• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    El viaje de un manuscrito acabado

    por Susana Maroto Terrer


Hace tres años ya: de idas y venidas, de pasos errantes e inciertos. Nací entre dudas y aguas negras, de la mano de una genio de la palabra, en un escenario de lo más natural y hermoso, engarce de eternos cantos de jilgueros y el agudo silbido de las hojas de pinos y chopos azotadas por el terrible Abrego, al son de la melodiosa y tranquila corriente del Ucero, con un castillo, una atalaya, y una Cruz del Siglo como telón de fondo.

¿Ella? Se llamaba Susana y todo lo que escribía lo firmaba con el pseudónimo de La Eterna Romántica. Y lo era (romántica, quiero decir). Realmente lo era.

No era muy conocida, más bien todo lo contrario. Le gustaba la soledad al mismo tiempo que la temía. Era un ser asocial, misántropo, difícilmente penetrable. Sin embargo, yo he logrado traspasar las barreras de su dura piel y navegar en su difícil esencia; a veces llegando a puerto, otras, naufragando.

Como ya he dicho, el inicio de mi viaje tiene lugar en un ambiente rural y humilde, castizo y entrañable. En un pueblecito del SW de Soria, Susi me dio a luz.

Convirtió la inocencia de mis páginas en blanco en un mundo de fantástica realidad experimental. Me creó, me vio crecer, me ayudó a evolucionar y a pesar del éxito o del fracaso nunca me abandonó. Nunca olvidó quien fue su confidente y mejor amigo.

Me quería, sé que me quería. Ahora me guarda algo de rencor porque la he desilusionado y puede que hasta decepcionado.

Recuerdo el momento exacto y extático en que su mano dejó de acariciar mi piel de cebra, rociando las últimas gotas de su negro semen. ¡Qué sensación tan placentera! Pronto lograría ver la luz y notaría cómo alguien me cortaba el cordón umbilical.

Llegaba el momento. Susi estaba muy nerviosa, yo lo notaba porque su mano sudaba sobre mi blanca piel. Me llevaba a una tienda donde me pondrían los grilletes y después, en la calle Campo nº 5 1º de Soria, unos billetes sellaron el momento que me haría pasar a la posteridad o, desgraciadamente, a la austeridad.

Pero un buen día pasó algo realmente sorprendente para mí. Susi tenía en su habitación un aparatito al que llamaba “ordenador”, acompañado por una “impresora”. Aquel día la impresora empezó a hacer un ruido extravagante que, por cierto, me despertó, y al abrir los ojos vi nacer de aquel aparatejo un ser exactamente igualito a mí, un clon, supongo (como el de la oveja Dolly, puede que incluso más perfecto si cabe).

Me enfadé tanto con Susana que dejé de hablarla durante un mes entero.

Todos los días veía allí, en la estantería, los dos con los grilletes puestos (lo cual me hacía sospechar y enfurruñarme más), a aquel ser horripilante que parecía quitarme el cariño y la atención de mi madre. Al principio lo miraba con mirada desafiante y vengativa, pero después recordé una frase que oía mucho en el entorno de Susana: “información es poder”, así que me entró la curiosidad y me interesé por él. Un día cualquiera empecé a hablar con él:

- ¿Quién eres tú?

- Soy Pálpitos de luna (B). Y la verdad, me sorprende mucho que me dirijas la palabra. Te creía enfadado conmigo, o tal vez celoso. Entiendo que nuestro parecido te inquiete, pero deberías irte acostumbrando. Tu madre tiene pensado engendrar muchos más como tú y como yo. Míralo por el lado bueno: tú siempre serás el primero y su favorito, el que retendrá siempre a su lado aguantando el paso del tiempo, obviando las inclemencias del mercado. Pase lo que pase, tú estarás siempre con ella, eso seguro.

- Ya…Y ¿tú porque sabes todo eso?

