• Nechi Dorado

    LA PLUMA DE NECHI

    El Coronel ha tenido quien lo filme

    por Nechi Dorado



El mundo andaba despatarrado, sufría una crisis brutal no sólo en lo económico, sino hasta en lo moral. Se debatía el planeta dentro de márgenes indescriptibles, ya que las bestias eran las que decidían. Quienes debían realmente hacerlo, si nos situáramos dentro de los parámetros de la normalidad del raciocinio, debían acatar las órdenes corruptas y escandalosas que nacían en la cueva abominable donde históricamente germinaron las semillas de la tirria más absurda.

Las bestias se adueñaron hasta de la historia y lo hacían porque sí, porque les daba la gana. Las suyas eran órdenes de alimañas bípedas muy difíciles de desacatar ya que eran impuestas a fuerza de pólvora y estruendo.

Sonido arrojado desde muchos miles de kilómetros de altura por aviones no tripulados, medio fantasmas, medio invisibles, medio silenciosos, totalmente espantosos. Aparecían ronroneando, apenas, por la antesala del crimen sobre un cielo que se iba desgajando lentamente.

Babeaban colmillos venenosos bien torneados, comparables a perlas. De no ser por la ponzoña que contenían, uno hasta hubiera podido pensar que eran dientes humanos. Estaban enmarcados en rostros plastificados donde los músculos estáticos atrofiaron la posibilidad de dibujar sonrisas.

Muchos años atrás, en un pueblo sojuzgado como lo son tantos pueblos, apareció un hombre, no se si bueno o malo, eso correspondería que lo hubiera juzgado su pueblo por ser el que lo hubo elegido. Pero la baba envenenada de los que se consideraban dueños del planeta, brotó a borbotones e impidió que pudiera continuar su labor emprendida con ahínco y con apoyo popular.

Ese hombre, al cual se le adjudicaron crímenes y castigos, no tuvo lugar a sentencia, no hubo banquillo de los acusados, para él, tampoco hubo jueces ni fiscales. Simplemente se descargó la ferocidad del peso inescrupuloso de la prepotencia.

La misma prepotencia con la que se metieron en su tierra arrasándolo todo, bajo un lema que resulta inadmisible: “derechos humanos”, falacia que encubría otra cuestión muchísimo más profunda, ya que muchas acciones en semejante despatarre, la llevan a cabo los “humanos derechos”, los que no soportan que un pueblo emerja de su olvido.

Ese hombre declarado monstruo por los monstruos, cuando tenía veintisiete años pensó que su patria merecía otro destino. Tras eso fue, comandando el derrocamiento de la monarquía que sumía a su gente. Proclamó su Jamahiriya, la que posibilitaría el basamento de lo que pasaría a ser la llamada República Árabe Unida y para colmo de males nacionalizó la explotación de la riqueza que parían las entrañas de su tierra: el petróleo.

Supo decir NO con la firmeza de quien sabe a qué se niega.

-No caminaremos más por las cunetas, cuando un italiano se cruce en nuestro paso, dijo un día, dando con ello la primer palada que abriría su propia tumba, de a poquito.

Dijo NO a la miseria en que estaba revolcado su pueblo. Y dio la segunda palada.

Dijo NO a las compañías extranjeras enriquecidas con su petróleo. La tumba iba tomando forma.

-¡Vaya locura la del “tirano”! dijeron a coro los moralistas del mundo que se hicieron cruces ante las decisiones de un hombre y su pueblo y no dudaron en aplicar contra ellos un escarmiento ejemplificador. Para concluir la tarea macabra, acudieron al sonido estrepitoso de los misilazos arrojados donde más terror diseminara.

-El desparpajo de ese hombre es demasiado, dijeron los monstruos mientras se revolcaban en su monstruosa cofradía. Lo dijeron en diferentes idiomas porque los horrores también se reproducen y atraviesan fronteras unificando a Babel con un léxico común que entienden todos.

¡¡¡¡Boooommmmmmmmm!!!! ¡Cómo para no entenderlo…!

