, y soy muy mayor. Los recuerdos de toda una vida se ordenan en mi cerebro de una forma natural. He sido rico. Desde hace algún tiempo, abandonado por mi familia, sólo una anciana, pagada por mis hijos, me mantiene con vida.

Entra corriendo porque me ve demasiado cerca del fuego. Me recrimina algo, pero apenas la oigo. No es que no me importe, es que sé, de nuevo, que esta vida, este ejemplo de yo que habito, va a durar unos minutos. No sé lo que pasará con ese anciano que soy. Puede que la escena se detenga en cuanto salte a otra realidad. Sólo sé, esto lo he experimentado muchas veces, infinitas veces, que la anciana que me cuida, como los marineros, dejarán de existir cuando yo lo haga. Por eso, con una emoción mecanizada, abro expectante una puerta de madera y entro en mi pequeña casa de barro, y acaricio el pelo de mis hijos, que salen a recibirme y me preguntan si traigo comida. Mi mujer está enferma.

Los datos de mi vida anterior, junto a la chimenea, se desvanecen como los rastros de un sueño al despertar. De aquí a pocos minutos, aplastado por la realidad que habito y los datos que la componen, ese sueño apenas será una sensación indeterminada. Les digo a los niños que se sienten en la mesa y se preparen para comer. Ellos saltan de alegría. La pobreza tiene estas cosas, que se conforma con pequeños detalles. Comer, un techo, poco más.

Mientras caliento agua en la olla los pequeños limpian de hollín el horno. Mi querida esposa, desde la cama, tose y sonríe. Está blanca como la cera de una vela. Me siento en el borde de la cama y le acaricio la pierna que le queda. Me dice que soy fuerte y extraordinario. Nada de eso. Me lo tomo con calma. Sé que me iré de repente, pero no como se van ellos, los demás. Todos, incluida mi preciosa mujer, tienen un compromiso que cumplir, tarde o temprano. Yo no. Esa es la diferencia. Ni triste ni contento, vivo y vuelvo a vivir, sin meta. Simplemente soy un hombre tranquilo.







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