- El mundo informático e interactivo de donde yo vengo maneja mucha información que los originales nunca llegáis a tener. Mientras Susi tatuaba cada voz en mi cuerpo, iba buscando algunas palabras en el DRAE o se informaba de algunos concursos y certámenes literarios. Incluso, en el súmmum de la avaricia, buscaba información sobre cómo publicar una obra que, por si no lo sabes (y ya veo que no) supone crear cientos, miles de seres como nosotros y repartirlos por el mundo Dios sabe dónde y en qué condiciones desfavorables. Nos tratarán como meros objetos.

El gesto de Pálpitos de luna (original) se tornó en tristeza.

- No pongas esa cara, a ti no te pasará nada de eso, ya te lo he dicho.

Estaba confuso. A pesar de mi buena suerte y de todo lo que me había contado B, no podía dejar de sentir aquel tedio y aquella animadversión hacia mi madre. ¿Cómo podría abandonar así a todos sus hijos? ¿Qué clase de madre haría eso? Es decir, no se me malinterprete, yo me sentía afortunado porque gozaría del cariño y la compañía de mi madre por siempre (según las palabras de B), pero al ponerme en las hojas de mis hermanos o hermanastros…temblaba. Yo no desearía pasar por aquello; me daban lástima. Desde entonces sentí empatía y simpatía por ellos, incluso antes de existir.

Antes de que nos separaran B y yo pasamos muy buenos ratos. Por las mañanas, como las marujas de un vecindario, cotilleábamos y criticábamos (sobra decir que sin mala intención) al resto de libros que vivían en nuestro estante. Los había más bajos y más altos, más gordos y más delgados, más alegres y más tristes, de colores más vivos y más apagados, más sabios y más ignorantes, más queridos y más olvidados por Susi. Había uno, chiquitito y muy casto, al que Susana parecía querer por encima de todos: Las desventuras del joven Werther. Yo le tenía un poco de tirria, no me gustaba cómo hablaba, con esas ínfulas de superior. B y yo nos reíamos, cómplices, imitando el tono de su voz tan cursi. Por las tardes, hacíamos una sesión de teatro mientras esperábamos la visita de nuestra madre, que siempre venía a vernos y a mimarnos. Nos leíamos a nosotros mismos, alternando turnos, y poco a poco íbamos conociendo más profundamente los pensamientos y emociones de Susi.

Sin embargo, últimamente yo había notado más atenciones de mamá hacia B, lo que auguraba que la separación estaba cerca, seguro. Desde entonces, todas las noches antes de dormir, en la oscuridad de la habitación, cuando ya todos soñaban, no podía evitar desparramar cientos de lágrimas. Había congeniado con mi hermano, incluso le había cogido cariño y ahora se lo iban a llevar de mi lado.

La noche anterior a su partida nos declaramos nuestro afecto y a la mañana siguiente le hice prometerme que me escribiría contándomelo todo. Después, desapareció y no volví a verle. Susana se lo llevó encarcelado en un sobre blanco. Mi título emborronado por las lágrimas no le importó.

¿Qué pasa, brother? Han pasado algunos meses ya, pero no he podido escribirte antes. Creía que esto sería peor, bastante peor, pero lo cierto es que estoy encantado: he conocido mucha gente y muchos “compadres”, y he viajado un montón.

En Madrid, estuve entre las manos de una mujer encantadora, seductora y muy creativa e inteligente.

Le gusté y se puso manos a la obra, movió Roma con Santiago para que yo conociera mundo, para que todo el mundo conociera este pedazo de cuerpo tatuado, tatuajes coloridos, sencillos pero efectivos.

