• Nechi Dorado

    LA PLUMA DE NECHI

    ¡El vive! Y ese sombrero...

    por Nechi Dorado



Dicen los viejos del pueblo que ella nunca duerme, que pasa las horas un poco acá, un poco más allá. Dicen que sus ojos son tan poderosos que pueden ver tanto de día, como de noche lo que ocurre en el norte o en el sur. Que no la mojan las lluvias ni la oscurece la noche. Igualito que sus hermanas, aunque algunos juran que en algún tiempo todas ellas, eran una.

Dicen que eso fue hasta que manos intransigentes comenzaron a trazar barreras y a imponer límites a tanto amor y similitud que hacia daño a quienes tenían por corazón un clavo encarnado, donde el óxido corroyó hasta el esqueleto de lo anecdótico.

Fue entonces, cuando cada una tuvo, forzadamente, un espacio a muchos kilómetros de las otras. Con lo que no pudieron fue con la fuerza del amor que era como un cordón umbilical que las unía a pesar de las barreras y del odio.

Una mañana resplandeciente, el pueblo se vistió de fiesta. En cada casa comenzaría la novena y la jaculatorias en honor a la Purísima, Patrona del lugar. Las mujeres cortaban, delicadamente, ramas de madroño en flor para adornar los altares. Con verdadera unción ubicaban cada ramita en los cuencos artesanales que rodeaban la imagen venerada. Todas querían dejar su ofrenda, ese tributo místico que nacía en lo más ondo de los corazones suplicantes y agradecidos.

El aroma a incienso impregnaba el lugar extendiéndose hacia los alrededores, dando un marco de sacralizad a la zona donde se ultimaban los detalles para la celebración religiosa.

Contemplando los preparativos, rondaba por allí esa mujer tan hermosa como sus hermanas, las que hablan el mismo idioma y se comunican a través del trino de las aves, de la explosión de color de las flores, del verde de la hierba y del ronroneo del mar acariciando las arenas de las costas.

Por esas cosas tal vez sin explicación que producen las imágenes conmemorativas, capaces de sacudir como a una alfombra los baúles de recuerdos atesorados en la sangre, desde la noche anterior, ella evocaba la memoria de uno de sus hijos.

Los amaba a todos por igual, fueran hembras o varones, pero hubo uno especial que quedó tatuado para siempre con la terquedad que se instala en el alma de una madre dolida. A la vez que el recuerdo entretejía las hebras de un ayer lejano, con el presente, la nostalgia comenzó a dibujar surcos de dolor instalándolos en sus mejillas morenas.

Era de contextura pequeña, pero dueña de una esencia capaz de cobijar congojas y alegrías en el mismo momento, respetando cada cuevita donde se alojaran.

A lo lejos sonaban las campanas, la Purísima sería honrada con oraciones y ruegos, con el canto emanado de las boquitas tempranas que recibirían como incentivo a la devoción, confites y gofio. Era la hora del Ángelus que terminaría nueve días después cuando las plegarias comenzaran a guardarse para el año siguiente. Más allá del misticismo que conlleva la advocación mariana, la mujer sabía que por lo menos, durante esos nueve días nada separaría a sus hijos, las diferencias se alejaban por “la gritería” que nacía en todas las almas y la brisa las desparramaba hasta las bocas abiertas de los volcanes dormidos.

-¿Quién causa tanta alegría?

-¡La concepción de María!

La Patrona del lugar, la que cumplía cada pedido, menos algunos, como siempre pasa.

Entre pan de elote, confites, dulces, frutas, velas y banderas, lucecitas incandescentes para iluminar el viaje eterno, sin regreso, de los mártires caídos y los que partían por otras circunstancias, el pueblo celebraba y la fe agitaba las conciencias hasta que las matracas y las flautas de bambú entonaran su melodía programada en vísperas del noveno día.

La bellísima mujer de ojos aindiados vestía túnica blanca con una faja que sostenía los pliegues que parecían de espuma. Era muy parecida a la de sus hermanas, porque fue creada bajo el concepto maravilloso de unidad entre todas ellas cuando aún no había barreras dando permiso de tránsito sólo a las alimañas.

Esa faja constaba de dos franjas azules conteniendo a una tercera, blanca. En el centro también la historia dejó su simbología, ya que allí se destacaba un triángulo de oro. Más abajo, quedó estampada la topografía del lugar mostrando cinco volcanes verde amarillentos unificados entre los azules que representaban los dos mares que rodeaban el lugar. Un gorro frigio era el ideograma de la libertad, rojo brillante como la sangre que corre por las venas dando vida. Iluminaban la escena bordada, rayos de luz blancos nacidos en el centro del triángulo.

