• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La fuerza del relato

    por Marina Burana



“Todos queremos que se nos cuenten relatos (…) Imaginamos la historia real dentro de las palabras y para ello nos ponemos en el lugar de los personajes, pretendiendo entenderlos porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una decepción. Existimos por nosotros mismos, quizá, y en ocasiones tenemos un atisbo de quiénes somos. Pero finalmente nunca podemos estar seguros.”
 Paul Auster


No importa si viene en celuloide, en papel, en teatro, en la oralidad o simplemente como una imagen que con cierta intermitencia se aparece en nuestra mente. El relato, las historias, reinan más allá de los géneros, los medios y las formas. Todos queremos escuchar o leer o ver una buena historia. Es algo que nace con nosotros desde el mismo momento en el que comenzamos a buscar imágenes paralelas al mundo que habitamos para sentir el anhelo que nos habita.

Todos generamos historias en nuestras mentes, ya sea con imágenes que se descartan al instante de producirlas, no prestándoles atención alguna, o deseando futuros que vaya a saber si existen en algún lado y en algún tiempo; la búsqueda constante de algo que no somos, de algo que podemos ser, de algo que fuimos; el deseo incontenible de sentir al mundo de otra manera. Todos experimentamos, de distintas formas, el gran por qué de la existencia. Y el relato es una de las formas más básicas que tenemos de buscar una respuesta. Si la historia tiene algo que logre llamarnos la atención, que llegue a cierto lugar de nuestros anhelos o se acerque -aunque sea de manera lúdica y sin realidad alguna- a la pregunta que nos mueve y que jamás ponemos en palabras, quedamos enganchados a ella y no hay vuelta que darle.

La fuerza del relato se nos aparece constantemente en todas las cosas. Caminamos en la calle y a todos nos surgen imágenes, pensamientos, mini relatos o ideas de historias en potencia. Que algunos se dejen llevar y las exploren no los hace únicos, simplemente, un poco más inclinados a dejarse vencer por la magia extraña de mundos posibles. Y esos otros que no exploran sus imágenes (algunos a veces las califican de “locuras” o “pavadas” minúsculas, flashes que se aparecen en instantes que enseguida se borran) disfrutan o no las historias de otros porque, en realidad, llevan el relato en la sangre, en su forma humana de mirar el mundo. Y allí radica la fuerza del relato. No solamente en las historias que nos cuentan, en las palabras que se dejan inundar de imágenes y en el caudal inmenso o pequeño de sensaciones que nos generan. La verdadera fuerza de una historia está en el que es testigo de la misma, en el que se alimenta de esa búsqueda ajena porque es también una búsqueda demasiado personal e inevitable. Todos les damos vida a las historias en el mismo momento en el que nos conectamos con eso que el otro tiene que decir, que tal vez es algo que uno mismo quiere decir y no se plantea cómo hacerlo.

Y así, quizá nos buscamos en esas historias, o tratamos de entendernos, de entender a ese otro y de compartirnos. Abrimos un puente hacia el otro aunque no seamos conscientes de que lo hacemos. Porque el relato nos fuerza a hacerlo; la sed voraz por mundos e ideas que no se palpen ni se comprendan nos lleva hacia el otro mucho más que una simple conversación; mucho más que un diálogo cotidiano sobre la realidad neta. Siempre en él habrá algún germen de historia; algo que descoloque, en menor o mayor medida, la relación con el otro. Uno siempre tiene alguna anécdota que contar, apoyada en el placer de reordenar imágenes y de crear expectativas. Todas nuestras conversaciones se nutren -incluso aunque en ellas no haya historias- de una fuerza que nos excede y nos acerca, una fuerza que sale de los relatos que nos rodean a pesar nuestro.

Para Paul Auster uno no se conoce nunca verdaderamente. No se puede cruzar el límite hacia el otro, por la misma razón por la que no se puede tener acceso a uno mismo, dice. Muy probablemente Auster tenga razón, el relato más extraño e intrincado del mundo (al menos de este mundo que conocemos) parece ser ese yo confuso que nos persigue. Pero siempre tendremos al relato como puente hacia otro lugar. Un puente endeble, tal vez. Un puente que nos lleve hacia más incertidumbres, pero que al menos actúa como una red que nos contiene a todos en la misma historia.

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