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    Biografías

    Émile Zola

    por Francisco Arias Solís



 
LA VOZ DEL NATURALISMO

“Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno; a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga. Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se prepara el más ruidoso de los desastres.”
Émile Zola. (Yo acuso. )


Émile ZolaÉmile Zola y Alphonse Daudet, completan, con Maupassant, el grupo de grandes novelistas franceses que hicieron famosa la novela en todas partes. Zola fue el verdadero jefe y definidor de la novela naturalista, de aquel roman experimental que él preconizaba. Verdad que fue también quien dio la nota más exagerada y brutal, el luchador de arremangado brazo, por decirlo en la forma más vulgar, que halló mucho gusto en hacerse blanco de todas las iras e insultos, que buscó deliberadamente los más bajos asuntos para obtener la popularidad, y que ahora lo paga con el premeditado y rencoroso olvido en que le tienen las generaciones jóvenes. ¡Quién podía pensar entonces que hoy no habría más que desprecio y silencio para el triunfador de ayer! Aquello de realismo le pareció poco a Zola, e impuso la bandera del naturalismo, que conducía a regiones más tenebrosas y más bajas que las que era costumbre explorar; pero siempre con la impasibilidad científica del médico que practica una operación o una autopsia. Ya no existen asuntos agradables o desagradables, morales o inmorales, buenos o malos: todos son casos dignos de estudio hasta que quedan examinados cuantos pormenores, cuantos síntomas, cuantas complicaciones existan. Aquí el autor estudia como en una clínica: sus personajes son enfermos que lo mismo da que vayan vestidos o desnudos según las necesidades del momento exijan para la curación o el examen.

De Zola se dijeron en el ardor de la lucha, lo mismo en Francia que en el extranjero, muchas tonterías, aunque llevando al lado ideas, juicios, muy aprovechables, muy justos. Es un autor que aspira a lo enorme, complejo y trascendental, como mente conviene releerlo por completo, con frialdad, para descubrir, por ejemplo, que sus puntas de poeta en prosa, de idealista, a su modo, y aun de romántico contra su voluntad; que a diferencia de Balzac, que nunca tuvo estilo propio, lo poseía muy marcado, lento hasta la pesadez, equilibrado, expresivo, sin caprichosas piruetas, exacto, con precisión científica; y que no todo en él son asquerosidades, como no lo son en el cuerpo humano, ni en la humanidad.

Émile Zola nace en París el 2 de abril de 1840 y muere en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902. Quedó huérfano a muy temprana edad, viviendo con numerosas estrecheces económicas. En el colegio tuvo como compañero a Paul Cézanne. En 1859, Zola suspende dos veces el examen de bachillerato, abandonando los estudios para buscar trabajo. Entra a trabajar, en la librería Hachete como dependiente y gracias a su destacada inteligencia, llegó a tener a su cargo la publicidad. Después se dedicó al periodismo, siendo autor de algunos artículos virulentos. Los hermanos Goncourt, de los que era amigo, lo introdujeron en los medios literarios de París. En 1870 se casa con Alexandrine Mélay. En 1888 se hace amante de Jeanne Rozerot, con la que tiene dos hijos. En 1890 se rechaza su entrada en la Academia francesa. Fue el más ardiente campeón de la revisión del proceso del oficial de artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición, con su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) (1898), publicado en diario L”Aurore, lo que le acarreó una condena de un año de prisión, teniéndose que exiliar a Inglaterra. Zola se había comprometido con la política y militaba en el partido socialista. A su regreso de Inglaterra en 1899, su socialismo había derivado hacia lo humanitario. La muerte de Zola en 1902 sigue sin aclararse totalmente; supuestamente murió en su casa, asfixiado por emanaciones de gas, aunque tal vez fuese asesinado. En 1906 se rehabilitó a Alfred Dreyfus y dos años más tarde los restos de Zola fueron llevados al Panteón de Hombres Ilustres.

A fin de que nada se le escape al autor de Thérèse Raquin, publicada en 1868, crea la imaginaria familia de los Rougon-Macquart, que le permite dar a la estampa una serie de novelas en las que va siguiendo la transmisión de la herencia neurótica, mezclada con la sanguínea, en dicha familia. Veinte volúmenes comprende Los Rougon-Macquart, historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio (1871-1893), entre ellos se cuentan El vientre de París (1873), estudio de la pequeña burguesía; La taberna (1877), gran éxito de ventas, centrada en el alcoholismo; Naná (1880), sobre el sexo; Pot-Bouille (1882), disección de las costumbres burguesas; El paraíso de las damas (1883), descripción de unos grandes almacenes, y Germinal (1885), epopeya del mundo minero. Posteriormente escribió la trilogía Las tres ciudades: Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), un ataque a la Iglesia y sus supersticiones. De su último proyecto, Los cuatro evangelios, sólo se publicaron Fecundidad (1899), Trabajo (1901) y Verdad (1903, póstumo). Fue autor, además, de obras teatrales, melodramas, poemarios y crítica literaria y artística. Las veladas de Medán (1880), libro de relatos fruto de las reuniones del grupo compuesto por Zola, Maupassant, Huysmans, Céard, Alexis y Hennique, fue considerado como el manifiesto del naturalismo.

A pesar de la crudeza de la exposición y la debilidad filosófica del sistema mecanicista de determinación psicológica y moral que el naturalismo proclama, y que él creía poco menos que infalible, Zola fue uno de los más grandes literatos del siglo XIX, y su fuerza descriptiva, pese a un estilo conscientemente descuidado, no ha sido superada aún; por otra parte, el debate europeo que promovió tuvo una influencia decisiva en los cambios de rumbo de la narrativa de principios del siglo XX.

Y como dijo el gran escritor francés: “Estamos aquí para vivir en voz alta”.

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