• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Una cena de crisis, risas y...

    por Susana Maroto Terrer



Los encantadores villancicos de Michael Buble sonaban incansables por toda la casa. En la familia todos parecían aborrecer esta música peculiar, pero a mí me parecía que en sus notas se hallaba la magia de la navidad; de mi navidad, al menos. Además ya estaba cansada de escuchar el mismo cd de villancicos (de mi padre) durante 23 años. También decidimos cambiar el árbol de navidad. De pequeñas, mi hermana y yo mirábamos el árbol con mucha ilusión con la vista alzada hacia arriba para ver la estrella fulgurante. Ahora la estrella de la punta del árbol se quedaba a la altura de nuestra cintura.

El lustroso arco iris que simulaban los espumillones y las bolas purpúreas que decoraban cada rincón parecía haber inundado la casa de ilusión y esperanza. El ambiente navideño se respiraba por cada escondrijo de la casa.

La cena de Nochebuena la celebrábamos en casa; para Nochevieja, se hacía en casa de mi tía. Así que durante toda la tarde del 24 de diciembre en casa no se hacía otra cosa que preparar la cena y la mesa al mágico son de la música.

Mi padre se encargaba de poner la mesa y preparar las bebidas y el turrón, mientras en la cocina mi madre nos encargaba a los demás ir pelando las gambas para el salpicón, o extraer la carne del buey de mar para hacer un relleno con huevo duro, aceitunas, cebolla picadita, palitos de cangrejo, mahonesa y un chorrito de vino blanco. Por su parte, ella se dedicaba a hacer los langostinos y las cigalas a la plancha, o el pulpo y la sepia. A veces también poníamos algunos entrantes (o mariconadas que decía mi padre) como canapés con mahonesa y palitos de cangrejo o espárragos envueltos en una loncha de salmón ahumado recubiertos con crema de Módena. Y como plato fuerte podíamos preparar el famoso pavo relleno o bien pescado, normalmente bacalao con salsa de tomate.

Lo cierto es que al tiempo que la emoción embargaba mis entrañas, los nervios por no fallar a mi madre en la cocina me hacían temblar.

Mis manos se resbalaban entre las gambas cuando sentí una cariñosa guantada en mi colleja. Casi en cada viaje que mi padre hacía entre la cocina y el comedor tenía ese gesto conmigo: trataba de llamar mi atención, buscaba mi sonrisa o alguna frase en forma de broma. Es una persona muy risueña que necesita alegría en su vida. Aunque yo estaba concentrada en la tarea que me había ordenado mi madre, le oía cantar cuando cortaba el turrón en perfectos tacos cuadrados, y cuando echaba la cabeza hacia atrás para mirarle siempre me dedicaba una sonrisa.

Este año no habíamos comprado ni turrón ni mazapanes ni polvorones, decidimos poner lo que había sobrado de años anteriores (total, no olía mal, así que no podía estar malo). En la “bodega”, un mini trastero desbordado de cachivaches donde mi padre guardaba sus botellas de vino, champán y orujo casero, ya no quedaba ni vino ni champán. Así que mi madre tuvo la ocurrente idea de comprar vino espumoso y hacerlo pasar por champán en la cena, ya lo había hecho antes con otros alimentos y había dado el pego. Y en vez de poner vino para acompañar la cena, pensó en poner agua, pero yo propuse que habiendo aún botellas de orujo en la bodega, ¿por qué no utilizarlas como agua? La idea no era mala, así no gastaríamos tanta agua del grifo (que luego nos sorprendemos con la facturita…), pero evidentemente el problema obvio era el sabor (y hasta su repugnante y fuerte olor). Esa opción quedó descartada, por supuesto, pero la idea serviría para algo más adelante.

Cada vez que preguntábamos algo a mi madre sobre la cena su gesto se tornaba en malhumor. El estrés provoca esas muecas en su rostro, y es que todo tenía que estar perfectamente listo a las 10 de la noche, antes de que llegaran los invitados (muy especiales y exigentes, por cierto).
Las gambas se me resistían, las risas y los cánticos de mi padre me desconcentraban y el áspero gesto de mi madre nos hacía más gracia todavía.

Este año las cigalas y los langostinos, el pulpo y la sepia habían sido sustituidos por un par de pollos de la granja de mi novio. Las risas crecían en la cocina cuando mi madre metía su delicada mano derecha por el culo del pollo para meterle el limón.

Ya sólo faltaba hornear los pollos y dar un último repaso a los detalles más minuciosos de la casa. Mientras mis padres se ocupaban de ello yo aproveché para arreglarme antes de que diera la hora. Me puse unos pantalones negros de vestir con una camisa blanca, mi tan apreciada corbata negra con finas rayas oblicuas y blancas y el brillante chaleco negro (todo, a excepción de la corbata, me quedaba algo ajustado. Había engordado 5 kg en el último año y no había tenido oportunidad de renovar mi estrecho vestuario). Era una noche de luz y color, de elegancia y alegría. Me puse unos pendientes (baratijas del Bijou Brigitte); había que lucir elegancia para el momento en que los flashes anegaran el salón.

