banner arenaycal

 



En el principio
lo soñado pervive de momentos
que son como una doble vida,
como fotos que pueden ser retocadas
en el ordenador de un niño.
En el principio, todo es corazón:
dos labios que otorgan cierta
belleza a las palabras,
miradas que se detienen, y forman
lejanas melodías, esos presentimientos
que a lo mejor no todos se consumen.
En el principio
se apagan soledades con vivo ardor,
máximas y sentencias se repiten.

Es irresistible la tentación
como vino a mí de tentadora
la dulce naranja en invierno,
el sol en el espíritu, locura;
querer penetrar de verdad lo ajeno,
devolverle a la sombra su universo.
En el principio
los crepúsculos arden, late barro profundo,
pisan el umbral decididamente
mis pies descalzos, corazón en mano.

(Algunos arraigos me vienen, 2005)



El poema titulado “Principio” abre mi primer poemario –aunque no el primero escrito-. Está ubicado en primer lugar para acompañar el significado del poema. Como se dice, todos los principios fueron buenos. Quién no lo ha tenido en el amor, en la amistad, incluso en el trabajo. Pero ocurre que luego las cosas se tuercen.

En este poema me impliqué mucho. Hablo en pretérito perfecto, porque me siento un tanto lejos del ideario poético-estético que lo respaldaba. En cambio me sigo sintiendo cercano a él por la reflexión que soporta, la vida siempre mirada para atrás, de su perplejidad que produce aún siendo vivida. Queda claro que es conveniente echar la vista atrás de vez en cuando para cerciorarnos que nuestras heridas están bien cauterizadas, que volveremos a jugar como niños de un modo más grave o serio.

Este poema está inspirado en la experiencia del amor. A este propósito es necesario recordar que la poesía -como toda la literatura- puede jugar a ser otro, la alteridad -o “la otredad”, tratada en su obra por el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz-. Quiero decir con esto que no se trataba de dar muestra de una experiencia amorosa fracasada, sino que traté de imaginar cuánto da uno en el principio amoroso o conquista, cuanto va dando con el paso de los días, y cuánto deja de dar cuando la situación amorosa pende de un hilo, cuando huele el cadáver del amor.

En la conquista “los crepúsculos arden”, los amantes presentan altos índices de testosterona. Parece que todo arde en derredor, cuando quienes arden son los amantes, en ese inicio fulgurante, donde cualquier detalle cuenta -las flores, los regalos sin fecha-, donde todo se mira con lupa y nada se echa en cara. Así, los instantes parecen congelarse, el tiempo es un charco que pisan los que viven enamorados. Somos muy sensibles. Donde las palabras son las más bellas, incluso cercanas a la cursilería, pero no nos importa; las gritamos, porque no tenemos vergüenza a nada; en nuestra pantalla sólo se encuentra nuestro o nuestra amante. Y cometemos locuras, tenemos arrebatos que nos conducen a la exaltación, al frenesí: no sabemos estar solos, no calculamos el tiempo ni el dinero, dejamos a un lado familia, amigos… Vamos, que nos volvemos tarumba.

También “todo es corazón” en los primeros momentos, todo es de verdad y se entra a esta fase de enamoramiento “desnudo”, con el “corazón en mano”. Damos todo de nosotros, nos descubrimos cómo somos, aunque siempre dejamos algunos secretos sin importancia -que seguramente están mejor guardados-, porque de lo importante damos buena cuenta de ello (“querer penetrar de verdad lo ajeno”).

Recuerdo que este poema fue compuesto en la primavera de 2005. Por ese tiempo estaba atravesando los momentos personales más difíciles de mi vida, y hallaba en la escritura una forma de terapia que me ayudaba a sostenerme, si bien es verdad que eran muchos días que terminaba por derrumbarme. La lectura y la música también me ayudaban a sobreponerme. En esa época tuve desafortunadamente escaso acercamiento a las novedades musicales, pero todavía me sobrecoge y me lleva a ese momento cuando pongo el disco de Vinodelfin, Perfecto en la locura. Me gustaron y me siguen gustando todas las canciones de ese disco.

Leía poco, y casi todo pertenecía al género lírico. Tenía entre mis manos a uno de mis escritores predilectos actuales, el roteño Felipe Benítez Reyes, y había subrayado varios versos en el libro Escaparate de venenos (2000) -porque me he habituado a coger un lápiz cuando leo, de hecho ya no sé leer de otro modo- y repasaba algunos poemas de libros anteriores (Vidas improbables, El equipaje abierto) observando cómo maneja el tiempo desvencijado, la capacidad de nombrar lo efímero, cómo se va condenando la juventud a la extinción, “esos antiguos paraísos”, etc. Sobre esas fechas descubrí a un poeta valenciano -amigo de Felipe- cuyo decir se acercaba a la filosofía, al conocimiento de la memoria, de los sueños. Recuerdo hoy la extinción del día, su fugacidad en los dos versos finales de un poema de Los países nocturnos (1996) “El día tiene límites confusos / por donde deambula, fiel, nuestro fantasma”. También me influyó el recuerdo del niño en el poema “Metal pesado”, el aprendizaje de vivir en el poema “La salvación en la mirada” (ambos pertenecientes al libro Metales pesados, 2001). Este poeta me llevó a otro -porque creo que hay poetas y lecturas que hay que entrelazar aun sabiendo que tejen mundos dispares-. Ese otro, era el poeta granadino, Luis Muñoz. Entre versos alejandrinos y endecasílabos me queda en la memoria el tratamiento metafórico, distante e irónico por momentos, lejano en otros: a la hora de hablar del amor en “Espiral” o de la cotidianidad en “Día a día” (del libro El apetito, 1998); o la brevedad inquietante que se muestra en los dos últimos bloques de su libro Correspondencias (2001).

Para acortar, he querido rescatar el libro que, tal vez, más influencia ejerció sobre mí, me estoy refiriendo al primer libro de Andrés Navarro, La fiebre (abril de 2005), por su conocimiento de la poesía de René Char, por la precisión de sus palabras, por sus poemas breves y finales contundentes (¡con qué pocas palabras decía tanto!), como, por ejemplo, en el verso final rotundo de muchos poemas “Esos pocos lugares de los que no se vuelve” o “Ya todo está detrás de un humo extraño”. De nuevo me llevaba al “topos” de la fugacidad del tiempo. Desde entonces, me atrevo a intentarlo, y es una técnica que expreso a menudo, esa correspondencia entre principio y final. Que diga el lector si hay o no establecido un paralelismo entre estos versos finales de este poeta valenciano y mi poema “Principio”: “el hombre que habré sido / todo el amor / y toda la razón que el amor quita”.






Curriculum del autor

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

 

sep

Aviso legal | Política de privacidad | Condiciones del servicio | Home