Lo único que me gustó de Madrid fue ese pedazo de mujer: sus negros rizos ondeantes de sabiduría le acariciaban el largo cuello en un festival de bailes volátiles, sus ojos azabaches y profundos penetraron mi carne blanquecina en apasionantes movimientos bruscos de suspense, y sus manos… (¡qué manos!), suaves y delicadas como perlas de mar; sus manos acariciando dulce y excitadamente mi casta piel. Son las manos más hermosas que me han tocado nunca (¡y me han tocado muchas!). Madrid es un hervidero de multitudes infestadas de estrés y de un aire contaminado por la precocidad y las malas artes y las nuevas tecnologías y el ruido y los gritos de los susurros; es el caos de todos los caos. Yo he tenido la suerte de recorrer la ciudad siempre de la mano de alguien, si no ten por seguro que no habría sobrevivido. Hombre, la ciudad tiene alguna cosa bonita, no te voy a decir que no: el anonimato es una de ellas, como también lo es la estatua de la Cibeles, o la Puerta de Alcalá, o el Palacio Real (lugares que ya habrás oído, supongo). Lo cierto es que son tan espectaculares como dicen. Pero para vivir allí…vivir allí es otra cosa: puro ajetreo y agobio. Un día, Sara (la asombrosa editora), que acostumbraba a llevarme a todas partes para descifrar mis tatuajes siempre que tuviera ocasión, me llevó al Teatro de la Zarzuela a ver Los sobrinos del capitán Grant. Iba acompañada por un apuesto joven, elegante y remilgado, pero guapo, eso sí, la señorita Sara tenía un gusto exquisito con los hombres. Oí a la gente susurrar que los protagonistas serían interpretados por Millán Salcedo, Mar Abascal, Xavi Mira, Fernando Conde, Richard Collins-Moore y María Rey-Joly. Se trataba de una nueva versión en tres actos y dos partes que Paco Mir había creado como adaptación española de la famosa novela de aventuras “Los hijos del Capitán Grant”, de Julio Verne que se estrenó en 1877 en el Teatro Príncipe Alfonso de Madrid.

Nunca había llorado tanto, mi querido Original. La obra fue absolutamente conmovedora, ver algo así en directo te nubla el pulso y te eriza el serrín. Sin embargo, el acompañante de Sara, inmóvil, ni se inmutaba y me miraba con una ojeriza... Lo entiendo. En un par de ocasiones intentó un acercamiento más íntimo con Sara, pero ella estaba muy atenta y concentrada en la obra teatral y no le hizo mucho caso, además se aferraba a mí con exquisita pasión para que no me cayera y me ensuciara. El pobre joven me recordó a ti cuando nos conocimos.

Y ¿sabes? En el despacho de Sara conocí muchos de mi especie: Barro de Medellín, El chico de la casa en llamas, Tiempo de milagros, Vendrán tiempos mejores, Por vuestra cuenta y riesgo… Todos fueron muy amables conmigo (era el nuevo), me enseñaron el funcionamiento de aquel lugar, me ayudaron a integrarme, pasé ratos agradables con ellos, aunque siempre me acordé de ti y de mamá. Después entendí aquel trato: no suponía una amenaza para ellos. Sólo Vendrán tiempos mejores me demostró su cariño y lealtad. Le hablé mucho de ti y siempre se mostró interesado, fascinado y hasta con cierto halo de admiración.

Me enteré de que pronto harían cientos o miles de clones de mis compañeros, los disfrazarían con galas de fiesta, elegantes y entrañables, y comenzarían su viaje por todas las provincias del país, y si la cosa iba bien, incluso podrían viajar al extranjero si firmaban un contrato de silencio por cambiar la tipografía de sus tatuajes. De mi futuro, no obstante, no había noticias. Veía a Sara discutir con otras personas de la empresa por mi culpa, sabía que me estaba defendiendo a capa y espada, pero por la razón que fuera no era suficiente. Lo supe en el momento en que el derrotismo empañó el rostro de la mujer más increíble que jamás he conocido. Supongo que su rendición tuvo que ver con una amenaza de despido. La decisión estaba tomada, mi querido Original.

A la mañana siguiente hablé con Vendrán tiempos mejores, le di la dirección de tu estante y le pedí que te escribiera y te contara todo lo que viera por el mundo, sé cuánto te gusta conocer nuevos lugares, nuevas historias, nuevos universos. Me lo prometió, así yo podré cumplir (de su boca) la promesa que un día te hice. Siento haberos defraudado a ti y a mamá. Hice todo cuanto pude, fui coherente, fui agradable, incluso me duchaba de vez en cuando y sonreía. ¡Si enamoré a la editora! No sé qué ha podido salir mal.

