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    La segunda oportunidad

    por Marta Díaz Petenatti


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Todo era un caos. Salí de trabajar apresurado. Ni siquiera me percaté de la llovizna mansa que humedecía altanera e insolente.

Estaba apurado. No me molestó como días atrás, los vidrios de los lentes empañados por el calor que despedían mis ojos contrastando con el frío del aire que me hacía lagrimear motivando un llanto quedo y sin motivo.

Cuando me percaté del innecesario apuro mis pasos comenzaron a aminorar el ritmo. Me movilizaba una fuerza interior mezcla de miedo, ansiedad, incertidumbre que me llevaba a apurar el paso para llegar a esa casa donde últimamente iba luego de trabajar.

Llegué antes de lo acostumbrado. Mis manos temblorosas no podían conciliar llave y cerradura, lo logré sólo por rutina.

El interior era oscuro, tenebroso. Recorrí la estancia desplomándome literalmente sobre el sillón de hamaca ubicado en el rincón.

Mi cuerpo se relajaba con el vaivén suave del sillón y mis oídos, dejando de lado los ruidos externos, comenzaron a oír los sonidos del silencio que me rodeaba.

Debía seguir esperando tal como decía la nota que me habían dejado en la oficina días atrás. Estaba cumpliendo estrictamente con todo lo exigido en ella. Las últimas instrucciones llegarían en su justo momento.

Los días fueron sucediéndose. Pero hoy no, hoy era el marcado como día final, aunque ¿cuál sería ese final? Aún no lo sabía, como tampoco quién me había dejado el recado. De lo único que estaba seguro era de que me seguían. Posiblemente querían verificar si cumplía o no con lo exigido.

En algunas oportunidades tenía la sensación de que me tocaban. Sentía el calor de otras manos sobre mi cuerpo, pero no alcanzaba a distinguir a nadie. A tal punto era real esa sensación que llegué a pensar que mis neuronas no estaban funcionando bien.

En esas largas esperas, mi mente, casi adormecida de no pensar en mí, hacía una introspección de mi vida y de los buenos y malos momentos vividos.

Hacía tanto que no pensaba que me costó mucho concentrarme y reflexionar, ¡pero lo había logrado! Ahora era un recurso que aprovechaba al máximo para darme cuenta cómo mi interior había evolucionado e involucionado con el transcurso de los años.

Me asustó y asqueó reconocer que la involución casi había superado a la evolución. Había pecado de soberbia, orgullo, indiferencia, autosuficiencia, y de mucho más que no condecía con mi forma de crianza.

Esto que notaba en mí era el fruto de haber vivido sin meditar ni pensar en otra cosa que no fuera en mí mismo, y realmente, no me gustó.

Mis ojos de pronto descubrieron al descuido un papel sobre la chimenea del hogar. Corrí hacia él. Mis manos nerviosas no lograban abrirlo. Cuando por fin pude hacerlo leí: “Si te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano y la satisfacción del otoño”.

Quedé aún más desconcertado. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Quién las había escrito y dejado ahí? ¿Qué debía hacer ahora?

Todas preguntas sin respuestas. Las palabras, que me resultaban conocidas, seguramente tenían un significado, pero, ¿cuál?

Me dolía la cabeza. De pronto, reflejos luminosos molestaron mis ojos. ¿De dónde venía esa luz tan intensa? ¿qué eran esos susurros? ¿por qué no podía moverme?

Parecía que un hierro atenazaba mi espalda sintiendo cómo dolía cada centímetro de ella y que esa inercia era real. No lograba moverme. Traté de agitar los brazos pero los sentí atados cual marioneta a sus hilos.

Dolor y desesperación iban en aumento cuando una voz relajada y tranquilizadora comenzó a entrar por mis oídos y llegar suavemente a mi cerebro.

Sentí el calor de una mano sobre la mía mientras alguien me decía:

 - Tranquilo amigo, tranquilo. Ya todo está pasando. Pudimos operarlo, ahora sólo hay que esperar que las horas corran, pero estarán a su favor. La operación fue un éxito.

Lo que lo mantuvo vivo en estos quince días que ha estado en coma -prosiguió- fue su fuerza de voluntad. No es fácil revertir un infarto agudo de miocardio, pero lo logró. Sólo queda recuperarse. El peligro ya ha pasado.

Entonces entendí por qué no debía dejarme vencer en el “invierno de mi existencia”. Era porque llegaría la primavera inevitablemente y la vida me aportaría momentos para poder disfrutarlos de acuerdo a la estación que se me presentara en esta nueva forma de ver, sentir y vivir.

Aprendí que no existe el futuro. Pues el futuro que nombraba ayer, no lo es más, es el hoy, y éste, en cualquier momento se me pude dar o quitar, sin protocolos, preámbulos, permisos o concesiones.

Los ojos me pesaban y se cerraban sin poderlo evitar.

La camilla recorría suavemente el camino a “esa casa” que desde hacía quince días la había tomado como mía. Pero hoy había dejado de serlo.

Era en ella una mera visita que espera mansa pero impaciente volver a “su casa” habiendo entendido que “el único trecho que da el adelante es aquel que cubre nuestro pie extendido”.

Mis ojos ya se habían cerrado por completo pero la mente seguía funcionando biológicamente pensando que la vida me había dado una segunda oportunidad y que debía aprovecharla, revalorándome dentro de este juego cruel e interminable que es el vivir y evolucionar.

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