• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    Las muñecas de Wilcock

    por Marina Burana


"Es un gran armario de madera de nogal, simple, vertical, al mismo tiempo pesado y elegante, casi un símbolo de la digna estabilidad; por otra parte está siempre cerrado. Por dentro, el armario está dividido con estantecitos, y en cada uno de estos estantes vive una escritora; en realidad son las viejas muñecas que se volvieron escritoras solamente por obra de la inacción, la oscuridad y el aburrimiento (...)".

Así comienza un cuento del escritor argentino Juan Rodolfo Wilcock. Un cuento que en su parodia siniestra y de imágenes poderosas ataca con criminalidad sutil el mundillo literario. (…) "así se volvieron novelistas, poetisas, críticas literarias, críticas teatrales y consultoras de editoriales. Allí dentro todo es un continuo repiqueteo: cada una quiere hacer oír a las otras sus propias obras. Pero éstas son, de más está decirlo, obras de muñecas.” continúa el relato en el cual, dentro de un armario, las muñecas convertidas en escritoras se comunican por medio de un sistema de golpecitos que las hacen existentes en ese cosmos extraño, oscuro y universal a la vez.

Lo que logra llamarme la atención de este cuento no es sólo la forma irreverente con la que Wilcock opina acerca de cómo se maneja el mundo dentro de la literatura, dentro de esa especie de reina madre que, como pasa con cualquier expresión humana, suele ser malversada para cubrir a todo con cierta mística egotista, sin poder escaparle a la necesidad inevitable de recurrir a una “autodifusión perpetuadora” en palabras de Mujica Laínez. Lo que me atrae de este cuento no es sólo, como decía, esa crítica del escritor sino el pequeño mundo de relatos y de imágenes que se genera dentro del armario.

Como un submundo secreto de la literatura, cualquier objeto, ya sea por la inacción, la oscuridad y el aburrimiento, o por el hecho mismo de estar en contacto con los demás objetos, puede darle inicio a una historia que ocurre en un lugar íntimo y oculto. El armario no se abre, las muñecas no se ven, nadie sabe -salvo el narrador- que allí adentro se baten personajes un tanto soberbios, apasionados por esfuerzos inútiles y convencidos de su propia importancia. Lo mismo pasa con el resto de las cosas. Una cama recién hecha, un peluche reposando sobre una silla, una taza sobre la mesa. Cosas que no nos hablan pero que si les prestamos atención de forma más detallada y las desprendemos de su entorno, tienen el potencial de generar mundos secretos que le pertenecen a la literatura. Por eso ésta está en todos lados y en todos los seres.

Alguien me comentaba que para comunicarse con su nieto que vive en el extranjero, utiliza estos medios tecnológicos modernos con cámaras web y demás. El nene se aburría de observar figuras detrás de un monitor, por lo que a la abuela se le ocurrió escribir cuentos para relatárselos en sus encuentros virtuales y avivar un poco las charlas. Para hacerlos verdaderamente entretenidos, buscó elementos de la realidad y ubicó las tramas en espacios familiares: todas las peripecias le ocurren a miembros de la familia y algunas tienen tintes fantásticos. Me llamó particularmente la atención el uso de una alfombra voladora que sólo se lleva bien con el abuelo y detesta a la abuela. Y pensé que la forma de usar objetos cotidianos, dándoles vida y esa realidad íntima, profundamente literaria, que también tienen las muñecas de Wilcock, es una manera muy atractiva de generar interés en el otro.

Y esos mundos ocultos, desde su invisibilidad remota, pero presente a través de una energía que no comprendemos, dicen las verdades del mundo que sí vemos o creemos conocer. “A veces alguien se acerca al armario cerrado, acerca la oreja a las puertas de nogal, y comenta: ¡Pero este armario está lleno de ratones! Por eso nadie quiere abrirlo.”

Esos mundos ocultos, en su intimidad infinita y literaria, se deforman en el mundo que transitamos conscientes y se nos escapan, parecen otra cosa. E inmediatamente les asignamos valores que sólo pertenecen a ese otro mundo que intenta alejarse de la literatura, en el cual los objetos son objetos, las miradas son simple miradas, y el tiempo no es más que tiempo. Enormes ratones ocultos que preferimos no dejar salir del armario.

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