• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La autopista del sur

    por Marina Burana


“Lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”, así dice Ricardo Piglia, y así pensé al leer el cuento La autopista del sur de Julio Cortázar.

En una autopista hacia París, el escritor trama el maravilloso absurdo que nace de un embotellamiento que dura días y que mantiene a los automovilistas dentro de un mundillo particular, el cual se hace creíble (porque los hechos son narrados con una naturalidad precisa) y a la vez totalmente absurdo e imposible.

La narración comienza con el planteo de ese atasco en plena ruta rodeada de campo. La espera tediosa, el calor (que a medida que avance el cuento se transformará en un frío insoportable), el inevitable intercambio entre los conductores (a quienes sólo se los conoce por el nombre de los autos que manejan), la ansiedad de saber qué pasó para que se produjera semejante embotellamiento, el cual no parece tener fin a medida que pasan las horas y se vuelca la noche (sólo se avanza a paso de hombre)...todo se delinea lentamente y conforma, con decidida cadencia, un mundo que surge en ese aquí y ahora casi intolerable. Llama la atención la facilidad con la que los automovilistas aceptan su nueva realidad: hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió, pero no sorprende luego ser testigos de qué forma se recrea una mini sociedad con sus normas y sus grupos, en la que se arman células desde las que se toman decisiones respecto a cuestiones de abastecimiento, las cuales resultan urgentes.

Si bien los personajes no son explorados en profundidad, y muchas de sus actitudes más humanas son sugeridas en pinceladas que se hacen recurrentes o crecen a la par de la trama, uno termina conociéndolos por sugerir estereotipos. Están los enamorados, los ancianos, los religiosos, hay un soldado, otros totalmente ajenos a las células, que no quieren participar, desertores, suicidas, un médico y líderes. Todos van aceptando lentamente la nueva realidad de la ruta, en la que estarán días y establecerán relaciones domésticas que llegarán a darle más sustancia a ese mundillo aparte, paralelo al que puede existir en cualquier otra parte.

Cortázar presenta la magia de plantear un mundo muy cercano al nuestro, casi el mismo, pero con sus propias reglas y patrones. La lectura hace a ese mundo algo posible, algo que existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño pero que al dejar de ser leído se evapora, como acaso plantea el pensamiento de Berkeley. Las causas del embotellamiento (al principio sugeridas con coloraciones falsas, producto del caos que genera ansiedad y la necesidad de hacer de ella algo contagioso cual epidemia) dejan de ser importantes y ahora cada paso está marcado por el devenir de los días dentro de ese mundo que vive y muere entre los autos. Las relaciones se afinan pero no toman mayor importancia. El lector se ve envuelto totalmente en las vicisitudes de los automovilistas a la hora de dormir, ir al baño, tener problemas de salud e incluso cuando a uno de ellos le toca morir. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban tan ciegos como la sombra misma. Y esa ceguera, esa forma individual de expandirse en un mundo en el que se intenta sobrevivir, sobrellevar las circunstancias terribles de no saber qué tendrá reservado el mañana, se esconde no sólo en la noche del cuento sino en toda su trama, y será lo que en última instancia quebrará el sentido de conjunto para dejar pequeñas piezas solitarias y ajenas.

El mundo que confeccionan los personajes parece de lo más organizado dentro del caos de estar en una ruta sin comida y sin posibilidad de higienizarse, pero guarda una oscuridad que lo hace endeble, que lo condena a morir con el devenir de las horas hasta esfumarse en la nada. (…) entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Cuando el embotellamiento da signos de llegar a su fin, los personajes, con cierta pesadez, con un marcado letargo, se preparan a salir de un mundo para ingresar en otro, y así sucede con el lector, quien es llamado a dejarse llevar por el embudo hacia un final esperado pero no por eso menos traumático. El mundo de la ruta se descompone, el grupo con su domesticidad se expande en columnas de distintas velocidades y los automovilistas se pierden unos a otros. No se puede hacer otra cosa más que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos, algo así como lo que harán los personajes con la vida en esa otra sociedad del mundo, la que nos parece más real, más cercana aún, esa otra en la que el lector también está inmerso una vez que deje de leer el cuento. Y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante. Y el final agrio que termina de sellar la muerte de ese mundo precario confeccionado en días, alimentado al principio por esperanza y luego por resignación hasta llegar a la costumbre y dar paso, finalmente, a un cambio; el cambio que hará que se salga de la literatura y se entre a lo verdaderamente conocido, tangible, cercano, la sociedad que espera a los personajes y a sus lectores para obligarlos a mirar fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

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