• Nechi Dorado

    LA PLUMA DE NECHI

    Entre orquídeas y quetzales

    por Nechi Dorado



La mujer bellísima vestida con una túnica blanca, dejó sueltos sus negrísimos cabellos permitiendo que la brisa de la ceiba, al soplar suavemente, se enredara en ellos acariciando el plumaje suave de los quetzales que se posaban en las ramas. Acompañaba la soledad de la mujer, además de la magia del paisaje circunscripto por chicozapotes y mangles, parejitas de micos trepando la enramada de las palmas. A lo lejos el aullido de los lobos de la pradera formaba coro con el de los coyotes ávidos de presa, mientras garzas de colores se zambullían en las aguas tranquilas de un río caminante, atrapando en sus garras pececitos descuidados.

Los rasgos de la mujer entremezclaban dureza y ternura según lo que divisara desde su posta cotidiana. Tristeza o alegría, maldad o herejía de sus propios hijos contra sus hermanos, hacían brotar lágrimas de pena desde los ojos rasgados.

En su sien, como entretejida en los larguísimos cabellos, una monja blanca, variedad de orquídea nacida entre el verde del bosque y los manglares, hacía su aporte para que la belleza de la mujer despertara el asombro de quienes tuvieran la suerte de encontrarla por esos caminos entre dos mares de aguas transparentes.

Abrazaba su cintura una faja formada por tres franjas verticales, azul en los extremos, blanco en el centro. Imaginándola, pensaríamos que esos mares fueran paréntesis conteniendo a las aguas que abrazan a la espuma.

Allí estaba representada la fusión de la geografía medio selvática, medio urbana, medio partida aunque definitivamente, una sola, cargada de sabiduría ancestral, de recuerdos, como deidad inmortal regente del paisaje.

En el centro descollaba su fuerza un escudo bordado finamente por las manos de la historia que dejaron sellado el símbolo. Otras madres lo bordaron dejándolo como legado eterno, aunque a pocos les importara. En él, un quetzal, un pergamino, dos rifles cruzados y bayonetas prometiendo custodia eterna, pretendían dejar estampada la promesa de honra a la libertad. Esa que tanto soñara la mujer de ojos aindiados. El centro del pecho del quetzal, cuentan que es rojo porque una noche triste se apoyó sobre el cuerpo de un hijo de esa mujer, asesinado por el odio.

Todos sabían la existencia de esa belleza, aunque no todos la sintieran y mucho menos la respetaran. No obstante, ella seguía allí, surcando ríos y montes, revolviendo en la memoria, acariciando a sus hijos y a sus hijas, preocupada por sus destinos como madre al acecho, como madre ternura. Como madre de todos y de todas. ¡Cómo madre!

Gustaba de abrazar a la ceiba, gustaba acariciar las alas de los quetzales y juguetear con la seda de algodón de los frutos. O con los helechos y cactus, las orquídeas y bromelias, pulseras naturales que lucían como tatuadas en los brazos de su árbol.

Dicen que muchas veces los celos se apoderaban de los izotes y que éstos comenzaban a trepar por la falda de su túnica cargando como ofrenda para la mujer-madre, mangos y guanábanas, nísperos y tamarindos. Ella aceptaba los regalos y sus manos tibias acariciaban los pétalos de los izotes tristes que dejaban de sentirse abandonados.

Los quetzales llegaban en bandadas para posarse en sus hombros, sobre todo cuando sabían que algún peligro acechaba en horizontes de la furia. Era entonces que todos juntos, sumándose el murmullo de la vegetación y los frutos, entonaban una melodía que les daba fuerzas para soportar la angustia.

Dicen que cantaban juntos: libre al viento tu hermosa bandera/a vencer o morir llamará/ que tu pueblo con ánima fiera/ antes muerto que esclavo será…

Dicen que el canto y el trino sonaban desesperados cuando la gran serpiente comenzó a transitar por el lugar. ¡Ellos trataban de espantarla pero no lo lograban!

La mujer tenía varias hermanas alejadas por la distancia, aunque cercanas por el amor irrenunciable que la sangre alimenta desde el puño morado que se esconde en el centro del pecho.

Todas lucían rasgos comunes en sus rostros y en sus cuerpos morenos. Brillantes ojos negros daban marco especial a sus miradas con la misma dureza tierna, gracias a los cuales podían seguir los pasos de sus hijos atravesando los caminos arcaicos de los años.

Igual que ésta, todas vestían túnicas blancas como si flotaran entre nubes. Cabellos negros, alguna vez trenzados, otras veces sueltos, permitiendo que la brisa se enredara revolcándose en ellos, haciendo posible el calor de la caricia en el ambiente natural. Sólo diferenciaban sus atuendos las fajas que rodeaban suavemente sus cinturas.

Todas eran una. Hermanadas por la sangre y por la historia, por la tierra, la vida y hasta por la muerte.

Separadas por vallas que ellas no desearon pero que tampoco pudieron derribar.

Separadas por astillas incrustadas en sus médulas que tampoco pudieron arrancar.

