• Javier Claure

    Pentagrama de Letras

    El destierro y sus efectos

    por Javier Claure Covarrubias


destierro



La historia del destierro es tan antigua como la propia historia del hombre. En Grecia y en Roma, el destierro o el exilio era la pena máxima que se le atribuía a un ciudadano que cometía delitos religiosos, o se salía del marco de la legislación. En la actualidad, la persona desterrada sea emigrante, exilado, expatriado y el que ha abandonado su país por causas sentimentales, tiene que renacer para adaptarse a las costumbres, a la cultura del nuevo país y, en caso necesario, aprender un nuevo idioma. A un principio el destierro puede producir un sentimiento de inseguridad, angustia y temor. El destino, en la tierra acogedora, es obviamente distinto para cada persona tomando en cuenta la edad, la familia, los objetivos que se quieren alcanzar, el nivel cultural, el país al cual uno llega, las condiciones que ofrecen dicho país etc.

El médico y fisiólogo húngaro, Hans Selye, estudió mucho sobre el estrés, cuya investigación lo dio a conocer, en los años 50, en su famoso libro “El Estrés de la vida. Una nueva teoría de enfermedad” (The Stress of Life. A new theory of disease). Selye llegó a la conclusión que el estrés es una reacción fisiológica del cuerpo humano, cuando este se somete a situaciones de amenaza. Podríamos comparar entonces esta condición con el caso de un enfermo. Es decir, cuando esta persona ingiere medicamentos, a causa de una enfermedad, y su cuerpo reacciona con una respuesta defensiva del sistema bilógico, por lo demás necesaria para la supervivencia. La teoría sobre el estrés de Selye o el Síndrome General de Adaptación se puede aplicar en un contexto más amplio y en cualquier sociedad del mundo, ya que pone en tela de juicio la relación hombre-ambiente. Además, estableció las etapas de esa compleja relación (Etapa de Alarma, Etapa de Recuperación y Etapa de Agotamiento).

Si consideramos el destierro, voluntario o involuntario, como un fenómeno psicosocial frente a los estímulos y desalientos internos y externos; entonces podremos entender mejor los efectos que produce. En el caso de Suecia (infierno y paraíso), país en el que vivo desde hace muchísimos años, he podido observar las diferentes consecuencias del destierro.

Para algunas personas, y en particular para los más jóvenes que llegaron con sus familias, el destierro quizá ha sido solo un cambio de dirección. Una aventura hecha realidad y se han acomodado relativamente bien en la sociedad sueca. Para los que “realmente” han sido torturados y perseguidos por las fuerzas opresoras de sus respectivos países, pues el destierro significó un suspiro de libertad, una posibilidad de tener una vida digna. En cambio para las personas que gozaban de bienes materiales, de buena situación económica y de un buen estatus social, el destierro simbolizó amargas heridas con sal, un castigo y pobreza porque dejaron atrás sus casas, su entorno social y sus comodidades. Para muchos emigrantes el destierro abrió las puertas a una buena situación económica. Un determinado grupo de personas se han desarrollado intelectualmente, han logrado un título académico y han aprendido idiomas.

Hay quienes ven en el destierro, un regalo de Dios; porque se puede viajar al país que uno desea, conducir buenos coches, tener casas holgadas y, si es posible, ahorrar dinero. Están los que se han enterrado en bienes materiales, gracias a sus esfuerzos, y viven ufanos jactándose de sus logros. Algunos se han vuelto indiferentes e insensibles a lo que ocurre en el mundo, porque viven en su propio micro mundo. Las personas que por X o Z razón no aprendieron el idioma, puente necesario para la comunicación, encontraron grandes dificultades en el mercado laboral y para seguir una formación escolar o académica.

También hay personas que llegaron a una edad relativamente joven y, extrañamente, se han aferrado a ese dicho que dice: “hecha la ley hecha la trampa”. Han quebrado todos los valores éticos y morales para buscarle cinco pies al gato y engañar al Estado. De alguna manera han logrado jubilarse sin tener ningún defecto físico ni mental. O bien pasan su tiempo solicitando todos los subsidios económicos habidos y por haber. Simple y llanamente no quieren trabajar y viven de los impuestos que pagamos los que trabajamos. Esas personas han encontrado en Suecia un paraíso, y se cubren con esa bandera de exotismo, única en el mundo.

