• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Treinta y cuatro años de lucha

    por Alfonso Estudillo


Treinta y cuatro años de lucha tirados a la basura. Para los trabajadores, claro, para los que no tienen otro caudal que sus manos ni más hacienda que varias bocas que alimentar. Treinta y cuatro años desde que aquel 6 de diciembre de 1978, con la aprobación en Referéndum de nuestra Carta Magna, se certificara el estado de derecho y España comenzara su entrada en la Era de la Modernidad, del progreso, del estado del bienestar y de los Derechos que debieran asistir a todos los humanos.

Treinta y cuatro años de esfuerzos y sacrificios en los tajos -con la voz del sudor y la entrega- y en las calles -con la pancartas del hambre y la necesidad- para ir consiguiendo unas pequeñas mejoras en los sueldos y los servicios sociales, siempre miserables y por detrás de los tiempos, paupérrimos y abandonados, no ya durante los cuarenta años de dictadura del General Franco, sino desde antes de que el abuelo de nuestro Rey comenzara a fumar, antes de que el insigne padre de La Chata vendiera España tres veces, antes de que Carlos I pusiera su pica en Flandes, antes de que en España se hablara en moro, antes de Leovigildo y Recaredo y antes incluso de que los fenicios, hace tres mil años, abarloaran sus naves a las costas Atlánticas de la península y fundaran la Gadir donde nací.

En estos treinta y cuatro últimos años, aunque todavía muy por debajo de los niveles de bienestar de los ciudadanos de la mayoría de países europeos, en España se iba consiguiendo que los sueldos fueran casi suficientes para poner en la mesa algo más que las diarias espoleás o tagarninas de mitad de siglo; que las largas caminatas hasta los tajos se hicieran en el cochecito o la furgoneta en lugar de en la BH o la Orbea o, las más de las veces, andando; que se cambiaran los pantalones de rayas o crudillo -cien veces remendados- por los súper guay chándal de ahora -que valen para todos y todas- o el traje de los domingos, de lanilla o tergal, por los modernísimos trajes del Corte Inglés; que algún que otro dominguito se pudiera llevar a la parienta y a los niños a comerse una paella o un conejo en algún restaurante de carretera; que la niña, tras la primaria, se apunte al curso de FP o incluso -si se consigue la beca- se matricule en Empresariales en lugar de apuntarse a la contrata de limpieza o esperar si la llama la Puri para lo de la peluquería; que se pueda la gente jubilar y vivir todavía unos añitos, incluso aunque a la pensión le llamen "la ridícula"; que se pueda estar tranquilo si lo del dolorcito del lado sigue, en la confianza de que en el hospital están a la última y lo ponen todo a tu disposición; que si hay que morirse, sepa uno que será de "muerte natural" y bien atendido, no como antes que se moría la gente hasta por un simple resfriado... Ya no. Treinta y cuatro años de lucha tirados a la basura de un plumazo.

No. No puede admitirse que las acciones u omisiones de los incompetentes que nos han gobernado y gobiernan, aceptando sin mover un dedo el archiconocido timo de la estampita -timo de manual y repetido mil veces en la historia reciente-, se tenga que resolver, no de la forma lógica, que sería la de esclarecer con toda exactitud lo ocurrido, señalar a todos y cada uno de los responsables (especuladores y países) y que restituyan -de grado o por la fuerza- todo el capital estafado, sino dejándolos que vivan y gocen de los dineros que se han llevado alegremente, para, sin más argumentos ni razones, defenestrar las vidas y economías de los más débiles, del pueblo todo, de aquellos que dedicaron toda una vida de esfuerzos, sacrificios y sudores a conseguir que el país fuera incorporándose a una dinámica económica razonable y a las lógicas y esperadas mejoras en el estado del bienestar.