Separadas por el trueno de la disgregación que tampoco, pudieron silenciar.

Separadas, deseaban no fuera para siempre aunque el hombre quisiera lo contrario.

Todas se parecían, menos una que vivía equivocada, tal vez porque fuera más vulnerable, cooptada por influencias mezquinas, ambiciosa por tener lo que su lugar no proveyera. Era perversa y pretendía que las otras se mantuvieran desunidas. Pese al intento, la sangre motivaba que de alguna manera el objetivo no se cumpliera del todo.

Ellas amaban a la hermana discordante, aunque ésa no supiera del amor, de la ternura, mucho menos conociera la unidad que permitiría que se amaran sin censuras. Quizás por hablar, aquella, un idioma diferente, no lograron entenderse.

No sé, dije quizás porque aprendí que en este mundo nada es absolutamente determinante ni tampoco yo, soy omnisciente.

Esa hermana era también bellísima aunque no tuviera rasgos comunes con las otras. Su piel era rosada, enmarcaban su rostro hilos sedosos de largos cabellos del color de los trigales. Sus ojos parecían pedacitos de celeste robados al cielo. Dicen que cuando se enojaba salían relámpagos de su mirada que se estrellaban contra quien fuera el motivo de su rabia. Aunque se encontrara muy lejos, tan lejos, que de sólo pensar en el poder de esa fuerza, uno se aterra.

Desde donde estaba esa hermana, surgió el cerebro de la serpiente que habría de atravesar caminos sinuosos, capaz de colarse hasta en las almas contaminándolas con su baba repugnante. Otras partes del cerebro fueron instalándose en tierras cercanas, donde estaban las hermanas morenas, de ojos aindiados y fajas en sus cinturas.

Esa hermana, la mayor en edad y de cuerpo más desarrollado, fue formada sobre la piedra fundamental que habría de gestar el infortunio de las otras. ¡Pobrecita! no es lo mismo criarse entre el frío de la piedra que hacerlo entre el calor de la vegetación y el canto de las aves. Fue víctima de otra construcción cultural e ideológica antes de convertirse en victimaria, jamás llegó a conocer el amor como sus hermanas.

No logró sus caricias, pero tampoco agresiones.

No logró, siquiera, que las flores se agitaran tras su paso.

No logró que las aves trinaran en sus oídos.

Lo que logró fue la indiferencia ante su indiferencia, contaminada como estaba por el odio. Y logró también mil por qué, que hasta el momento, no tuvieron respuesta.

Su mascota, la serpiente nacida de sus entrañas, fue dejando sus huevos por cada sitio atravesado. Huevos que las hermanas no pudieron destruir del todo. No lograron evitar la infección que producía ni los caminos de sangre que dejara manchados tras su reptar sibilante. Hasta su voz erizaba el alma, débil pero contundente, criminal, comparable a lo que se imagina como la voz de la muerte cuando llega.

Así, la serpiente se fue haciendo más poderosa, cultivaba en el norte su proyecto para instalarlo en el sur, en el centro, en el este y el oeste. Pocos fueron los lugares que quedaron exentos de su perversidad, de todas las formas posibles y hasta por otras que parecían imposibles.

La sierpe, igual que su ama, sentía debilidad por el banano. Donde supiera de su existencia hacía allí reptaría, impulsada por el cerebro latente imperativo que la mujer protegiera. Bebía sangre al pie de las plantaciones. Sangre derramada de venas morenas marcadas en los brazos duros del mismo color de piel de las hermanas.

Sonaba la marimba allí, donde la piel escamosa, fría, traicionera fuera dejando su rastro desde el cual nacerían las nuevas serpientes. Los quetzales, alertados de su próxima llegada, buscando protección se fueron alejando hacia alguna carretera, por donde la serpiente parecía no pasar. No obstante el exilio forzado, murieron muchos hermanos de plumaje color verde y azules iridiscentes, con su pecho rojo donde quedara la sangre de los guerreros masacrados tiempo atrás.

El estómago de la serpiente era insaciable, se nutría del sudor de las manos callosas y rajadas y del crujir de las tripas de los hombres y mujeres que trabajaban en los bananares. La mujer morena hacía fuertes llamados con su canto pero no siempre eran escuchados y quienes sí, lo percibían, casi siempre terminaban asesinados. Llegaba la maldición lanzada por la hermana que hablaba con sonido diferente para golpear donde más doliera.


Desde la ceiba, la mujer de la faja con dos mares que parecen abrazar a la espuma, presenciaba ese paso repugnante. Nada puedo hacer cuando un hijo suyo pretendió entorpecer el trayecto del reptil. El sólo quería impedir que dejara su huevo en el lugar donde lo estaba depositando para fortalecer a su especie venenosa.

Intuyendo el escarmiento que caería sobre ese hombre, la mujer llevó sus manos a los ojos, cofre brillante donde se contienen las lágrimas que nacen del corazón cuando parece partirse. Cofre que rebalsa como catarata cuando el dolor es grande y se derrama.