No llores y cuida de mamá.

¿Original? Me llamo Vendrán tiempos mejores. Siento escribirte en esta circunstancia tan pésima, pero se lo prometí y se lo debo a tu hermano. Yo vi su final, cuando la máquina destructora, como vil verdugo, lo devoró entre cuchillas de indignación. Él lo asumió con total resignación y valentía, pero sobre todo con un gran sentimiento de culpa, que es lo que me apena. Pobre diablo, las tardes que pasamos de risas y conversación; estoy seguro de que era el mejor de todos…

Gracias por escribir y por cumplir la voluntad de B.

No he llorado. Él me lo pidió y no he llorado. Ni voy a llorar, aunque estas páginas se arruguen de pena al pensar que nunca podré decirle que el pecado no fue suyo, ¡él sólo era una copia, por el amor de Dios! La culpa fue mía, o puede que de mamá. Ella no es perfecta y pudo crear un ser imperfecto, con todo su cariño y confianza, pero imperfecto y defectuoso.

Desde que se enteró, mami no levanta cabeza. No me habla ni me visita. Creo que Sara la llamó para contarle todo y ella no encaja su fracaso. Soy consciente de que me creó con el corazón en la pluma y se siente tan culpable de no haber superado sus propias expectativas que incluso creo que ha pensado en destruirme a mí también. Soy un mal recuerdo para ella, pero soy un recuerdo inevitable, piedra de toda su posterior genialidad; y lo sabe, por eso no se deshará de mí. Quisiera abrazarla y decirle que todo esto pasará, pero está tan lejos de mí, tan marmolíticamente fría…
¿Tú dónde te encuentras ahora, Volverán tiempos mejores?

Bueno, tienes que dar tiempo a Susi. Estos golpes nunca son fáciles de asumir, pero no temas por ti, no te pasará nada. ¿Yo? A mí me han reinventado y me han vestido de gala, como decía mi amigo B. Mañana parto hacia una librería de Málaga, Proteo. Dicen que allí hay buen clima. Eso es lo de menos, en realidad, en mi estante no creo que llueva ni haga frío. Si algún desgraciado me acogiera o apadrinara a cambio de unas viles monedas, la cosa cambiaría, podría respirar la brisa salada, podría conocer por fin el mar, ¿te imaginas? ¡Yo en el mar, dando un baño de sol a mis cueros!


FINAL 1

Me alegro mucho por ti, VTM, de verdad, y espero y deseo que también te des un baño a mi salud. Me habría gustado tanto conocer el mar, y la ciudad…

Tengo buenas nuevas que contarte: ayer recibí una carta:

“Hermano de mi corazón:

Siento mucho la forma en que me despedí, las prisas y la desesperación aceleraron mis palabras inquietas. Cuando la máquina me absorbió y me convirtió en finos espagueti como los que nos hacía mamá, creí que era el fin. Pero el viaje no acabó allí, afortunadamente. Sara recogió mis pedacitos (¡qué mujer más increíble!), en el fondo sabía más de mí que yo mismo, me conocía bien. Por lo visto descubrió que me comunicaba contigo y se apiadó de mí. En realidad, el resto de mi viaje sería el mismo. Sara no era mamá y yo no era su Original, no me mantendría a su lado. Ella es muy pulcra y muy maniática con sus cosas, sé que no querría guardar una hoja arrugada y plastificada de celo entre sus papeles, así que me clonó para el recuerdo y me dejó ir.