Algunos seres humanos ya no están entre nosotros porque se quitaron la vida en este paraíso e infierno terrenal. Otros viven con un pie en Suecia y otro pie en su país. He escuchado decir: “retornaré a mi país cuando mis hijos salgan bachilleres o profesionales”. En algunos casos se ha logrado ese objetivo, y nunca se dio el famoso retorno. Hay unos cuantos que se han dedicado al jolgorio y no han hecho nada. En fin, todo es relativo y bien respetado porque como dice el dicho “cada uno es arquitecto de su vida”. Lo único que se reprocha severamente es el “parasitismo”, ya que ninguna sociedad en la antigüedad, y menos en estos tiempos, ha desarrollado con seres humanos que no quieren trabajar.

En resumidas cuentas, el destierro, visto como fenómeno psicosocial, implica alegría, viajes, progreso, mejor situación económica, logro de un título académico (en algunos casos), conocimiento de ciertas culturas, aprendizaje de idiomas etc. Pero también implica estar expuesto a un cierto racismo, fracaso, desarraigo, dolor, soledad, depresión, sufrimiento, insomnio, carencia de verdaderas amistades etc.

Sea lo que sea, el tiempo pasa; nos ponemos más viejos y todos nos hemos quedado en este país porque, en un momento determinado, nos ha brindado lo que nuestros países nunca nos ofreció. Ya no llegan refugiados políticos de América Latina. O sea, nos hemos quedado en esta tierra vikinga voluntariamente. Aunque cada cual lleva en su corazón un trozo de su terruño. Y muchos retornan a su país de origen, cuando realmente se han jubilado después de haber trabajado muchos años y después de haber aportado al Estado pagando impuestos. Es decir, la jubilación, en este caso, es un derecho jurídico. Otras personas han elegido pasar, en Suecia, la Etapa de Agotamiento de la que habla Selye; llegando así a la muerte.

Para terminar este artículo deseo transcribir lo que leí en una revista bajo el titulo de “Apólogo del retorno”:

Cuatro hermanos regresan a su pueblo de muchos años de ausencia. Los recibe la madre, quien les pregunta qué traen de vuelta después de tanto tiempo.

El menor dice que él logró hacerse dueño de negocios importantes, que ha prosperado y ganado mucho dinero. Y en prueba de ello trae algunos regalos. Declara en seguida que no puede quedarse mucho tiempo porque debe atender a sus asuntos, y se va sin esperar siquiera a escuchar lo que puedan decir sus hermanos. La madre lo ve partir con tristeza y mira con amargura los regalos que el hijo le ha dejado. ¿De qué puede servirle esa vistosa alfombra, si en su casa todos los pisos son de tierra?, ¿Qué utilidad puede tener la delicada vajilla si su comida diaria se reduce a un plato de sopa y a una taza de té?

El segundo hijo tiene muy poco que decir. No aprendió nada, no sabe nada de nada, no agregó nada nuevo a lo que ya sabía cuando salió de su país, y no tiene ahora nada que aportar. Nada le interesó donde estuvo y su maleta, cubierta de etiquetas multicolores, parece saber más que él de sus años de viajes y exilio.

La madre interroga luego al tercer hijo, y éste le dice que él no trae bienes materiales, pero que se ha enriquecido espiritualmente. Ha aprendido las lenguas y las costumbres de otros pueblos y siente que, habiendo llegado a comprender mejor las cosas del mundo, está más preparado para entender a su propio país. Afuera, agrega, conocí y amé a seres diferentes, y supe así conocer y amar a mis iguales. Es lo que puedo ofrecerte, dice.

Le toca el turno, finalmente, al cuarto hijo, el mayor de todos. Yo sólo pude aprender la mitad de lo que hubiera querido, dice; no solo porque estoy ya un poco viejo, sino porque me vi obligado a trabajar muy duramente para dar de comer a mis hijos y para educarlos. Pero creo haber cumplido honestamente con mi deber. Si yo no fui capaz de hacerlo, conseguí en cambio que ellos aprendieran otras lenguas, supieran de otras culturas, y se hicieran así más inteligentes y más comprensivos. También aprendieron su lengua natal los más pequeños, o la conservaron y mejoraron los mayores. Todos ellos leyeron en el exilio los libros que les hablaban de las gentes y las cosas de las naciones lejanas donde les tocó crecer; pero, además, leyeron los libros que cuentan la historia y la geografía, que hablan de los seres, las plantas y los pájaros de su propio país. Como yo mismo, como todos los otros, ellos también sufrieron. Pero aunque son muy jóvenes, vuelven más maduros, más sensibles y más sabios.

La mujer se dijo, entonces, que si al menos la mitad de los suyos había logrado salvarse del desarraigo, la soberbia y la estulticia, podía considerarse una madre afortunada.

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