Partió el matonaje hacia el lugar donde moraba el hombre, aunque para ello fue necesario que el blanco primario fuera el pueblo sobre el que cayó la destemplanza predecible, en clarísimo intento demoledor hasta llegar al objetivo prefijado, el petróleo.

Una ¿mujer? hermosa, tanto como lo era su madre que aún vive arrinconada sobre una estatua gigante de cobre, acero y concreto, de ojos tan claros que parecían pedacitos de color arrancados al cielo porque todo lo suyo fue arrancado a otros, dejó rodar su baba repugnante por la comisura de sus labios malditos, de los cuales cayeron tres palabras.

-Lo quiero muerto, escupió, utilizando el beneficio sin límite de su BlackBerry.

¿Qué otra cosa que no fuera la muerte podría haber convocado el esperpento?

No habían pasado las horas de un día y su agónica noche, para que un coro de gestión armagedónica, fantoche de carne contaminada, comenzara a gritar alegremente:

-¡El ha muerto! Y el anuncio se fue reproduciendo

-¡He’s dead!

-¡I morti!

-¡Les morts!

-¡Die Toten!

- המתים

Y los que tuvieron la oportunidad de evitar cargar tantas muertes sobre los huecos donde debería haber existido su conciencia, con tan sólo dos letras, NO, que vetaran la masacre, también dijeron:

--死者

- мертвых

Y estaban diciendo –¡El ha muerto!

Luego se hicieron los llorones dejando deslizar lágrimas de siliconas. El mundo fue testigo de que el hombre no había muerto sino que había sido asesinado de la manera más brutal, digo, si acaso decir asesinado no contuviera todo el dolor de un corazón humano, por supuesto, no derecho.

Puede espantarnos, o no, una muerte.

Puede espantarnos, o no, cuando esa muerte aparece desenrollando imágenes imborrables.

Pueden espantarnos, o no, las víctimas o los victimarios.

¡Debe espantarnos, sí o sí, ese culto exacerbado, irrefrenable, hacia la muerte!

Y mucho más debe espantarnos cuando la reverencia se abre paso motorizando su llegada en el momento preciso de la ejecución programada.

¡Rió la hiena! ¡Ay, perdón! ¿Qué culpa tiene la hiena? Debí decir, rió la Culebra envenenada ante la impávida mirada de un planeta convertido, de repente, en testigo involuntario de un magnicidio cometido por los mismos que dijeron:
-¡El ha muerto!

Un Premio Nobel de la Paz, ironía de la vida, se apresuró a celebrar vanagloriándose de su triunfo pírrico, desde su rostro de acero donde los músculos yacían paralizados, cuyos ojos parecen dagas listas para ensartarse a traición hasta en la historia, Sí, paradójicamente dije un Premio Nobel de la Paz…

Culebra y monstruo festejaron un linchamiento que fue globalizado ipso facto. El hombre arrastrado por una “muchedumbre” de diez personas llamadas “rebeldes”, tocaba con su mano izquierda su rostro curtido por los rigores del desierto, notando que la vida se le escapaba por agujeros de redondez milimétrica, precisa.

Pocos días atrás, desde algún lugar en su tierra despedazada, lloró a su hijita de tres años, temible terrorista del futuro a la que había que asesinar para que el hombre dejara de fortalecer su Jamahiriya.

También lloró, uno a uno, a sus otros hijos, jóvenes equivocados por seguir los yerros de su padre. Las bestias incentivan la subordinación y el acatamiento pero no de los hijos hacia sus padres, sino ¡hacia ellas!

Engordaron los bolsillos de las empresas de telefonía móvil gracias a los mensajes que contenían el espanto que se producía en el norte del África.

-¿Hacía falta lincharlo en las narices del mundo en el que no todos celebran las masacres y dónde todavía quedan corazones capaces de odiar la muerte y capaces de repudiar un crimen donde sea que se cometa?. Preguntaron algunos en medio de una perplejidad inenarrable.

Los videos fueron la demostración cabal de la decrepitud de una organización motora, creadora de ¡OTAN tos genocidios en su historia!.

