• Dean Simpson

    Letras en el horizonte

    Facebook y los otros books

    por Dean Simpson (Boston)


Hoy borré mi cuenta de Facebook. Y abrí una novela que quería leer.

Me decían, “Dean, tienes que hacer parte del cambio.” “Dean, conéctate o te hundes.” “Dean, quiero ser tu amigo virtual.” No quiero cambiar, ya ando medio naufragado y la idea de “amigo virtual” me parece un oxímoron.”

Fui de los primeros en inscribirme en Facebook, o sea que me lo hicieron mis estudiantes, pero fue en la época en que la inscripción no se le otorgaba sino a quienes estudiaban en las universidades más prestigiosas, o por lo menos así lo tenía entendido. Ahora, también según mi entendimiento, cualquiera puede apuntarse al bombardeo. En aquella época solo había unos cientos de millones de registrados. Ahora es la sexta parte del mundo. La verdad es que es una maravilla.

Sobre gustos no hay nada escrito. Pero conste que tengo que escribir un poquillo sobre esto.

Entrevisté a mis estudiantes y algunos tenían más de dos mil “amigos” en Facebook. Los que tengo yo los puedo contar con los dedos. Los que tengo de verdad. Pero tengo otros dos mil también, pero hacen parte de mi pasado. Son fantasmas. A algunos los intento olvidar. El problema con dos mil amigos virtuales es que siempre están allí, aunque en realidad nunca lo están. Los fantasmas míos van desapareciendo con la memoria. Los “jóvenes y verdes” (tomando palabras de Bernardo Atxaga) quizás no tengan fantasmas. Pero amigos les sobran.

Yo voy, como dice Vallejo, “con mi muerte querida y mi café”. Cualquier día me pillas leyendo a Yasmina Khadra, Yeats, Ruiz Zafón, Dumas, Pérez Reverte, Bolaño, Vargas Llosa, Maupassant, Rimbaud, Neruda o Machado. Mis amigos virtuales son los libros que descansan en mi biblioteca. Son sempiternos. Amigos de verdad, porque siempre estarán conmigo. Les caliento las páginas, y ellos a mí mis pensamientos. No sé qué calenturas recorren por Internet, pero he oído de más de un matrimonio que se ha pedido en la baraja.

Hace años durante mis clases de doctorado en Madrid, mi ilustre profesor Carlos Bousoño decía que el poema de Vicente Aleixandre, “Ven, siempre ven” era sobre “la destrucción de los límites individuales”. Como lo entiendo, era que uno se destruye a sí mismo, a su egoísmo, a su hermetismo, y a su tendencia misántropa, para unirse a algo superior, al amor. Es un proceso duro de conseguir, algo cosmogónico (por las tantas referencias a las estrellas y al cosmos), algo continuo, implacable, de una resiliencia tardía pero duradera. Lo que yo aspiro a hacer en esta vida. ¿Cómo sería “Ven, siempre ven” en las redes sociales en línea? ¿Hay alguna destrucción de los límites individuales?

San Juan de la Cruz en su “Noche oscura del Alma” habla de la dificultad de ver la luz. Tras la “vía purgativa”, la noche oscura, se llega a ver algo. Pero hay más. Hay la vía iluminativa y la vía unitiva, cuyo orden ignoro, porque la verdad es que estoy lejos de nirvanas y satoris. Pero sufro, experimento mis noches oscuras, tengo hijos y los alabo en mis poemas (como hacen Martí, Kipling y Goytisolo). A la porra (“con perdón”, como diría Pascual Duarte) con lo virtual. Me apaño placenteramente con lo que tengo y, a mi manera, “entro cantando como una espada entre indefensos”, como dice Neruda.

Lo repito. Para gustos se han hecho los colores. Algunos tienen miles de amigos virtuales. Otros, miles de libros.

Dos tipos de books diferentes.

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