Por la mañana, un vehículo de esos grandes y con ruedas que veíamos por la ventana desde el estante (¿te acuerdas? Creo que mamá los llamaba camiones) me recogió entre todo un fárrago de papeles rotos. Encarcelados en aquella bolsa, blanda e inestable, sólo oía ruido, llantos de desesperación, gritos, quejidos. Se olía el hedor a pánico. Se me removía algo por dentro, no podía hacer nada por consolarles: todos sabíamos cómo iba a acabar aquello. Pero yo estaba tranquilo porque podía irme de este mundo despidiéndome de ti desde el sosiego y el eterno cariño que siempre velará por ti. Nos movíamos constantemente en bruscos vaivenes. En aquella bolsa negra la única esperanza estaba en lo que llamaban “cielo de los libros”.

Cuando por fin llegamos a la planta de reciclado nos dieron un baño químico (se ve que con el zarandeo del viaje la suciedad se había incrustado de tinta en cada rincón), nos quitaron la piel muerta con un instrumento al que llamaban “criba”. Entonces sentí un fuego interno, noté cómo me dejaban la piel en carne viva. Descubrí que en ese preciso instante murió todo lo que me unía a Susi; ya no quedaba nada, sólo mi alma etérea y difuminada entre los recuerdos de un pasado mejor. Una ola de vientos vertiginosos y estrellas blancas me elevó en una ascensión imparable y del todo atractiva y divertida hacia ese cielo de los libros del que había oído hablar en la endiablada bolsa negra. ¡Menudo viaje, hermano! Ojalá pudieras experimentar esa subida de adrenalina algún día.

Cuando terminó el increíble y ameno vuelo, unas escaleras de libros me condujeron a unas puertas de entrada al Paraíso (tristes cortezas de un milenario y noble árbol). No te vas a creer quién guardaba aquellas puertas: ¡el mismísimo Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha!

El pobre tenía una mala cara… Estaba ya muy viejo, pálido y arrugado. Se le veía muuuuuy cansado, serio y amargado.

Si te digo la verdad, no me atreví a saludarlo, su gesto no me daba confianza ni me producía simpatía. Le saludé simplemente por educación, y entré al lugar con el que siempre había soñado. ¡Qué lugar, brother! Lo mejor que me ha pasado en la vida: ¡conseguí conocer el mar! Y es tan…. Tan… tan… inefable. Es enorme, más que enorme, más de lo que puedas imaginarte, profundamente enorme (es como si yo flotara en la superficie de este ancho mar, respirando la felicidad y paz que siempre anhelé y vosotros vivierais allí abajo, en las profundidades de la mentira, la hipocresía y el vanidoso desdén).

¿Sabes? Además de todo esto, tengo hogar propio y gratuito. Y he conocido gente muy importante, mis héroes, a los que tanto he admirado, desde antes de nacer, incluso. He hecho una entrañable amistad con el galante Las desventuras del joven Werther. Es buen tío, muy sabio, la verdad. Ya está mayor y temo perderle cualquier día, aunque tengo la esperanza de que en este universo el tiempo viva congelado bajo los pies de la esperanza…

Como ves, aquí todo está bien, a mí me va genial y sólo quería escribirte para que no te preocuparas por mí.

Cuando llegué aquí me dejaron pedir lo que quisiera como última voluntad antes de desaparecer del mapa y caer en el olvido de las profundidades de este avaricioso mar.

P.P: Cuida a tu madre y no me olvides. Te quiere, tu hermano."

¿Qué te parece? Es feliz… Estoy muy contento.


FINAL 2

Me alegro mucho por ti, VTM, de verdad, y espero y deseo que también te des un baño a mi salud. Me habría gustado tanto conocer el mar, y la ciudad…

Tengo buenas nuevas que contarte: ayer recibí una carta:

“Hermano de mi corazón:

Siento mucho la forma en que me despedí, las prisas y la desesperación aceleraron mis palabras inquietas. Cuando la máquina me absorbió y me convirtió en finos espagueti como los que nos hacía mamá, creí que era el fin. Pero el viaje no acabó allí, afortunadamente. Sara recogió mis pedacitos (¡qué mujer más increíble!), en el fondo sabía más de mí que yo mismo, me conocía bien. Por lo visto descubrió que me comunicaba contigo y se apiadó de mí. En realidad, el resto de mi viaje sería el mismo. Sara no era mamá y yo no era su Original, no me mantendría a su lado. Ella es muy pulcra y muy maniática con sus cosas, sé que no querría guardar una hoja arrugada y plastificada de celo entre sus papeles, así que me clonó para el recuerdo y me dejó ir.