-¿Es que todavía no se entiende que al mundo lo impulsaron a realizar un giro acrobático y que tiene un dueño, y que ese dueño tiene secuaces y que los secuaces son leales y entre todos son capaces de argüir que se pueden transformar a su gusto las ideas? Se preguntaron otros con la misma inquietud.

La novia blanca del Mediterráneo viste su ropa hecha jirones, salpicada de sangre, enmudecida ante las imágenes de odio generadas un día de locura occidental, colectiva, programada, mientras las serpientes se enroscaban en las torres de petróleo cuyo contenido debía ir a parar a los arcones de las mafias terroristas norteamericanas y europeas.

-Jamahiriya está en su tierra contra la OTAN y sus ratas rebeldes, dijeron los libios, pero hubo OTAN to odios.

OTAN to escarnio.

OTAN to genocidio dirigido que sacudió las vísceras de la parte del mundo que no hizo oídos sordos ante el estallido de las bombas inteligentes y de los misiles teledirigidos cayendo sobre cuerpos desarmados. Sobre niños, mujeres, hombres, ancianos. Sobre escuelas y hospitales. Sobre el alma de los que son capaces de sentir dolor aunque la herida desgarre allá lejos.

-El ha muerto, siguieron repitiendo desde los medios orales, escritos, televisivos. Mostraban la denigración saltando las barreras del horario de protección al menor, imponiendo taxativamente la implantación del terror que se perpetró en el norte del Africa, pero tal vez mañana se encamine hacia otros lugares.

Celebraban periodistas ultracatólicos el linchamiento del “tirano”, olvidando en su paroxismo, el quinto mandamiento que parece que tiene la fuerza de inclinarse hacia un solo lado.

Los que no vieron nada, no escucharon, o estaban abocados a otros menesteres fueron los líderes de las iglesias y cultos religiosos, es comprensible porque a esos no les interesa la política… Tampoco ese quinto mandamiento.

-Roguemos que no haya sido asesinado, babeó la Culebra mientras un micrófono abierto a destiempo, grabó su alegría dejándola descubierta.

En un país obeso de petróleo lincharon a un hombre. En el mismo instante nació un héroe en parto forzado. Héroe de apenas dieciocho años ejecutor del disparo final que atravesó la sien de ese hombre cuyo crimen fue uno más entre tantos. Declararon la heroicidad del sicariato, como ocurre en tantos lados donde ese poder execrable se impone a derechazos.

El Coronel ha tenido quien lo filme, lo hicieron esos a quienes la muerte sirve de sustento a sus repulsivas vidas.

El ha muerto, siguen diciendo. ¡Han muerto tantos! Los pozos petroleros están a buen resguardo, se encargó de su custodia una bestia que actuó en concomitancia con otras de su misma calaña.

El cuerpo del hombre sigue en la cámara frigorífica de un shopping, a su lado yace el cuerpo de su otro hijo.

¡Pucha que está llena de ironías esta historia!


Nota: Cualquier similitud con personajes o situaciones de la vida real no es mera coincidencia. Todo pasó hace pocos días, las hojas de la historia venidera contarán con un nuevo capítulo en el que el odio seguirá siendo el personaje central. Irá reptando de tierra en tierra, de pueblo en pueblo, derribando fronteras, ensangrentando mapas, desparramando luto y vergüenza.

Lamentablemente no habrá que esperar mucho. Hace apenas unas horas, sicarios enviados por el laboratorio de irrespeto donde se acumulan OTAN tos desprecios, irrumpieron en la casa de otro hombre de ochenta años, en Beni Walid, sabio erudito según las leyes de su tribu.

Cometió el mismo error que cometiera ese hombre, antes mencionado. Su vida se escapó también por los agujeros de doce tiros que reventaron contra su pecho. No había escopetas ni pistolas en su casa. Mucho menos armas nucleares.

La organización del terror sigue su paso descargando fósforo blanco, arrastrando las sombras de espectros malditos que andan desbocados por este mundo unipolar.

-Pero, ¿el fósforo blanco no está prohibido por la Convención sobre Armas Químicas? Preguntó un joven que se notaba desconcertado.

-Sí, le respondieron, está prohibida. ¿Y qué?

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