• Jesús Cárdenas

    SUEÑOS DE COLOR VIOLETA

    Las palmeras

    por Jesús Cárdenas Sánchez


LAS PALMERAS

No logro reconocerlas
en estos alrededores de un verano crítico:
lo mismo cortas que altas,
en su feliz desidia
sin voluntad de alineación,
con su presente sequedad en las hojas.

Las palmeras se las llevará el viento.

A los paseantes de mi ciudad
necesitan sentir esa especial gratitud
de tomar las sombras alineadas
que descienden rendidas a la tierra.

El deseo de levantar la vista
y encontrarlas siempre ahí arriba,
dignas y doblegadas por el viento,
provoca la aventura de verlas
sin sus brazos alargados, desnudas.

El viento no se lleva las palmeras.

(Algunos arraigos me vienen, 2005)


Como en la anterior ocasión, he seleccionado un texto del premio conseguido en el certamen literario de 2005, organizado por El Viso del Alcor. Como el que llevaba por título “Principio” fue compuesto en agosto de 2005. Y este dato no es baladí en el presente poema, pues se acercaba septiembre, y el verano se iría descolgando poco a poco: las nubes, el cielo, el aire no son los mismos que en pleno verano; el dorado se va desliendo.

Al igual que el anterior texto, este poema guarda relación con el instante vivido: reflexivo, en el que encontré la escritura funciona como terapia, complemento a mi persona, ante la carencia vivida, “de un verano crítico” como se dice en el verso segundo. Ese verano lo pasé entre Chiclana de la Frontera, Conil y Tarifa. Hoy me quedo con este último; el primero estará por siempre en mi memoria. Muchos de mis lectores tal vez no se decidan por uno de esos lugares, sin duda, bellísimos los tres.

Como escribí en mis anteriores artículos siempre me acompaño por unos buenos libros de poesía –no me cansó en decirles a mis alumnos que el escritor se hace leyendo-, y por buenos discos –la música en poesía es fundamental, su ritmo-. Pues bien, en esta ocasión, me dejé llevar por el paisaje –raro en mí-, uno de los rasgos temáticos de la poesía de todos los tiempos.

Casi siempre que hablamos de paisaje se hace necesario referirse al discurso descriptivo. La descripción no sólo se consigue gracias especialmente a los adjetivos, que en este caso proliferan (“cortas”, “altas”, “presente”, “especial”, “alineadas”, “rendidas” “dignas”, “doblegadas”) y a los verbos en pretérito imperfecto (en este caso mi acto de originalidad precisamente residía en evitarlos optando por el presente de Indicativo y los infinitivos), sino también a la sensación de abundancia, de rellenar contornos, con enumeraciones o con sustantivos y con verbos que den sensación de de falso estatismo, como ocurre en este caso. Que se lo digan a los que han padecido durante el verano la fuerza del Levante, a ver si no es verdad cómo se quedan los árboles después de sus azotes.

Aquí también resulta una realidad “y encontrarlas siempre ahí arriba” que causa perplejidad. A ella debe añadírsele la ironía como postura ante el paisaje y ante la vida, una vida más apetecible para el que quiere vivir plenamente. Por ello, está presente la ambigüedad (“Las palmeras se las llevará el viento” y, finalmente “El viento no se lleva las palmeras”), este juego proporciona el hecho de tomar partido de lo que acontece en un solo instante (“crítico” frente a “feliz”). De ahí que a través de la ironía podamos llegar a la mirada perpleja, siempre nueva, en busca de nuevos matices, como le ocurre a “las palmeras”. Se trata de entrar en el juego de sentirnos un poco más vivos. El milagro de la vida, en suma.

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