Por la mañana, un vehículo de esos grandes y con ruedas que veíamos por la ventana desde el estante (¿te acuerdas? Creo que mamá los llamaba camiones) me recogió entre todo un fárrago de papeles rotos. Encarcelados en aquella bolsa, blanda e inestable, sólo oía ruido, llantos de desesperación, gritos, quejidos. Se olía el hedor a pánico. Se me removía algo por dentro, no podía hacer nada por consolarles: todos sabíamos cómo iba a acabar aquello. Pero yo estaba tranquilo porque podía irme de este mundo despidiéndome de ti desde el sosiego y el eterno cariño que siempre velará por ti. Nos movíamos constantemente en bruscos vaivenes. En aquella bolsa negra la única esperanza estaba en lo que llamaban “cielo de los libros”.

Cuando por fin llegamos a la planta de reciclado nos dieron un baño químico (se ve que con el zarandeo del viaje la suciedad se había incrustado de tinta en cada rincón), nos quitaron la piel muerta con un instrumento al que llamaban “criba”. Entonces sentí un fuego interno, noté cómo me dejaban la piel en carne viva y nos secaban (no con una toalla como hacía mamá), sino en una especie de atracción más rápida y vertiginosa que la montaña rusa (¿te acuerdas de la montaña rusa? La veíamos a veces en la tele de mamá).

Después, mi piel, borracha y mareada, soltaba unas burbujitas de aire muy divertidas y otra vez más volvían a bañarme y a dejarme blanquito blanquito, oliendo a nieve recién caída.

Así comenzó un nuevo viaje para mí. Pareciera como si un demonio me hubiera poseído. Mis carnes se movían, saltaban en pequeños cerros, se hundían en oscuros valles, se estiraban y de pronto se encogían…

Lo siguiente que recuerdo es estar en una mesa, temblando por miedo a que el café que rozaba mi larga piel, se derramara encima de mí y me quemara. Un hombre trajeado, con gafas y bigote, sentado y relajado en la mesa de un bar, alargó sus enormes manos y me cogió. Me apretaba muy fuerte y me hacía daño (ya te dije que nadie me había tocado nunca con la ternura y delicadeza con que lo hacía Sara). Alguien le gritó (creo que fue la camarera):

- Señor Vázquez, ¿ha terminado usted con el periódico?

- Sí, sí, aquí lo tiene.

- Disculpe, es que la mujer de la esquina me lo está demandando. Si no ha terminado, acabe, por favor y páseselo después a ella.

- Tranquila, tenga, tenga, que ya lo he ojeado.

- De acuerdo. Gracias y disculpe las molestias.

- Ahá.

La camarera me agarró del cuello. Me estaba ahogando y por fin pude respirar cuando me soltó sobre las piernas de aquella soberbia mujer. ¡Qué muslos, Original! Me dio un cosquilleo por toda mi piel blanquinegra y mis tatuajes temblaron. Creo que hasta me puse rojo… Si te digo la verdad, aquella noche tuve un sueño de lo más erótico con aquella mujer. Tenía las piernas más suaves del mundo, morenas, jugosas, muy largas y hermosas. Quedé prendado de ella y deseé quedarme con ella para siempre. Por supuesto eso no ocurriría, pero aquella noche y los cuatro días siguientes su casa fue mi hogar y su mesilla fue el colchón de mis húmedos sueños con ella.

Era una mujer muy ocupada, aunque no salía mucho de casa. Muchos hombres la visitaban, y como en una obra de teatro, escenifica mis sueños con cada uno de aquellos hombres. Puedes imaginarte cómo me sentí: me volví loco de celos…


(Segundo Premio Interfolio de literatura de viajes)

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