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    Adolescencia

    por Àlex José



Sonia nunca ha estado conforme con su edad. Se siente mayor. Las chicas de su clase le parecen todas unas petardas, y los chicos no le merecen un miserable comentario. Yo casi ni recuerdo qué es tener dieciocho años, así que le voy diciendo que sí y espero a que se le pasen las pataletas.

Esta falta de conexión con la gente de su edad la llevó, ayer, a una discusión en el bar de la universidad que acabó en pelea. Los motivos son lo de menos, tampoco importa que tuviera o no razón. Acabó a gritos y salió de allí indignada, y me llamó muy seria para explicármelo todo. Yo le dije que viniera a mi piso y así lo hablábamos con más calma. Cambié las sábanas a toda prisa y arreglé un poco la habitación. Cuando entró, lo hizo llorando.

Por suerte, las rabietas le duran poco. Basta acariciarle el pelo, hablarle en un tono sosegado y desabrocharle el sujetador. A los pocos minutos ya estábamos en la cama. Pero más tarde, viendo la tele, volvió a lo mismo: “Si fuera mayor de lo que soy no me pasarían estas cosas. A veces pienso que tengo una edad equivocada”. Le dije que sí y le acaricié el pelo. Seguimos mirando el programa en silencio hasta que apagamos la luz y nos dormimos.

Esta mañana me he despertado y no estaba en la cama. Me ha extrañado, porque los sábados no suele tener obligaciones. Al salir al comedor la he visto frente al espejo, desnuda, sentada en una silla. Me he llevado las manos a la boca. Era ella, pero no lo era. Tenía los pechos arrugados y la piel de todo el cuerpo le colgaba como si se hubiera derretido. Su melena se había convertido en una especie de estropajo incoloro. Le temblaba la boca. Debería tener, al menos, ochenta años.

Llevamos todo el día teorizando sobre qué ha pasado. Ella dice que es una respuesta psicosomática a sus deseos de ser mayor, una respuesta un tanto excesiva, eso sí. Casi me convence, pero la verdad es que me parece una solución demasiado irreal, literaria. Tampoco tengo ninguna explicación alternativa que ofrecerle. Lo más importante ahora es enfocar bien la manera de explicárselo a sus padres. Le he propuesto ir a debatirlo al parque, ya que nunca va nadie por allí y nos vendrá bien un poco de aire fresco.

Al principio se resistía, por la artrosis, pero he sacado la silla de ruedas de la tía Matilde y ha acabado aceptando.

Hace un día precioso para pasear.







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