• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La diversidad y el muro infranqueable

    por Marina Burana



"La nuestra es una cultura basada en el exceso, en la
superproducción; el resultado es una continua pérdida
de agudeza en nuestra experiencia sensorial"
Susan Sontag

Hace poco me asaltaron estas palabras escritas en un texto de otro: "no somos distintos, pero somos diversos". Me gustó particularmente esta frase porque me interesa el concepto de diversidad. Es la diversidad lo que hace a la tolerancia, a la búsqueda infinita de lo que fluye sin rótulos, sin estigmas, sin prejuicios vanos. Al fin de cuentas, todos tenemos las mismas luchas biológicas, el mismo universo. Y lo que logra separarnos es el sentido de diferencia, de muro infranqueable; esa absurda mirada de catálogo, cuando en verdad hay tanto allá afuera, acá adentro, en todos los adentros.

Pensé en la mirada nietzschiana de llegar a ser quien eres; pero ser eso que somos como parte de lo que son los demás; aprendiendo a abrazar a la diversidad, porque en el interior de cada uno somos diversos, no algo rectilíneo y meramente troncal. La idea de "llegar a ser quien uno es" como una idea amplia, no como culminar en una meta.

En el mismo texto encontré una imagen bellísima: "no importa la edad que tengo, tengo la edad de todos" y me dejé llevar por la profundidad del mensaje, la de no caer en la necesidad de hacer todo cuantificable, divisorio. Cuán importante, pienso, compartirse de verdad, no por un impulso vanidoso. Al final del día, uno se termina alimentando más de ese otro que de lo que fluye dentro de uno mismo, o quizá eso que fluye dentro de uno mismo es la situación simbiótica con ese otro.

Sin embargo, levantamos todos los días muros infranqueables, alimentamos la intolerancia, la rapidez en la ida y vuelta. No ahondamos en el refrescante trámite de interesarnos por el otro, de acercarnos a él desde un lugar que espera a ser llenado. Tener, en verdad, la edad de todos, no es algo que el mundo de hoy ejerza con fuerza. Partir desde el otro y no dejarse llevar por definiciones que limitan es una de las cosas que más nos cuentan. No hay manera más bella de ser genuinos que escuchando y reflexionando acerca de las voces que se nos acercan, porque entre todos generamos una gran red que lo que hace, hasta donde podemos ver, es devenir, moverse, fluir constantemente sin un sentido que lleguemos a vislumbrar. Los muros que levantamos no son más que excusas del miedo, la intemperancia de la prisión espantosa que nos deja inmóviles (o al menos así lo creemos). Lentamente confeccionamos sociedades que sólo consumen posibilidades, que se pierden en la materia y alimentan el individualismo bajo la superficialidad de "conectarse" desde la materia. Y así, generan vicios, excesos, hasta dejarnos cada vez más inermes, solitarios en la empresa primera: esa de captar la diversidad, de fundirnos en ella desde nuestra experiencia sensorial. Perdemos agudeza en esa experiencia porque nos alejamos de la tolerancia y alimentamos el culto a la materia.

Y lo diverso se pierde, se canaliza en un embudo hacia etiquetas y desaparece nuestro ritual más humano, el de hermanarnos y descubrirnos entre todos.

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