• Nechi Dorado

    LA PLUMA DE NECHI

    Desde la estatua

    por Nechi Dorado



El águila calva se asomó por una de las ventanas del gigante de cobre, acero y concreto, donde había establecido su nido. Desplegó sus alas como desperezándose antes de alzar vuelo hasta uno de los picos sobresalientes de la enorme cabeza de la mole.

Miró hacia los cuatro puntos cardinales cuando sintió el llamado, como todas las mañanas, de una hermosa mujer rubia, con rasgos casi perfectos y unos ojos tan celestes que parecen pedacitos de color arrancados al cielo. Todo lo que ella tiene fue arrancado a alguien. No puede negarse su hermosura, tampoco la frialdad que refleja esa mirada despótica.

Ella acostumbra encaramarse en lo más alto de la inmensa estatua, algunas veces puede vérsela sobre el brazo descascarado de un roble añejo al que sin dudas, también hace daño. Son pocas las veces que se la encuentra allí, porque no es amante de la naturaleza sino de lo que esta brinda. Comentan los lugareños que desde su sitial puede ver el punto exacto donde comienza o donde termina el mundo, habilidad que le permite sentirse dueña absoluta de todo.

Viste una túnica blanca sujeta a la cintura por una faja formada por barras rojas apoyadas en la blancura de la gasa que delinea sus formas. En la parte superior derecha, de esa faja, resalta un cuadrado azul oscuro en el que parece agonizar un grupo de estrellas blancas arrebatadas a otro pedacito de cielo dejándolo ensombrecido.

Los investigadores de la vida donde creciera esa mujer, dicen que cada estrella es el botín alcanzado por los rayos de su mirada. Dicen que observándolas detenidamente se puede ver que están salpicadas de sangre humana.

Dicen que en los lugares donde fueran arrancadas, dejaron viudas y huérfanos; que quedaron seres mutilados y un odio incomprensible tronando su victoria pírrica disgregando a los hermanos.

Dicen también que el águila le presta sus ojos para que pueda divisar mucho más allá, trascendiendo en el tiempo y en el espacio. Es agresiva la mujer, no tiene uñas sino garras que lastiman todo lugar donde se apoya. No falta quien la compara con las Harpías mientras ruega por la llegada de algún argonauta para que los libere de su brutalidad.

¿Cómo puede convivir tanta maldad con semejante belleza? Es la pregunta sin respuesta de quienes alguna vez cruzaran su camino con el suyo.

Lleva sueltos sus cabellos del color del trigo y por andar siempre en las alturas con una agilidad asombrosa, el viento los arrebata haciéndolos enroscar en las puntas picudas de la cabeza de la estatua, allí donde se posa el águila cada mañana.

La túnica deja al descubierto la delicadeza de su hombro derecho suavemente redondeado. En su pecho una rosa empalidece frente a la imponencia de la mujer o bien pudiera ser que empalidezca entre tanta frialdad. La rosa necesita ternura que ella no sabe brindarle, dejando un enigma indescifrable que cada quien devela a su manera. Algunos dicen que cuando la rosa se ve humedecida, es porque el rocío la besa suavemente para entibiarla, mientras que otros aseguran que son las propias lágrimas de la flor que corren por sus pétalos donde ahogaron el amor.

Dicen que desde sus clarísimos ojos nacen relámpagos cuando algo la enoja y que tienen la fuerza como para calcinar la vida aunque lata a muchos miles de kilómetros de donde ella se encuentra. Esta mujer no es historia pasada, sino presente. Ella está, dirige, impone, incapaz de condolerse por algo que no le ocurra a ella misma, para cumplir sus más oscuros deseos, utiliza el fuerte impacto de su retórica al que muy pocos pueden resistir y si lo intentan, mucha desdicha cae sobre los atrevidos.

La mujer tiene varias hermanas de rasgos muy diferentes, todas de piel morena tan brillante que el propio sol las usa como espejo para reflejarse. Aunque esas son mucho más tiernas y comprensivas sobre todo con sus hijos. Su desamor provocó que ellas sintieran pena pero también fastidio por tanto engreimiento y despotismo que mucho tiene que ver con la gula desquiciada de la belleza rubia.

