• Ian Welden

    Milagros en Valby

    El espía ingenuo

    por Ian Welden (Dinamarca)


welden 188

Ilustración de Maritza Álvarez
Villa Alemana, Chile


Desde mi vejez observo mi infancia como un capitán de barco observa las costas de un continente nuevo a través de sus binoculares.

Curiosamente he olvidado ya mis pesadillas y recuerdo vívidamente mis bendiciones y lecciones de la vida.

A los diez años de edad yo estaba enamorado del mar y mi abuelo me llevaba a veranear a las playas cercanas a la ciudad de Santiago, donde yo nací y crecí. Me fascinaba correr solo por la arena blanca cerquita de las olas reventando o sumergirme en esas aguas frescas y profundamente azules y explorar el suelo marino en busca de tesoros.

Me levantaba en la madrugada y me iba a la playa para encontrarla sola y recién peinada por la noche. Encontraba peces moribundos y conchas de mar barnizadas de colores pasteles rojos y pardos. Pero lo mejor de todo era sentir el claro viento fresco y escuchar la hiptnotizante monotonía de las olas sólo para mi. Era una experiencia mística y sagrada.

O pescar con una línea de nylon enrollada en un tarrito de nescafé, un anzuelo y un peso. Nada de cañas ni cosas modernas. A esas horas de la mañana los peces andaban hambrientos en busca de algún desayuno y yo los pescaba con mucha facilidad. Los iba poniendo en una hilera sobre las rocas y estudiaba con curiosidad el lento proceso de sus agonías.

Luego las playas se iban llenando de bañistas con cremas solares, parasoles y anteojos ahumados. Radios y vendedores. Y lo estropeaban todo. Gritaban y jugaban a la pelota y se atragantaban con sus sandwiches o sus pollos asados y sus huevos duros llenos de arena y sus vinos y cervezas.

Y el sol ya violento los freía mientras que sus perros agresivos tomaban posesión de las olas. Y luego se iban, dejando sus papeles de diario y comidas y botellas tras de ellos.

Un verano fuimos a un pequeño pueblo llamado El Pirata. Su playa larguísima estaba rodeada por cerros de pinos y gigantescos roqueríos cuyos recovecos misteriosos eran ideales para esconderse y jugar a Tarzán o Robín Hood.

Pero lo mejor de todo era que no habían otros veraneantes. El lugar era todo mío. O por lo menos así lo creí.

Una mañana temprano en que yo andaba por los laberintos de las rocas ocultándome de Aquaman, escuché voces que venían desde la playa. Divisé a dos niños de mi edad preparándose para ir a nadar. Uno era muy blanco y rubio e inmensamente gordo y el otro de tez más morena, bajo y flaco como una espiga.

"Apúrate guatón que el mar se va a secar!"
"No me cabe mi bañador!"
"Voy a tener que ponerte a dieta guatón. Yo me voy a nadar no más!"
"No, no! Espérame un poquito... Ya, estoy listo!"

¡Qué hacer! Yo egoístamente quería tener ese paraíso sólo para mi. Me fui al hotel desmoralizado y cabizbajo. Salí a pescar con mi abuelo esa tarde. La playa estaba solitaria. Pescamos desde las rocas y mi abuelo, como de costumbre, me contó sus hazañas de la primera guerra mundial, cuando tuvo que matar por primera vez con una bayoneta. Era muy joven y peleaba en Europa junto a los ingleses contra los alemanes. Un día se encontró frente a frente con un soldadito de su misma edad. Ambos tiritaban de miedo pero sabían que hacer. El alemancito titubeó y mi abuelo le clavó la bayoneta en el estómago. El niño gritó "mamá" y cayó al suelo. Mi abuelo corrió por el campo de batalla llorando amargamente.

Quise contarle acerca de mi experiencia con los niños desconocidos esa mañana pero desistí. Sabía lo que me iba a decir: "...pero tienes que hacerte amigos de ellos pues...". Y no quería escucharlo. Pensé en que desde ahora en adelante serían mis enemigos. Así era mas entretenido y podría recuperar mi territorio.

¡Pero a la mañana siguiente eran cuatro! Los dos del día anterior más uno muy flaco y muy alto y uno chico y gordito y casi negro.