Sonó el timbre de la puerta. Dos besos por aquí, dos besos por allá…y cuando fui a cerrar me fijé en el lindo cartelito decorativo que mi padre había colocado en la puerta, por fuera, y que decía: “felices fiestas” bajo una lluvia de purpurinas de diferentes colores. Me sonreí, era el mismo cartelito que habíamos aprovechado los últimos 23 años, un poco ajado, la verdad, pero igual de encantador.

Habíamos limpiado la casa a conciencia, todo resplandecía como nuevo y olía a fragancia de limón, quizás incluso demasiado; pero, claro, entre el ambientador de limón y el limón del culo del pollo… parecía que tuviéramos un limonero en casa.

Las miradas de los dichosos invitados recorrían cada recóndito rincón de la casa con el objetivo de criticar y poner pegas, pero esta vez sería imposible, lo teníamos todo controlado, o eso creía yo. Noté que mi tía frenó sus zarpas sospechosamente en un cuadro que colgaba en la pared del pasillo. De inmediato me fijé en él y descubrí el blanco perfecto para sus ataques: el espumillón que bordeaba el marco del cuadro como una hiedra más que espumillón parecía un hilo blanco con algunas ramitas brillantes verdes y plateadas. Tenía que haberlo previsto: este año tampoco habíamos comprado elementos decorativos para la casa, ni espumillones ni bolas ni nada.

Antes de que mi tía pudiera abrir su boca envenenada y lanzase dardos contra nuestra más que buena disposición, la arrastré hasta el comedor sacándole otro tema de conversación, algo que le atrajera de verdad (le hablé de la cena. A ella le encantaba comer, en realidad devoraba la comida). A decir verdad, aquella noche, no sé por qué, yo sospechaba que se quedaría con hambre.

Mientras mi madre seguía en la cocina pendiente de los pollos y mi padre se paseaba entre la cocina y el comedor para controlarlo todo, los invitados se acomodaron en el salón, quitaron mis villancicos de Buble y pusieron la tele, ¡Los Simpson!

Este año mi hermana no había podido venir por Navidad y era ella la encargada de infiltrarse entre los invitados, ser una más de ellos para después darnos un informe detallado de todo lo que había sucedido mientras nosotros nos ceñíamos cada uno a su rol.

A cada rato mi tía aprovechaba para asaltar la cocina e ir picando de los entrantes que ya estaban listos, o bien abría la nevera y se servía ella misma (aunque no creo que encontrara nada satisfactorio, la nevera estaba medio vacía).

Por fin los pollos ya estaban listos y pudimos sentarnos todos y disfrutar de una “agradable” cena. Sobre la mesa descansaban una ensaladera con el salpicón y tres platos con el relleno de buey de mar y los espárragos con salmón ahumado y Módena. Dos de ellos estaban medio vacíos porque alguien les había echado el diente antes de tiempo… Tres botellas de agua presidían la mesa y aunque todos las miraban con inquietud y asombro, quizá esperando beber vino en la cena, nadie se atrevió a protestar. Únicamente mi tía maulló que su agua olía demasiado fuerte y preguntó si era agua comprada o de grifo, pero se la bebió sin rechistar. Después fue a vomitar al baño… y al volver me miró y al verme sonreír tímidamente su mirada se tornó en rabia u odio, no sabría decir y arañó mi rebeldía. Miré a mis padres y ambos me sonreían también. En ese momento me vine arriba, me levanté, apagué la tele y volví a poner mis villancicos de Michael Buble. Entonces todas las miradas se dirigieron a mí sin piedad y yo no podía parar de sonreír. Para acabar con la tensión que se respiraba llevé ya a la mesa los pollos y sorprendí a todos entregándoles un matasuegras y un gorro de Papá Noel. Así calmé sus ansias de matarme.

Enseguida devoraron la comida. Mi tía arañaba los platos con la maestría de una obesa ansiosa e insaciable. Yo pensé que como a mí, a todos les haría especial ilusión la aparición del turrón y los polvorones y mazapanes, así que, entre baile y baile, llevé la dulce fuente al comedor. Todos se abalanzaron sobre el recipiente como hienas, pero al dar el primer bocado el gesto de sus caras felinas se tornó mucho más comedido y asqueado. Mi tía soltó su cuadradito de turrón duro (más que duro, en realidad…) y, moviendo el rabo y casi bufando, quiso crear un ambiente agradable diciendo que ese año ellos no habían mandado postales navideñas a nadie (a familiares de otras ciudades que no podían estar con nosotros esos días) por aquello de que con la crisis le salía más barato y cómodo hacerlo por internet. Entonces una explosión de risa salió de mi boca, no pude evitarlo, lo juro, no pude. Mi tía siempre ha sido muy incoherente, pero aquel día lo demostró con creces.

La Nochebuena en casa de los Maullins fue bastante tranquila y divertida, la verdad.

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