No hablan el mismo idioma, aunque ella pueda entenderlas, aún sin esforzarse para comprenderlas. Es tan altiva, se sabe tan deseada por todos, que representa la imagen del sueño anhelado, especialmente por los hijos más pobres de sus hermanas, a los que ella mira con desprecio. Destemplanza que se potencia cuando buscan su amparo ante la desventura. Y por esas paradojas de la vida, esa mujer no podría sobrevivir sin las otras, por eso es fácil que abuse tanto sabiéndolas mucho más frágiles e indefensas.

Algunos dicen que sufre porque el amor no hizo nido en su alma sino que buscó cobijo en las entrañas de las mujeres morenas brindándoles esa calidez que las convierte en ejemplos de la maternidad sufriente.

Incapaz de soportar el derroche de calidez de sus hermanas, comenzó a elaborar una idea a la que se irían sumando otras, cada cual más espantosa. La hermosa mujer con sus propias manos hizo un nido de estiércol y amamantó con leche de veneno a una serpiente de medida Standard en su génesis, pero que con el tiempo habría de tomar dimensión incalculable. Tenía el don del entendimiento y demasiada habilidad para extenderse y llegar al punto que su madre le indicara.

La formó con la dedicación con que el escultor esculpe su obra, la fue fortaleciendo como para que fuera capaz de arrastrarse por suelos pedregosos, áridos, secos, así como entre montes, valles y ciudades, siendo indestructible.

Cuentan los ancianos del lugar que si alguien lograra cortarla en pedazos, éstos volverían a unirse y la serpiente reviviría con mucha más fortaleza.

Una mañana sombría, partió desde su nido en la estatua, en busca de frutas que compartiría con su madre, ambas prefieren los bananos, pero la serpiente no tiene buen olfato para sentir en la distancia, por eso, para encontrarlos fue guiada por la mujer cuyos ojos podían divisar el lugar donde iban naciendo los ramos aglutinados de esa fruta. Bastó sólo una señal de su garra afilada y el cruce de sus miradas, como para que la serpiente emprendiera su camino en búsqueda de esas joyas naturales. De paso, por las largas travesías, cazaba otras cosas de valor que iban a parar a la bolsa de la mujer rubia con ojos que parecían arrancados al cielo y dedos terminados en garras.

Chiquita-bra fue llamado el reptil que partió del nido dentro de una de las ventanas de la cabeza de la estatua. De allí salió, arrastrándose, a través de plantaciones, atravesando ríos de aguas cristalinas donde Chiquita solía triturar lo que encontrara a su paso dejando las aguas teñidas de color rojo sangre. Su rumbo fue siempre hacia el sur por esas cosas extrañas de la vida.

Cuando el ofidio se deslizaba por la falda estática de la estatua hacia donde la mujer bella le ordenara, ésta guardaba su cerebro desde el cual podía hacer llegar su directriz. Dicen que en las noches mientras el áspid repta por donde están las hermanas morenas, la mujer acaricia el cerebro repugnante, nutriéndolo para que su crecimiento se produzca sin interrupciones.

Va depositando sus huevos entre los pliegues de las túnicas de las hermanas que no tienen la fuerza suficiente para espantarla, aunque muchos de sus hijos acudan en su defensa y muchos queden para siempre entre las huellas zigzagueantes que deja como recuerdo de su paso con la muerte. Ella tiene la orden de ir demandando silencio y sumisión, demandando obediencia como mecanismo coercitivo capaz de repeler rebeldías.

Cuando la vida que late dentro de esos cascarones, logra romperlos, reciben las órdenes del cerebro mayor protegido por la hermosa mujer de cabellos claros como los trigales a los que también sofoca, tan suaves como la seda de la que se apropia, tan brillantes como el oro que termina embolsado entre las arrugas de su túnica.

La mujer a la que muchos se niegan a mencionar como tal, ordena y manda, escupe su retórica convertida en fuego. Gusta de los ruidos fuertes, cuánto más fuertes más alegra su existencia, especialmente cuando produce explosiones sobre la tierra gimiente frente al estruendo, entre “ayes” de dolor de almas sobresaltadas y alguna cuna que queda meciéndose vacía de cuerpo, desfigurada de sonrisas y mañanas.

