• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Carta de la niña que llevo dentro

    por Susana Maroto Terrer



Mi muy querido MMM:

Una idea, fantasía; eso eras tú antes de conocerte.

Me pasé todas las tardes de mi juventud soñando con conocer a mi príncipe azul, escribiéndole en mi diario, amándole, añorándole, contándole mis secretos, mis desvelos y mis triunfos.

Pero llegó un día, como cualquier otro, en que vi tu sonrisa, conocí la magia de tus ojos, me enamoré de tu forma de mirarme y disfruté jugando a la conquista al ver tu mirada desafiante.

Entonces supe que tú eras ese príncipe azul que me había acompañado en la imaginación de mi niñez.

Y recuerdo cada vez que has agarrado mi mano con la ternura de un recién nacido para calmar tus ansias de amor.

Y olvido cada discusión que hemos tenido.

Y recuerdo cada detalle que has tenido por alegrarme o sorprenderme. Recuerdo aquel baño de espuma, con velas, con pétalos de rosas, con mi música favorita de fondo, y tú. Tú fuera de la bañera, a mi lado, acariciándome con la sensualidad de tus manos sobre mi piel mojada. O aquella romántica cena que me preparaste.

Y olvido todas tus ofensas.

Y recuerdo cada aleteo de mariposa que ha acariciado mi estomago al descubrir el infinito en tus ojos, al notar el cariño con el que me sonríes, al comprobar la complicidad de nuestras almas.

Y olvido cada lágrima que mis ojos han vertido por ti, por nosotros, por la frialdad y lejanía con las que en ocasiones te he sentido.

Junto a ti he encontrado por fin mi sitio en el mundo, he comprendido por qué estoy en él. Para amarte. Sólo para amarte, mi vida, a ti, sólo a ti.

Hay momentos de mi vida que jamás podré olvidar y en todos ellos tú eres el corazón, las manos, la mente… la realidad.

No olvidaré cómo te has implicado con mi familia, cómo les has mirado con el cariño que sabes que yo esperaba, cómo siempre has buscado su bienestar porque sabes que su felicidad es también la mía y por tanto la tuya.

No olvidaré la delicadeza de tus caricias, la húmeda suavidad de tus besos y tus tan sentidos abrazos. Tampoco olvidaré nunca la sangre que tu alma derramó por mi causa y lucharé cada día por verte sonreír feliz.

Lo cierto es que no supe lo que era el amor hasta que, en momentos en que pensé que te perdía, los gritos de angustia de mi pecho nublaron mi alegría, mi ilusión, mi respiración y hasta mi propia vida.

Ahora recuerdo y recuerdo y vivo tu amor, príncipe mío, con la mayor de las alegrías y con gran satisfacción de saber que el amor que siento por ti me mantendrá viva, libre, esperanzada, fuerte.
 
Nuestra relación tiene fuertes raíces y ya sólo sueño con alcanzar la meta de formar nuestra propia familia y de envejecer juntos, unidos y felices, tiernos y cariñosos, como ahora.

Gracias, cariño, por cada susurro de aliento, por cada mirada de comprensión, por cada beso pasional, por cada sonrisa cómplice.

Gracias por convertir mi mortal existencia en vida, en la vida que siempre soñó la niña que llevo dentro.

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