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Si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, a donde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite. Y si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna no cambiarían en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia.

Juan José Saer




Creo que existe un Dios en todas las cosas que somos y que hacemos. Llamo Dios a una especie de fuerza personal, más grande que nuestras acciones, que nos impulsa a ser y a hacer lo que somos, sin ningún sentido necesariamente religioso. Algunos deciden en verdad adentrarse en ese Dios, otros prefieren dejarlo actuar a medias. Sea como sea, todos nos despertamos en las mañanas y salimos a un mundo sobre el cual explayarnos. Y nos encontramos así en zonas de influencia, es decir, en lugares que compartimos con el otro para convivir con ese otro y, también, con uno mismo. Día a día, algunos, buscan dentro de sí la convivencia con sus monstruos y sus magias, y después salen a ese mundo que los espera. Otros simplemente salen.

Dejar que ese Dios personal actúe implica escucharlo, seguirlo, más que nada, sentirlo. Y a veces sucede que uno sale al mundo y encuentra entre las zonas de influencia situaciones límite. La palabra "límite" viene de "limes", que eran las fronteras, las delimitaciones del territorio romano. Estas situaciones límite de las que hablo son momentos y circunstancias que nos hacen pensar un poco más en profundidad en las cosas, en lo que nos constituye como humanidad y en esos dioses personales que nos impulsan. Estas circunstancias suelen desequilibrar ciertos esquemas que no entendemos, ciertos patrones de nosotros mismos que se repiten con asiduidad oculta. El que ha encontrado a su Dios, o al menos lo siente en su profundidad, recibe menos golpes que desnivelan sus elecciones, su ser y hacer. El que está lejos de su Dios cae presa de lo inesperado.

Lejos estoy de mi Dios y por eso me pregunto si en momentos límites, en circunstancias tan apabullantes y poderosas como los segundos que pasan, que se engullen a nenes con hambre y crean y recrean guerras inútiles, todos realmente, desde lo más profundo que tenemos, nos acercamos a ese Dios que supuestamente nos habita o habitamos. Nos hemos comenzado a perder tanto en los "monstruos y maravillas de la técnica" (como diría Octavio Paz) que tal vez estemos alejados de nuestros Dioses más de lo que creemos. Hay filosofías que postulan que todo sucede por alguna razón desconocida y que ya el mundo, así como está, obedece a un equilibrio. ¿Pero no les pasa a veces que sienten un cosquilleo extraño cuando intentan escuchar a su Dios? ¿cuando intentan ser y hacerse en este mundo de hoy?

Nuestro conocimiento de las cosas es limitado. André Gide afirmó "Cada criatura nos indica a Dios, ninguna lo revela. Desde el momento en el que nuestra mirada se suspende en ellas, cada criatura nos aleja de Dios". Por eso la búsqueda incansable de ese Dios personal debe nacer siempre desde adentro y no buscándolo afuera, en las cosas, en lo externo. Nuestro conocimiento, tanto el espiritual como el cientificista, así, es limitado y nos persigue a donde sea que vayamos. En este episodio moderno que vive la humanidad, en un mundo consumista, egoísta, de imagen y egos, en el que se bucea más y más entre un barro que se instala y crece, tratando de rescatar (como una especie de oxígeno para nuestros pulmones golpeados) la perla en medio de todo ese barro, a veces me pregunto, verdaderamente, cómo se hace para escuchar a nuestro Dios, cómo se hace para armar verdaderas comuniones de personas en las que podamos ejercer la tolerancia y mirar un poco mejor al otro para descubrir así algo de nosotros mismos. Porque todos guardamos la misma perla y el mismo barro. Lo que nos diferencia es la mirada.

Hace poco encontré en una artículo de Eduardo Febbro una imagen que me colmó al extremo, la cual decía "estamos en la era de existencias que se consumen consumiendo". La frase no puede ser más poderosa, más mortal en sus formas. Hay algo no sólo real en ella sino hasta tenebroso: seres atontados, autómatas que se manejan como grandes Pac-man solitarios en medio de un gran laberinto de oscuridades y colores artificiales. Así nuestros Dioses parecen dirigirnos en este camino que estamos eligiendo.

Por eso creo que es necesario, ahora más que nunca, preguntarnos hacia dónde en verdad queremos ir. No es cuestión de estar cómodos en nuestras casas, prendidos a los televisores, lamentándonos por el mundo como en esta nota. Es cuestión de accionar, de cambiar la mirada, incluso aunque sepamos que nuestro conocimiento es limitado y que jamás vamos a alcanzar, verdadera y genuinamente, a Marte o a la luna. Podemos llevar con nosotros nuestros límites, sólo planteo que lo hagamos con un poco más de elegancia.





(Curriculum de la autora)



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