La mujer carga sobre sus espaldas que parecen talladas por las manos de algún artesano del odio, la muerte de sus propios hijos y de los hijos de sus hermanas. Eligió ser como Zeus y los devoró uno a uno, aunque de momento, nadie haya logrado que los regurgite. Dicen que semejante atracón estancado en su estómago, contaminó su sangre envenenándola, y la toxicidad fue corroyendo su cuerpo, su alma se volvió de piedra como la estatua donde se posa para divisar en la distancia todo lo que pueda convertir en oro.

Todos la admiran y la odian, cuando parece a punto de desmoronarse, desde lo alto de la estatua, la serpiente le hace llegar gotas de sudor de los hijos de sus hermanas y es ese el nutriente fundamental como para que su caída no llegue a concretarse nunca. Aunque no falta quien cree que su derrumbe es inevitable y quedará clavada entre las planchas de acero de la historia futura, tan lejana.

Mientras tanto, en el presente, sus hermanas siguen meciéndose entre las ramas de los árboles abrasadas por el sol cálido que impide, como antídoto natural, que el veneno de la mujer y su serpiente logren que el frío hiele sus corazones.

Una mañana espantosa la mujer recibió una agresión que no logró ablandar su corazón, mucho menos produjo conmoción en ese hueco estático de roca imperturbable. Sus hermanas fueron las que más padecieron el espanto. La mujer miraba el fuego desde su sitial perpetuo y una mueca se dibujó en su rostro indiferente, mientras se dedicó a buscar culpables, escondiendo a los culpables verdaderos.

Ese ataque produciría gran beneficio para ella. El hijo de una de las hermanas fue la primera voz alzada, manifestando repudio al horror, solidaridad para los hombres y mujeres que viven a pocas millas de donde se erige la cueva de la mujer bella.

Esa hermana es la única por donde la serpiente no pudo pasar por más que lo intentara durante medio siglo, si bien ella no asume el impedimento y la boa intenta denodadamente ejercer su constricción. Por supuesto, la mujer de ojos del color del cielo que parecen puñales afilados para el desgarre interminable, ignoró la solidaridad de su hermana.

Todas lloraron.

Todas acompañaron lo que pensaron, sería su dolor.

Todas fueron una, como siempre.

Una menos una, la principal, la herida sin registro de dolor, la belleza rubia que viste una túnica que deja al descubierto su hombro derecho. Tan derecho como ella.

Ella, la que empalidece a la rosa manteniéndola clavada en el centro de su escote, la que ve por los ojos de su águila depredadora, la que creó a la que constriñe, aprisiona, desgarra, dejando lagos de lágrimas tras el movimiento enérgico de su afilada garra.

La que continúa enviando a su serpiente a recorrer las entrañas partidas, pero vivas, de sus hermanas morenas donde late el amor cantando canciones de cuna a la vida.

La que envía su veneno por cada recodo de los caminos, desovando para perpetuarse. La que riega aguas de espanto en los suelos contaminados por su paso zigzagueante hacia la nada.

Sigue su ondulante camino hacia el sur la serpiente escamosa, recorriendo las geografías bifurcadas, arrastrando el estigma de las guerras que terminan incrustados en las médulas de los pobres. En la columna vertebral de las hermanas que tras su paso, acuden rápidamente para acariciar cada herida provocada en el cuerpo tibio de las matas.

La mujer bella desde lo alto de la estatua de cobre, acero y concreto, ríe frente al dolor que divisa a lo lejos, acariciando al cerebro, mientras convierte a los bananos en divisas para mantener su poder.

Siguen deslizándose por la pendiente del sur, Chiquita-bra y su infaltable compañía, a la que se sumó otra mujer de rasgos y horizonte diferente, que actúa como apoyo de aquella que desde la estatua, saluda con un guiño cómplice a sus compinches.

Dicen los que saben que los bananos se ven doblados por la fuerza feroz de esa mujer que algunos hasta han visto parecida a las Harpías.

Quedan al paso de las huestes malolientes con corazón de piedra, ejércitos de desplazados a los que siguen silenciosos sus hijos desarrapados. Las hermanas morenas acarician esas cabezas renegridas, secan sudores y besan sus frentes sabiendo que ellos son sus custodios fieles azuzados por el llanto de la tierra, acariciados por las túnicas flameando al ritmo de la brisa suave que algún día será el ventarrón que aleje para siempre tanto horror, tanta vergüenza…

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