• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Carta a mi conciencia

    por Susana Maroto Terrer



Mi muy odiada Conciencia:

Desearía que estuvieras frente a mí, corporalmente, para golpear tu atrevimiento con estos puños furiosos, pero tu cobardía te retiene en mi distorsionada cabeza.

Permíteme que discrepe con tus métodos de increparme culpable por dejarme llevar por tu eterno rival, el Corazón. Él sí merece todos mis respetos, siempre ha sido claro y leal conmigo. ¡Tú sólo sabes darme órdenes cautas y aburridas! Consejos, no. Órdenes con tono intimidatorio.

¿Acaso no has sentido nunca una pasión ardiente y una dulce ternura por otras conciencias, por otros seres, incluso? ¿Tú? No, qué va. Pareces impenetrable.

¿Por qué persistes en evitar mi felicidad sin dejarme vivir, sin dejarme luchar y arriesgar por este sentimiento que mana de la fuente de mi juventud amable y sensible?

Desde que le conocí siempre te has mostrado disconforme con la ilusión y esperanzas que él despertó en mí. Si tú tienes miedo no pretendas que sea yo la que sufra tus desvelos y cautelas.

¡Sal de mi cabeza! Tus palabras me aburren ya.

Te aprovechas de mis inseguridades, de mi falta de decisión, de mi casi inexistente autoestima para tratar de derribar el fuerte muro que este amor ha construido tras múltiples batallas sangrientas de lágrimas.

Ahora nada puede amargar el sueño en que se ha convertido mi vida. Nada, ni siquiera tú, que eres Nada.

No lo entiendes, pero cuando hacemos el amor yo no soy yo, soy la eterna sonrisa de mis profundidades; soy él y él es yo, la mirada pueril de una fingida inocencia que despierta mis instintos más oscuros y enigmáticos. Mis delirios son perlas en el mar de su bondad y la locura de su voz sensual y de esas risas atronadoras de felicidad hace sucumbir mi debilidad (como persona, no como mujer) y me transformo en un ser heroico, fuerte, capaz de todo (o de casi todo).

A veces, cuando mis labios abrazan sus mejillas con un tierno beso de amor y miro el río de sus ojos de niño, húmedos hilos de rocío vuelven a mis ojos: aún no me creo ser la afortunada de tanta dicha.

A veces, cuando discutimos, le digo: “camina, corra, huye, vuela”. No obstante, enseguida me arrepiento y continuo: “pero regresa, regresa, mi amor, a mis brazos y revuélvete de dicha al acariciar en mis ojos mi alma abatida por tu ausencia”, y tras la culpabilidad que siento por haber querido estar lejos de él un solo segundo, mis lágrimas bailan un tango con su piel. Y él, sincero y muy delicado besa mis mejillas y bebe mis lágrimas. Me mira con sonrisa cómplice y comprensiva, con la mirada del eterno amante y amigo, caminante de mi camino.

Jamás imaginé un despertar más bello: las alas de sus tristes ojos, lentas, echan a volar hacia el amanecer, que nos clava su tierno sol en las retinas. El reguero de su mirada inunda el flujo sanguíneo de mi cuerpo y mis labios susurran un beso de cisne a los suyos, suaves lunas húmedas en el reflejo del río.

A veces su voz grave y sensual toca mi feminidad y mis dedos viajan sobre su piel danzando la sinfonía de su fresco olor. Y mi boca bebe la sed de su boca, sus manos tocan la incorporeidad de mi cuerpo, virgen e inmortal. Mis ojos se pierden en la infinitud de los suyos, y entonces sé que será para siempre…

Y tú, Conciencia, no podrás evitar que viva este sentimiento con tanta pasión, ilusión y fuerza, porque es lo que me da la vida y felicidad.

Fdo.: La Eterna Romántica

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