En los momentos de riesgo de sus hijos, la mujer y sus quetzales invitaban al concierto con más fuerzas que nunca y el eco de la selva y la montaña se sumaba a la melodía, como queriendo exorcizar del peligro que avanzaba: libre al viento tu hermosa bandera/a vencer o morir llamará/ que tu pueblo con ánima fiera/ antes muerto que esclavo será…

Muchos años de angustia vivió la mujer con su cortejo de aves entre la seda. De todos modos llegó el temporal que sacudiría a sus hijos y sobre ellos llovería sangre, ella lo presintió pero no pudo detenerlo.

La hermana discordante, con fuerza de pavura, temerosa de que el paso de su serpiente fuera obstaculizado, apeló a las manos blancas, manos de odio, manos que atacarían a su propia hermana tratando de acallar la voz de los quetzales y ajar la suavidad de la seda. Dejaría, además, un ejemplo para las otras.

-¡Lloverán gritos de dolor! dijo la mujer acariciando la faja de mares y de espuma que cubría su cintura.

-¡Siento la lengua de la serpiente y siento su veneno! Y desbordaron gotas desde el cofre brillante, brillando más que siempre.

Lloró la orquídea entre la cabellera azabache, despetaló su cuerpo que cayó donde el peligro latía y la serpiente dejara su huevo mayor, casi partido, por la fuerza que en su interior iba despertando a las nuevas vidas.

Mejor dicho, despertando más odio.

Más dolor para su hermana.

Nueva vida de serpiente, que nacía.

¡De mil serpientes!

-¿Dónde está mi Javier, gritó la mujer en crisis de incontenible por la rabia provocada por esa ausencia a la que siguieron otras.

-¿Dónde María?

¿Dónde Lupita?

¿Dónde José?

¿Dónde Jacobo y Dolores?

¿Dónde todos los que no veo y son mis hijos? Preguntaba girando desesperada alrededor de la ceiba. Giro que acompañaban los quetzales con sus alitas como resortes desatados queriendo apartar la imagen que se veía a lo lejos.

Y los quetzales lloraban sobre el que descansaba en el centro de la faja. Todos quedaron carentes de respuesta, mientras los rifles y las bayonetas pretendían escapar de la cintura tibia sacudida.

Miles y miles de cuerpos se quedaron quietecitos para siempre, igualito que las aves, con sus pechos rojos. La serpiente avanzaba, los bananos desesperados, no podían cortar esa cabeza cuyo cerebro estaba donde la hermana indolente lo abrazara.

Las manos blancas descargaban furia, las boinas verdes acudían en su ayuda y sólo de verlos el sol se acurrucaba en la infinitud del cielo atropellado por nuevas almas que llegaban de la tierra.

La mujer bella, morena, pensaba en esa hermana convertida en asesina y pensaba en las otras que estaban padeciendo espantos similares, tan cerca de su ceiba viva, porque allí también había bananos pegaditos unos contra los otros, como queriendo tomar fuerzas ante lo que llegaría.

Por eso dicen que los bananos crecen en grupos pero son tan mansos que no alcanzaron la fuerza necesaria para protegerse de las manos que los depositarían en cajones de madera, rumbo a la tierra de la hermana bestia. De la hermana odio, de la hermana absurda, genocida.

Tejió hebras de dolor, la ceiba malherida, lo acurrucó en los capullos de seda para que el dolor fuera menos intenso, pero no pudo contener el llanto y también lloró, desprotegida. El dolor, en todos lados, desprotege, hace temblar el alma y apagar los cantos que brotan desde la propia conciencia de las venas latentes.

El cerebro creció gestando nuevas formas de dominio, con otros nombres que asolaron todo.

Que asolaron la vida.

Reviviendo a la muerte.

Dejando huérfanos heridos de hambre y de miseria.

Dejando odio y recuerdo, dejando huérfanos y viudas.

Dejando la columna partida, de los pueblos.

Y la serpiente se inflamó tomando fuerza para seguir su camino. Lo que no pudo es envolver la memoria que la ceiba agitó entre sus hojas manchadas y caídas.

Cuentan que el ofidio de lengua venenosa, de cuerpo armado, de sangre fría y aspecto repugnante, sigue dejando en su ruta perversa, semillas de odio que algún día, podrá convertirse en amor. ¡Pero nadie sabe cuándo será el día!

Aún hoy sigue sufriendo dolor esa mujer de hermosos ojos negros, túnica blanca con una faja donde el mar abraza a la espuma. Espera un mañana entre los manglares, arrullada por el canto tibio de los quetzales, entre los nidos de loros y aullidos de lobos de la pradera y coyotes.

Dicen que sueña un sueño diferente abrazando a los izotes que mueren de pena cuando la saben triste. Dicen que mira el horizonte como tratando de derribar las barreras que la separan de sus hermanas y cuando cree lograrlo, se encuentra con los ojos donde bailan los rayos de odio de la otra, la perversa, la que la observan desde el frío desamorado de una estatua imponente que no siempre sabe dar la bienvenida.

Ver Curriculum
Curriculum





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio