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    Paredes que hablan

    por Marta Díaz Petenatti


marta 190


El día cerraba sus ojos. Las sombras comenzaban a aferrarse a todo aquello que ocupaba un lugar.

Juan caminaba con displicencia hacia su casa, disfrutaba de la luz mortecina.

Llegar le causaba angustia. No soportaba estar solo entre esas paredes que las sentía tristes y no podía internalizarlas como suyas.

Llegó a la ciudad para completar sus estudios. Tanta magnificencia lo asombró, comenzando a sentirse solo entre tanta gente.

Esa soledad envolvía sus días, lo asfixiaba hasta producirle un dolor constante que no podía explicar, sólo sentirlo y padecerlo.

Entró, fue hacia la heladera, tomó una botella con agua y siguió hasta el patio. Se sentó y fue como si todo su cuerpo se desmoronara. El cansancio hacía estragos en él.

Bebía de a sorbos saciando en parte su sed. El agua fresca y cristalina le reinauguraba energías. Al mirar hacia arriba sus ojos vieron las primeras estrellas. Tuvo un momento de plenitud espiritual donde el silencio, el infinito y él eran los protagonistas.

Se recostó apoyándose en la pared, fue perdiendo noción del tiempo cuando una voz visiblemente contrariada lo increpó diciéndole:

-¡ No te apoyes!, ¿no ves que me lastimás?

-¡Perdón! -dijo tímidamente- no sabía que te molestara.

-¡Claro, nadie sabe nada… nunca! ¿Sabés lo que es aguantar las cabezas apoyadas en mí desde que nací? Y el motivo es siempre el mismo: están tristes, borrachos, delirantes, desahuciados. Muy pocos están alegres, eso hace que mis energías estén siempre alertas para padecer, escuchar, contener.

-¡Nunca imaginé que tuvieras sensibilidad!

-¡Claro que la tengo… y mucha! Todos estos años he conocido muchas realidades, he sido partícipe de amores nuevos, rencores viejos, desilusiones, pasiones, peleas, y todo aquello que la vida regala a personas como vos que no saben cómo manejar sus problemas.

Viven lamentándose sin saber aprovechar lo que la vida les brinda. En lugar de amar, odian; no ríen por llorar; son soberbios debiendo ser humildes, pero especialmente nunca están conformes con lo que tienen, y en lugar de mejorar copian, imitan, envidian. La mediocridad es una de sus mayores defectos.

-¡Hablas con tanta convicción!, me cuesta creer en tu sapiencia pero veo la realidad de todo lo que decís y me estás haciendo pensar en ello.

-¿Aún tenés que pensar? En lugar de pensar ponete alegre, alejá de vos la tristeza y agradecé que estás solo porque sos uno de los elegidos que pueden estudiar aunque debas pagar el precio con soledad, sacrificio, adrenalina, pero que el resultado es el objetivo logrado, la convicción de que uno es capaz y puede, que los sacrificios valieron la pena y que se debe agradecer por las oportunidades y por las aptitudes que nos dio la vida. Más no voy a decirte, analizalo vos.

El maullido de un gato hizo que se despertara sobresaltado. Al abrir los ojos, sintió seca la boca. Extendió el brazo para tomar la botella de agua y ahí mismo se dio cuenta de que su tristeza y angustia habían desaparecido.

Recordó lo sucedido y pensó que evidentemente había soñado, ¡pero le había hecho tanto bien! ¡qué diferente veía su vida ahora!

Se levantó presuroso a buscar los libros. Iba a estudiar en el patio, la noche estaba hermosa.

Mientras caminaba pensó qué importante sería si todos tuvieran “paredes que hablan”.

Tomó los libros y se fue a estudiar.

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