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Por una mirada un mundo (…)



Ismael comenzó a sentir el rumor en los ojos ya desde muy niño. Casi con cinco años. Sus padres, en un principio, no quisieron hacer mucho caso. No, no creo que le ocurra como a tío Javier. El pobre lo pasó tan mal y todos saben que… para qué hablar si después seguro que no es, o… mejor dejar pasar y ver cómo van viniendo las cosas. Siempre hay la esperanza de que no.

En una incertidumbre exasperante que nadie se atrevía a manifestar abiertamente se daban los acontecimientos. Era una especie de evidencia, cada dos generaciones había ocurrido y hubo que atajar por lo sano. Pero el niño era tan pequeño aún. No, seguro que no es nada, esperemos hasta mañana. Sí, seguro que estaremos a tiempo. El doctor Ramiro, amigo de la familia, está al tanto del problema. Está avisado, y en unos minutos estará aquí si lo telefoneamos. Él es el único que sabría qué hacer si sucede… Y conoce a otros señores importantes, del gobierno, creo; a los más preocupados por el caso. Es un asunto serio. El tío Javier no fue el único pero sí el mejor documentado. Tía Enriqueta también. Ella nos costó un par de planetas, dicen. Le ocurrió mirando arriba, al cielo, no sabemos bien qué sucedió. Los tiempos cambian, y hoy día nadie sabe muy bien cómo reaccionar a algo así. Y tía Dolores que no concede, Dios nos lo ha dado todo, afirma sin que le tiemble la voz. Así que también tiene derecho a quitárnoslo.

Ismael estaba durmiendo. Era media mañana. El día antes manifestó los primeros síntomas y todos corrieron a taparle los ojos con unas gasas blancas que son, según dicen, las que mejor absorben la oscuridad. Primero fue el ojo derecho y fue todo repentino, el escozor, el vacío, miró hacia un lado de la cama y la silla y la cómoda ya no están ni nadie sabe cómo recuperarlas. Si hubiese ocurrido al aire libre sería una desgracia. ¡Si hubiese personas a su lado cuando sucedió! Doctor Ramiro que ya estaba en la casa desde el día anterior le había cubierto el ojo con su propia corbata que sirvió de parche improvisado. No hay que dejar escapar la mirada ni un segundo o estamos perdidos. Con tío Javier se perdieron la casa del campo y unas hectáreas de terreno. Fue un revuelo y nadie le encontró explicación al principio. Todo sucedió de repente y el pobre Javier fue quien peor lo pasó. Por desgracia ocurrió lo del espejo y… Pero ya era bastante mayor y era distinto. Es inexplicable como el vacío en el campo, la casa desvanecida, los árboles, las vallas… Se miró al espejo sin saber. Por eso ya no hay que quitar el espejo del el cuarto del niño.

Pero con Ismael que es tan crío aún, decía Dolores al teléfono. No le debemos destapar los ojos, sí, claro que lo entiendo, hemos cubierto los dos, aunque sí, sólo uno de momento, pero es que nadie sabe. Sí, ya se han perdido algunos muebles de su cuarto y un trozo de la ventana y de pared, y lo tenemos encerrado y con los ojos bien, pero que bien tapados. Sí, lo hemos atado, Don Ramiro, para que no se descubra los ojos, como usted nos indicó. Lo esperamos, sí, descuide Doctor.

Ya comprendemos la gravedad del asunto. Claro, agujeros negros en la mirada, sí, lo he entendido bien, si abre los ojos donde mire todo desaparecerá, todo será absorbido, y claro, no estamos para un cataclismo a estas alturas. Quién sabe dónde puede mirar un niño si no se le controla como es debido.

Agujeros negros en los ojos, caso único, pero viene de familia y, claro, qué se le va a hacer, sabiendo lo de Enriqueta y el tito, el que se miró al espejo, espacio-tiempo tan concentrado, campo gravitatorio, materia oscura absorbiendo todo, qué forma de morir más tonta.






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