• Dean Simpson

    Letras en el horizonte

    El amor cortés

    por Dean Simpson (Boston)


El mundo literario de la Edad Media se encontraba envuelto en un nuevo género literario que se dedicaba a la diversión, y no a la formación religiosa. Su contenido incluso tendía a perjudicar las enseñanzas de la Iglesia. Las virtudes, no obstante, que los dos favorecían eran, irónicamente, iguales: el amor, la cortesía y la obediencia. El contraste se manifestaba en la finalidad de dichas virtudes; por un lado se trataba de los objetivos de la Iglesia católica, y por el otro se veían alternados con el interés personal, incluso sensual. Este interés personal, llamado amor cortés, resultó tan influyente que ha llegado a penetrar la etiqueta moderna.

En la lírica hispano-árabe las jarchas eran populares un siglo antes de la aparición de la poesía trovadoresca. Éstas y las canciones de gesta contribuyeron a la inspiración del gai sçavoir de los trovadores en el siglo XII, y a la aparición del interés literario en el amor. Son fundamentales las actitudes amorosas fomentadas durante esta época, porque fueron ellas las que se transmitieron a la caballería. La floración de la literatura cortesana abrió el camino hacia una nueva sensibilidad en el mundo occidental.

Guillermo IX, conde de Potier y Orange, es reconocido como el primer troubador. Creció en el sur del valle del Loire, donde se conocían bien las chansons. La nieta de Guillermo fue Eleanor d’Aquitaine, una patrona de las artes. Fue también su hija, Marie de Champagne quien, en 1171, encargó a Andreas Capellanus escribir su famoso tratado sobre el amor cortés. Ella también comisionó a Chrétien de Troyes, el primer y más conocido escritor del ciclo artúrico. El interés de estas dos importantes patrocinadoras quizás se debiera a que reconocieron la importancia del amor en las artes como una oportunidad para que la mujer participara y gozara de las delicias que ofrecía este tipo de poesía.

A principios del siglo XIII la época de los poetas trovadores llegaba a su fin, debido a la intervención de la Iglesia, acusando al arte de ser una herejía que se oponía a la autoridad papal, pero las raíces del amor en la literatura continuaron floreciendo en la materia artúrica. La colaboración de Chrétien contribuyó a asentar el concepto del amor. El éxito de sus obras se debe a la fusión del amor con la tradición de la caballería. Las leyendas artúricas de hoy día deben mucho a sus contribuciones al género.

La naturaleza del amor cortés se debe, en su mayor parte, al sistema feudal en que los vasallos servían a sus señores con una lealtad incondicional, comparable al servicio amoroso que el amante prestaba a la amada. Era un amor cuyo mando se encontraba rigurosamente controlado por la dama, una especie de inversión sociocultural en que la mujer predominaba y el hombre se encontraba bajo una servidumbre total. Este papel era aparentemente humilde en una época dominada por lo masculino, pero era una función que el hombre estaba dispuesto a desempeñar para alcanzar los favores de la dama. Aunque ella tomara el control, era un juego controlado por el hombre. El poder de la mujer en esta situación es temporal porque decide ella como y cuando le dará los “favores” al caballero, pero tarde o temprano, cuando se entrega por completo, ella pierde este control.

Los procedimientos del amor cortés principalmente vienen de dos obras: El arte de amar de Ovidio y De amore de Andreas Capellanus. El primero, que se remonta a la época clásica, es un manifiesto sobre las técnicas de conquistar a una mujer y mantenerla interesada en el amor. Los preceptos de Capellanus son audaces y establecen con mayor precisión el código del amor. Escrito en el siglo XIII, el libro define el amor como algo distinto al amor platónico. La fuente del amor es la belleza, lo que atrae al amante hacia la dama, y es ésta una característica clave que enaltece a la mujer. Capellanus propone una serie de reglas rigurosas y complicadas que hacen el aprendizaje difícil, y los detalles más minuciosos se pueden complicar en la práctica.

Al pensar en el amor cortés se evoca una imagen de un alma desesperada y suplicante, de un hombre arrodillado ante una señora despiadada, que no quiere nada más que complacer el más mínimo deseo de su amada, atormentado con la preocupación de no ser digno de hablar con ella. La supremacía de la mujer en este caso es una de las pocas circunstancias que se saboreaban en los tiempos medievales. Eran conscientes de su autoridad y de las reglas cortesanas. El hombre estaba obligado a satisfacer cualquier capricho de su amada. Si le pedía al caballero que no se presentara ante ella, era su deber obedecerla; si ella le acusaba de un crimen ficticio, él tenía que declararse culpable si lo deseaba ella y padecer cualquier condena. Semejante ocurrencia se ve en Le chevalier de la charrette, de Chrétien de Troyes. Lancelot tiene que montarse en una carroza, cosa que en aquella época se usaba para transportar a los criminales, bajo la petición de Guenevière, la belle dame sans merci.

Es precisamente en este relato de Lancelot donde encontramos, como en la poesía de algunos minnesingers de Alemania, las propiedades más castas del amor cortés.

Otras fuentes medievales coadyuvaban a edificar el concepto del amor: las del stil nuovo en Italia y sus aportaciones alemanas, entre las principales. La narración de influencia más importante se halla en las muchas versiones del Tristán, imprescindible para entender el amor. El trágico destino de Tristán e Isolda encarna un ideal de amor que inspiró a Romeo y Julieta: la totalidad amorosa sólo se descubre en la muerte de los dos. En el siglo XIII Tristán pasó a ser un caballero de la Tabla Redonda, uniendo otra vez el amor con la caballería. Otro relato, Aucassin et Nicolette, un relato de un amor virtuoso, tiene un “final feliz” con el mismo vigor emocional de Tristán.

La credibilidad del amor cortés como un sistema auténtico para obtener relaciones amorosas es discutible. Hay quienes creen que sólo fue una manifestación literaria que tenía poco que ver con la vida cotidiana. A pesar de la veracidad, su importancia en la literatura es indiscutible, lo cual se ha llevado hasta nuestros días como una característica inherente de la cultura occidental.

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