La sublime obra de arte que perduró en el tiempo, como si hubiese sido poca su belleza, atrapó también a un arco iris de siete franjas nacido desde las montañas hasta cobijarse en el gorro, donde descansaba su sueño de paz para la mujer y sus hermanas. Letras de oro remataban la belleza, con una frase que al igual que el borde del triángulo, pretendió representar las riquezas minerales del país.

Riquezas sobre las cuales reptó Chiquita-bra. Sobre las cuales también dejó sus huevos pintados de odio que tomaron cuerpo y vida, o mejor dicho, que tomaron muerte, porque la osamenta de las bestias está formada por hojas de muerte osificadas, artrósicas, anquilosadas. Chiquita, pese a ser reptil tenía huesos, claro, expropiados a los trabajadores que deglutía luego de embalar los cajones de bananos que irían a parar al centro de la estatua de acero, cobre y concreto.

La mujer trenzó sus larguísimos y renegridos cabellos colocando esa trenza azabache sobre la redondez de su hombro izquierdo. Sosteniendo el entrelazado, una flor de sacuanjoche desenrollaba su color blanco hueso, cuyo centro parecía un corazón amarillo.

Un guardabarranco fue el que la entretejió en la trenza con la devoción con que un hijo acaricia la cabeza de su madre, mientras trinaba suavecito en el oído de esa hermosa mujer que esa mañana apareció tan triste por el recuerdo de ese hijo ausente, arrebatado de su lado traicioneramente por cometer el “delito” de pretender cubrir de libertad la falda de su madre y los cuerpos extenuados de sus hermanas y hermanos.

El guardabarranco sabía que la ausencia de ese hijo era brasa encendida en el corazón de la mujer. Sabía también que ese hijo conoció las vísceras de Chiquita, una por una. Sabía que el reptil no aceptaba que una sola persona, cargada de tanto amor, fuera capaz de interrumpir su paso.

Dicen los viejos del lugar, porque en todos lados los ancianos siempre guardan arcones repletos de recuerdos ambarinos y los van transmitiendo a quienes quieran oírlos; que ese hijo conoció a las hermanas de su madre, las que abrieron sus brazos para recibirlo cuando la miseria lo expulsó hacia donde ellas estaban.

Y dicen que en todos lados encontró huevos y pudo ver sus interiores aún antes que los cascarones estallen. Dicen, además, que hay gente capaz de ver lo que no está a la vista y eso molesta tanto a las bestias y por eso van cavando sus propias tumbas en cada trajinar de sus talones heroico sobre las esquirlas de la abominación.

Dicen que mueren un poco en cada palabra lanzada al viento con fuerza de reproducción poniendo en riesgo el futuro convocado por esas vidas que repugan aún antes de infectar al sol y antes de apresurar las tinieblas.

Seguía el repique de campanas, seguía la procesión de hombres, mujeres y niños su marcha hacia la parroquia. La mujer hermosa veía en ellos a ese hijo que no dejó de odiar la injusticia por más que llegara con la fuerza acorazada empujada desde las paredes de acero, cobre y concreto, donde se guarecía el cerebro acariciado por esa otra mujer hermosa que nunca quiso entenderse con sus hermanas.

Recordaba, la mujer hermosa de rasgos aindiados, que aquella fue la causante de la muerte de sus hijos e hijas, de su pueblo y de su historia.

La que envió hordas de carne mercenaria para arrancar el esbozo de sonrisas que iluminaban los rostros en una etapa de tanto esplendor como el rostro de la Purísima, en esa mañana de celebración y madroños.

El guardabarranco observaba desde el hombro de la mujer, la escena de devoción que se vivía en el pueblito. Su trino parecía querer acompañar el tañido de las campanas que llamaban a misa.

El recuerdo seguía torturando a la mujer, seguía pensando en su hijo, imaginándolo nuevamente a su lado. Veía al pueblo feliz, sabía que ya no había niños que no supieran leer, que ya no padecían el hambre que padecieran tiempo atrás. Sintió que la sombra de su hijo iluminaba el lugar, a la vez que su luz limpiaba la sangre

derramada de las arterias nobles de sus hermanos, tanto los que siguieron su conciencia como los otros, los que se convirtieron en esbirros siendo víctimas también de aquella historia.