Lo del "timo de la estampita" -consentido, como entre amigachos y colegas- dado a nuestros gobernantes y gente de las finanzas, es lo que responde y originara la crisis global y el comienzo de los recortes. Pero hay una segunda parte con otros argumentos que, aunque difuminados con los de la primera, deriva de otras responsabilidades que nuestros egregios gobernantes tampoco supieron tener en cuenta. Y esta segunda parte es eso que llaman "objetivo del déficit".

Cuando en EE. UU., allá en el verano de 2006 -con las subprime-, comenzaran los prolegómenos de la crisis global -que se confirmaría con la crisis bancaria y de la Bolsa de 2007-, aquí en España decía el Gobierno que "eso no era con nosotros", que nuestros Bancos eran de los más solventes y nuestra economía caminaba con toda firmeza. En 2008 todavía decían que España estaba "en la Champions League de la economía mundial". Finalizando ese año, y aunque la inflación se dispara, los datos de los Bancos son de alerta grave y los del paro de un aumento notable, Zapatero y el ministro Solves hablan de "enormemente exagerado" decir que España está en crisis y califican de "antipatriotas" a quienes lo afirman. En 2009 el gobierno habla de "desaceleración transitoria" y que ya comienzan a verse los "brotes verdes". No sería hasta mediados de 2010 cuando aceptarían la importancia de la crisis y se comenzaran con los recortes sociales de todo tipo.

Naturalmente, en esos años, como no se aceptaba la crisis, tanto el gobierno central como muchos de los autonómicos, continuaron gastando dineros a manos llenas. Unos más que otros -aunque, además del gobierno de la nación, destacan sobremanera Valencia, Murcia,  Cataluña, Baleares y Castilla La Mancha-, que dilapidaron y tiraron alegremente el dinero que provenía del trabajo y el esfuerzo de todos los ciudadanos. Las consecuencias no son otras que los enormes déficits acumulados en todos estos años. ¿Solución? La misma que ya comenzara a aplicar Zapatero y que el Sr. Rajoy parece practicar con especial deleite: rebajar sueldos, congelar pensiones, subir impuestos y recortar todas las prestaciones sociales. Para colmar el vaso, algunas autonomías -caso de Andalucía tras las elecciones de marzo-, han ampliado las rebajas con nuevos recortes a los sueldos de los funcionarios y empleados públicos, más subidas a los tramos autonómicos del IRPF y recortes a otras varias prestaciones sociales.

Realmente, lo que está sucediendo es tan inaudito que no hay por donde cogerlo. Una hecatombe histórica originado por aquellos bonos basura, las subprime, emitidos por Bancos norteamericanos y aceptados por la Reserva Federal (con unos límites que fueron rebasados miles de veces sin que nadie levantara un dedo), y que, ocultando el riesgo que suponían o prometiendo altísima rentabilidad, fueron colocados a millones de inversores de todo el mundo (en España por varios de nuestros Bancos y entidades financieras, sin que ni el Banco de España ni la Comisión Nacional del Mercado de Valores dijeran esta boca es mía). Ello ocasionó el estallido de la burbuja inmobiliaria, una bestial especulación llevada a cabo desde los años 90 por promotores, Bancos, entidades financieras y especuladores de todo tipo, que dejaría al descubierto la falta de ética de todos los implicados, la escasa o nula solvencia de muchos Bancos y Cajas y la absoluta ingenuidad, falta de previsión y total incompetencia en sus cargos de gobernantes y asesores.

Un desastre económico apocalíptico, un fraude político-financiero sin precedentes que tiene sumido en la miseria y la desesperación a millones de familias. Y, aún así, pese a que es obvio que se trata de un gran engaño y se sabe de donde viene, no hay responsables, absolutamente nadie ha asumido responsabilidades de ningún tipo. Ni nadie ha sido acusado de promotor o colaborador de tamaño fraude. Por ello no hay más remedio que decir que a la más que demostrada incompetencia y falta de visión de los gobernantes y sus nutridas pandillas de asesores, y la ambición sin mesura de banqueros y gerifaltes de las finanzas, se une la falta de vergüenza de todos ellos.

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