• pedro pujante

    CUENTOS DEL OTRO LADO

    El bebedor impávido

    por Pedro Pujante Hernández


bebedor


Todos lo sabemos: el tiempo transita morosamente en la barra de los bares. Lucio Montañés afeitaba las horas con la guadaña silenciosa del tedio y el vodka. Era un anónimo perseguidor de la existencia que se camuflaba en la cotidianidad sigilosa de la taberna Los Molinos. Había, con el tiempo, adquirido la misma tonalidad amarillenta de los muebles del bar. Se confundía con ellos como un camaleón ebrio. Nadie se percataba de su presencia. Pasaba allí, doblegado en su rincón favorito, los días y las noches. Siempre acompañado de su vaso de licor ruso. Su cuerpo lo cubría la misma capa fina de polvo que decoraba la más antiguas botellas de coñac. Remedios le llenaba la copa sin mirarlo a los ojos. Cerraba cada noche y se despedía: adiós, Lucio. Y Lucio Montañés permanecía inmóvil como una estatua. Recortando el tiempo y los días. Sin nada mejor que hacer. ¿Y este señor? Es un viejo cliente. Creo que ya venía con el bar, bromeaba Remedios sin intentar ironizar. Lucio no se inmutaba, sorbía los restos de la copa y fijaba la mirada en un punto indeterminado a mitad de camino entre Remedios y el infinito. Remedios nunca le pudo cobrar las consumiciones. Sólo cobraba cuando el cliente se disponía a marchar. Pero Lucio no se movía de su taburete.

El tugurio cambió de dueño. Lucio, acodado en el rincón de la barra, contemplaba los pormenores del traspaso con indolencia. Era silencioso y nadie le importunó con trivialidades sin respuesta. Cincuenta años después Lucio permanecía con la copa medio llena. ¿No cree usted que debería pagar la cuenta? Preguntó el nuevo propietario tres años después de haber adquirido Los Molinos. Lucio, casi sin inmutarse contestó: Que yo sepa uno paga cuando ha acabado. Y no le faltaba la razón. El nuevo propietario asintió ante la obviedad y no le volvió a dirigir la palabra salvo para darle de beber.

Un oscuro día de marzo Lucio se estremeció. Todos lo clientes miraban absorto. No se había movido de su taburete en más de medio siglo. Algún turista accidental incluso hizo uso de su cámara de fotos. Parece que se va a levantar, no es posible, se va a levantar… Nadie podía creerlo, era algo inaudito y sorprendente. ¿A dónde va usted? Creo que debería usted pagar la cuenta si se piensa ausentar, increpó el barman que ni siquiera conocía el nombre del veterano consumidor. Lucio, con la voz ajada por los lustros en desuso, aclaró: No es mester, sólo voy al aseo.

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