• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    Cuando el barrio se duerme

    por Marina Burana



"Por mucho que uno quiera a una ciudad -a veces por motivos oscuros, por una sombra, una calle, una fuente, esa ciudad dentro de la ciudad- llega un momento en que los cambios son tan repentinos y bruscos que no te dejan tiempo para acostumbrarte."
José Saramago


Me gusta mucho pensar en los lugares, en los refugios, cualquiera sea, en los que haya pedacitos de literatura andante, es decir, pedacitos de humanidad cotidiana. En mi caso, amo la "ciudad dentro de la ciudad", el lugar que es mío y que se configura como algo más amplio dentro de otra cosa que quizá me es ajena. Un barrio con su propio olor, con sus esquinas que siempre dejan de ser simples esquinas y pasan a ser párrafos de alguna historia, de leyendas urbanas, de realidades noveladas de príncipes y doncellas domésticos. Me gusta el olor a mañana de un barrio que recién despierta y esa forma particular que tenemos de apropiarnos de los lugares, obligándolos a ser parte fundamental de nuestra historia, dejándoles cicatrices eternas a las que luego volvemos pregonando que el destino algo nos debe.

Es casi prodigiosa la forma que tenemos de hacer literatura cuando nos apoderamos de los espacios y en ellos nos reconstruimos en distintas versiones de nosotros mismos. A veces falseamos nuestra realidad y en esos lugares dejamos recuerdos que nunca han sido, pero es porque en ese espacio podemos ser auténticos o irreales, podemos llevar una vida de farsa o una de autenticidad (y en todo caso, como dijo Sábato, ¿tiene algún sentido decir que alguien se ha pasado la vida haciendo una farsa? ¿Por qué no suponer, al revés, que esa continua farsa es autenticidad? Cualquier expresión es, en definitiva, un género de sinceridad"), todo se nos permite en ese rincón que ya es nuestro y que nos conforma.

A medida que el tiempo pasa, pasa para todo. Para un mundo en decadencia que busca siempre sus orígenes y para los mínimos organismos vivos que allí están sin motivo ni razón aparente. Las ciudades, o los rincones, esos espacios que le robamos al mundo y a la vida, se hacen viejos con nosotros, ruedan en el tiempo libremente sin pensar en los detalles. Y sucede una de las cosas que más tememos: se producen cambios. De repente nos miramos al espejo y, gracias a una especie de lucidez súbita y fugaz, vemos a otra persona. Nos sorprendemos en esos ínfimos instantes y cuando logramos salir del asombro, encontramos en esa cara -hasta hace un momento desconocida- las piezas del recuerdo. Y es allí cuando inevitablemente volvemos al barrio.

Pero el barrio también cambia, salvo que nosotros ya no lo buscamos en el presente que se acopla al desconocido que encontramos en el espejo. Lo buscamos en las imágenes en las que hace de soporte a la memoria. Héctor Tizón afirmó que "lo importante sucede en pocos segundos y todo lo demás es su proyección, cuando andamos a tientas, desperdiciándonos". Al barrio lo buscamos en esos momentos claves en los que lo importante toma su forma y luego lo proyectamos. Tratamos de encontrarlo cuando mendigamos nostalgias y pensamos en ideales. Entonces nos vemos de niños, con una pared quizá azul de fondo, con algunas macetas, en el patio sentados en la silla vieja de la abuela o descascarando una pared comida por la humedad. Proyectamos un barrio, un espacio, un lugar que por norma poética nos pertenece. Por eso es tan duro, tan doloroso cuando el tiempo también pasa para ese rincón que es nuestro. Porque en él buscamos el desperdicio de los años en los que las cosas parecían infinitas. El barrio es la puesta física de nuestro anhelo de vida eterna.

Todo cambio nos convulsiona. Cuando el cambio pasa por uno, las cosas tienden a tardar en acomodarse. Uno simplemente sigue y va cambiando lentamente. Pero si el cambio es algo visible, algo que está afuera, allí, frente a nuestros ojos, tan palpable como la madera de una mesa vieja o el cemento de una pared antigua, todo se vuelve un poco más difícil. La complicidad que compartíamos con el barrio parece estar diluyéndose, así como nuestras vidas. De repente, lo ponemos al barrio frente al espejo y no lo reconocemos, nos cuesta adaptarnos a su nueva imagen. Ahora somos dos los que no encajamos en el tiempo. O, simplemente, es uno que no puede adecuarse al cambio. Entonces buscamos complicidad donde sea (Viejo barrio de mi ensueño, el de ranchitos iguales, como a vos los vendavales, a mí me azotó el dolor, hoy te encuentro envejecido, pero siempre tan risueño...). Nos hermanamos como podemos y compartimos el presente. Un presente distinto, con muecas de pasado y con algunas irrealidades para meterle más poesía. Pero aún así, no nos terminamos de acostumbrar nunca.

Es inevitable: despertamos un día, nos miramos ya al espejo y allí estamos. El barrio hace lo mismo, pero para nosotros siempre duerme. El cambio hizo de él algo real, es ahora hijo -como nosotros- del tiempo. Sin embargo, lo dejamos dormir. Despiertos soñamos con él, acompañándolo (o sintiendo su compañía). Así, se vuelve un refugio atemporal, y aunque, como dice Saramago, a veces no hay tiempo para acostumbrarse, siempre está la búsqueda del sueño. Ponemos a dormir al barrio, tal como él lo hacía con nosotros cuando éramos pequeños después de un largo día de juegos en sus calles y en sus casas. Calles y casas que, ahora, son sólo recuerdos.

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