"Ya pues guatón, de nuevo la misma tontera con tu bañador..."
"Si ya estay más gordo que el Mohamed!"
"Yo no soy gordo, Juaco, soy bien alimentado!"
"Y bueno, vamos a nadar o discutir?"
"Todos a nadar menos el guatón Dragi!"
"Si ya voy! Ya voy! Espérame Robi!"
"El último es mujercita...!"

La situación se me había puesto bastante difícil. Ahora tenía cuatro enemigos; desconocidos. ¡Y qué nombres tan raros! Recorrí pensativo los recovecos de mi guarida sin poder encontrar una estrategia. Decidí consultar con mi abuelo esa tarde cuando estuviéramos pescando. El era experto en guerras.

"Tata, ¿los enemigos en la guerra eran extranjeros?"
"Si pues, mijtito, eran alemanes".
"O sea que ¿los extranjeros son los enemigos?"
"No no no. Como se te ocurre! Acuérdate que yo soy extranjero y no soy enemigo de nadie!"
"Usted es inglés. Tatita, ¿y cómo se llamaba el alemán que usted mató?"
"No se mijito. Otto, tal vez..."
"Qué nombre tan raro. ¿Todos los extranjeros tienen nombres raros?"
"Mira! Picó uno nuevamente... viene pesado!"


Recuerdo que esa noche no dormí. Qué complicado resultaba todo! Seguro que esos niños eran extranjeros y enemigos. Pero ¿qué hacer?

Me levanté con el sol y me fui a la playa. La encontré maravillosamente desierta y corrí por ella cual caballo desbocado. Nadé entre las olas heladísimas de la madrugada y exploré el fondo del mar encontrando piedras preciosas y conchitas multicolores. Todo era como antes. Como yo lo quería. ¿Por qué esos niños extranjeros me habían privado de mi mayor placer en la vida?

Me encaramé a mis rocas y me tendí a descansar, pensando que tal vez no vendrían más, cuando escuché las voces nuevamente. Cuidadosamente me asomé a mirar y no pude creer lo que vi: habían dos más!

Uno de los nuevos se parecía mucho a ese llamado Robi. Seguro que eran hermanos, pensé. El otro era alto, macizo y rubio. Como siempre, se preparaban para ir a nadar.

"Oye, Harald, ¿de dónde sacaste esa toalla rosada? ¿Es de tu novia?"
"Yo no tengo novia, idiota. ¿Y tú, Nano? Tu bañador parece un calzoncillo!"
"Y el tuyo parece un calzón de tu mamá...¡Ja, ja!"
"Ya pues Dragi, como de costumbre el último en la fila!"
"¡Oigan! Oigan! ¡El bañador del guatón parece una carpa de circo!"
"¡Ja, ja, ja, ja!"

Y para mi estupor, Dragi, el guatón rubio, señaló hacia mí con su dedo índice y gritó:
"Pero el bañador del espía está hecho de un trapo de cocina!"

Hubo un silencio espeluznante. Yo me congelé. No entendí la situación. Me sentí mareado y creí desmayar. Y fue peor aún cuando me gritaron que saliera de las rocas ¡como hombre! No tuve otra alternativa que bajar de mi santuario y caminar hacia ellos.

"Cómo te llamay?"
"...Ian..."
"Hola. Yo me llamo Robi. ¿Qué haces escondido en las rocas espiándonos todos los días?"
"..................."
"Yo soy Dragi, hola, ¿cómo estás?"
"Y yo soy Mohamed, ¿qué tal?"
"Hola, yo me llamo Nano, ¿eres chileno?"
"Si..."
"¿Y de donde sacaste ese nombre tan gringo?"
"Me lo dio mi papá..."
"Y de dónde es tu papá?"
"Mi papá está muerto. Era de los Estados Unidos".
"Mi papá es Chileno".
"Y mi papá es árabe!".
"Y el mío es alemán"
"Y mi abuelo es español".
"Hola, yo soy el guatón Dragi, mis viejos son chilenos".

Todos me dieron la mano muy amablemente mientras yo quería morirme de vergüenza.

Y por supuesto, nos hicimos amigos. Compartimos ese verano maravilloso la idílica playa de El Pirata. Los bosques, las rocas. Reímos y cantamos y corrimos juntos. Y ahora que ya estamos viejos y canosos seguimos siendo los mejores amigos del mundo.

Guardo entonces mis binoculares de capitán de barco y me acuesto en mi sofá, aquí en el Reino de Dinamarca, para descansar un poco y esperar la visita de mis hijas chileno-danesas.

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