Sabía que él dejó sembrada una semilla que logró germinar muchos años después de su asesinato a traición.

Desde un humilde altar, la Purísima, parecía sonreír como hacía mucho tiempo no sonreía, era como si hubiera tomado vida su cuerpo descascarado por los años.

Entre ramitos de sacuanjoche, poincianas, jenjibre azul y helechos, la tenue luz de las velas parecía danzar con los acordes de una melodía que regresaba al pueblo y que tal vez llegara hacia los lugares donde las hermanas de la mujer bella, seguían esperando.

Desde algún lugar lejano, vuelto a la tierra por la memoria de su madre, ese hombre vivía sus más de setenta años lejos del mundo. El había heredado el don de su madre, el de ver a través del tiempo y de la distancia.

El de permanecer vivo, entre los muertos.

El de sentir cuando los sentidos se asfixian pero se resisten a morir ahogados.

También cuenta la sabiduría de los ancianos que eso sucede porque alguna gente no parte para siempre, mucho menos cuando cargaron moléculas de amor que no aceptaron escapar por los agujeros sanguinolentos que dejó el plomo, cuando la vida fue obligada a rendirse ante el poder fáctico, impúdico, de la muerte.

Los guardabarrancos, alternando su vuelo entre los hombros de la mujer y los madroños, de pronto volvieron hacia ella con un chismecito inocente pero grandioso.

Era tal el griterío emitido desde esos piquitos y desde las raquetas de las colas que torpemente chocaban, que la mujer, olvidando por un momento su congoja, trató de calmar el alboroto acariciando cada cabecita enmascarada bajo un turquesa iridiscente. Las aves, con gracia y desparpajo irrefrenable lograron hacerla sonreír logrando el despliegue de toda su hermosura. La almendra de sus ojos se redondeó de pronto cuando los picos obligaron a apuntar su mirada a la distancia por donde llegaba una sorpresa.

Ella irrumpió en llanto de alegría –sabemos que el llanto es cosa dialéctica, experto en realizar contorsiones acrobáticas que le permiten realizar saltos mortales pasando de túnel de la congoja a la risa, del amor al odio,

Fue cuando divisó a una bandada de guardabarrancos que se acercaba hacia donde ella estaba. Imitando a la procesión que seguía a la Purísima, formaban la comitiva alada tortolitas colilargas, palomas piquirroja y collareja, chocoyos y loros multicolores.

Llegaban con la misma unción con que los habitantes del pueblo honraban a su Patrona, trayendo entre sus picos un sombrero negro de ala ancha que depositaron respetuosamente ante los pies descalzos de la mujer.

Era el sombrero usado por su hijo cuando emergió de las entrañas putrefactas de Chiquita, antes de seguir su recorrido escapando a la miseria y a la explotación.

La procesión de aves hizo silencio, la brisa sopló suavecito para que los cabellos rebeldes no entorpecieran la imagen de ese espectáculo sublime. Ella trató de atajar las lágrimas que comenzaron a desbordar de sus hermosos ojos, tratando de sortear la muralla de espesas pestañas arqueadas.

-El ha vuelto con nosotros! Exclamó la mujer emocionada mientras las aves continuaban su danza interrumpida alrededor del sombrero.

-¡El VIVE! Gritó también la Purísima desde un altar adornado en el patio central de la casa de otro hombre que jamás pudo olvidar la obra trunca de su hermano pues llevaba en la sangre la herencia de su legado.

-¡EL VIVE! Fue el grito reproducido que llegó hasta la boca de los volcanes que parecieron abrirse más que en los bostezos.

Las hermanas de la mujer, esperando el milagro de la sinonimia que parecía renacer en esos lugares, causando la indignación de la hermana que observaba desde la estatua mientras preparaba las visas para el viaje inmediato de sus sicarios.

Algunos ya estaban en la casa de la otra hermana, la que tenía el cabello recogido sobre su nuca, en cuyo centro colocó una enorme orquídea que picoteaba con ternura una guacamaya.

Esa hermana hacia donde la otra, la descastada, la que habla diferente, enviara a sus esbirro, tiempo atrás, con la orden de asesinar a los hijos de la que seguía gritando con la Purísima con el cortejo de aves multicolores:

-¡EL VIVE!

Abrió sus brazos la mujer del hombre redivivo, para que las aves y la brisa acompañaran a ese sombrero negro de ala ancha en su vuelo libre hacia la historia sempiterna que regresaba de pronto.

Ver Curriculum
Curriculum





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio