• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La omnipresencia de las historias

    por Marina Burana



“El miedo es la condición previa del coraje, nadie es valiente si no pasa antes por el miedo, el coraje viene de sobreponerse al temor.”
Mario Benedetti


Hace poco me perdí en las palabras del escritor Antonio Muñoz Molina, en una nota de un diario argentino, quien comenta que las historias, la literatura de las circunstancias, están en todas las cosas, en todos lados y en todos los hombres.

“En realidad", dice Antonio, "las grandes narraciones no son una destilación rara y exquisita de unas pocas mentes especiales: andan por ahí tan libremente como el polen en primavera, como los vilanos o las obleas de los olmos o los huevos innumerables de los peces o de las ranas. En un libro sobre el trabajo de escribir, Stephen King dice dos cosas que me intrigaron cuando las leí, hace sólo unos meses: que grandes cantidades de personas están dotadas para contar buenas historias; y que la razón de una gran parte de la mala escritura es el miedo. Para ser pintor o para ser músico hace falta un entrenamiento concienzudo de muchos años. Para escribir, para contar, las dotes necesarias las posee en su plenitud cualquier niño antes de ir a la escuela: el dominio sofisticado del idioma, el instinto de dar forma narrativa a la experiencia. Cualquier persona que cuenta con claridad y coraje su propia vida está relatando una imperiosa novela. No hay vida que no merezca ser contada, que no sea singular y al mismo tiempo inteligible y común".

Coincido totalmente con la visión de Molina y me detengo en el pensamiento de Stephen King. Conozco muchísimas personas que cada vez que me cuentan qué desayunaron o a dónde fueron un domingo por la tarde, o por qué les gusta un tipo de música particular, abren un enorme abanico de histrionismo y literatura que me deja con la boca abierta. Gente que si se sentara a escribir produciría cosas brillantes, hermosas, magníficas. Pero está ese otro temita que menciona el escritor norteamericano: el miedo.

El miedo como uno de los mayores motores del ser humano, porque sin el miedo no podríamos accionar o dejar de accionar; la idea de ciertas filosofías de que las cosas a nuestro alrededor se construyen a partir de la mente, y el horror al vislumbrar (porque no podemos comprender ni aseverar) que seguramente muchas de las cosas que creemos reales partan de esa fuerza poderosa que dictamina nuestros pasos: el temor inmenso y, muchas veces, condenatorio. Porque el miedo tiene la capacidad monstruosa de apagarnos, de no dejarnos en libertad y de anularnos frente a lo que más queremos, frente a nuestros anhelos más profundos. En algunos actúa como esa condición previa al coraje de la que habla Benedetti, impulsando el enorme caudal existencial que se lleva adentro. Pero, por lo general, y las sociedades modernas son lamentables conejillos de india de este mal, el miedo se esparce como un cáncer por todos los rincones hasta que llega un momento en el que ya no sabemos qué hacer, cómo volver el tiempo atrás o cómo pensar hacia el futuro.

Y esto, llevado al campo de la literatura, es verdaderamente triste. Con cuánta insistencia he aconsejado que escriban cualquier cosa que se les ocurra a personas cercanas a mí. A veces escucho historias que luego me las apropio para ayudar a que se esparzan, porque a los que las cuentan no les interesa ponerlas en papel. Y se entiende. Nada hay más pesado y poco espontáneo que leer cientos, miles de simbolitos agolpados sobre una hoja en blanco. Nada tan absurdo y pretencioso como una página llena de palabras, diría Osvaldo Soriano. Es que a veces no hay otra opción. A veces la historia se bifurca, se hace grande, se expande hacia rincones impensados y a algunos les agarra la necesidad de constreñir a la oralidad a una estructura coherente y precisa para no olvidarla. Y de repente nacen bellas historias; historias increíbles que partieron de un pequeño lugar de la cotidianidad, de un espacio que germinó hacia algo que súbitamente se hizo poderoso. Ese poder, en realidad, ya habitaba en esa historia desde antes de ser contada. Existía sola, con todo su potencial, hasta que se la tomó y se la transformó en otra cosa. Sólo bastó con que cualquiera, cualquier ser humano dispuesto a hacerlo, la escogiera y la impregnara de vida.

Por eso es muy real lo que dice Stephen King acerca del miedo. Las malas historias no son malas porque el que las cuenta no tenga “capacidad” o “talento” o cualquiera que sea el término que utilicen las sociedades exitistas de la modernidad. Las malas historias nacen a partir de los rótulos que en general se acuñan entre las personas; surgen a partir de las expectativas que se tienen de los demás; de los podios y las recompensas que se instauran dentro de distintos círculos. Y en esos rincones nace el miedo, la vergüenza, la creencia de que no se puede escribir como otro o mejor que otro. En fin, la estupidez del ego y la parte más material y absurda del asunto.

Antonio Muñoz Molina dice “quién sabe de dónde vienen las historias”. Quizá de todos lados, de esa omnipresencia increíble que nos brinda el entorno y las circunstancias de la vida. No hay certezas. No hay nada dicho. Sólo una cosa podemos afirmar: lo único que sabemos es de dónde viene el miedo y que a veces se hace difícil sobreponerse al temor.

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