• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    El códice robado

    por Manuel del Pino


Lo primero que pensó Víctor Lince al ver a Íñigo Casas, el alcalde de Albera, colgado de la lámpara, fue preguntarse por qué diantres lo hizo.

Además, el pobre suicida tenía una rosa negra engarzada en el ojal superior de su camisa clara, un detalle de contraste tan raro que resultaba más violento a la vista que si el cadáver estuviera lleno de heridas y de sangre.

Lo mismo quería averiguar la policía. Por eso el inspector Leiva le había arrastrado hasta allí. Leiva solía pasar sus vacaciones de verano en Albera, e invitar unos días a su ayudante, la agente Carla Ruiz. Y el inspector era muy amigo del alcalde, por lo que ahora tenía un humor de perros.

Jorge Leiva le gritó a Lince:

- ¡Míralo! Por tu culpa se ha colgado. ¿Dónde está el códice?

Carla sujetó al inspector para que no se abalanzara contra Lince. Los demás policías locales de la estancia también miraban acusadores al joven.

- No sé nada de ese códice – repuso Lince –. ¿Por qué yo?

- Tú eres el único sinvergüenza de Albera capaz de robar el códice del archivo de la iglesia y esconderlo sin importarte las consecuencias.

- Por valioso que sea ese códice del siglo XIII, no lo podría vender. ¿Para qué iba a robarlo entonces?

El inspector continuó el interrogatorio fuera de sí.

- ¿Y por qué le pusiste a Íñigo la rosa negra en la camisa? ¿Qué es eso de la Hermandad de la Rosa Negra?

Lince respondió sin inmutarse:

- Ni siquiera sabía que hubiera rosas negras. ¿Cómo demonios las cultivan? Todos saben que mi firma es una rama de olivo doblada en forma de “L”.

Entonces Víctor Lince no era más que un jovenzuelo que empezaba a despuntar, mientras que el inspector Leiva ya tenía su prestigio en la comisaria de Centro de Madrid, sobre todo después de resolver el truculento caso de las “Olivas negras”, que salió en todos los periódicos, eso sí con la conflictiva ayuda de la agente Carla Ruiz, quien ahora le acompañaba en la tranquilidad veraniega de Albera, donde al menos en teoría nunca pasaba nada destacable.

Situada en las primeras estribaciones de la sierra de Sevilla, Albera es una localidad dura, aunque quizá tan dura como cualquier otro pueblo de la Bética y del mundo, donde la vida y la muerte están a la orden del día. Tiene un pequeño castillo pardo sobre una loma parda, de cuando los moros. El sol pega tan fuerte en esas tierras pardas, que hasta se diría que las gentes son pardas. Si los conoces, te das cuenta de que incluso sus sentimientos y sus ideas son pardos.

En el caso del alcalde, Íñigo Casas, fue un hombre sin tacha y discreto, que vivía modestamente en esa casa con su familia gracias a la paga de alcalde, y antes con el sueldo de archivero, que había sido su profesión durante los últimos veinte años.

El periódico local le acusó de ser el responsable de la pérdida del códice, en calidad de sus dos sucesivas profesiones, archivero y alcalde de Albera, y el pobre hombre no lo pudo sufrir. El periódico de Albera tenía el nombre grandilocuente y pretencioso de La Columna, abreviatura de La Columna de España, aunque las malas lenguas le llamaban La Calumnia.

A pesar de la pérdida de sus padres en un accidente de tráfico y de su dura experiencia como soldado en Afganistán, Jorge Leiva seguía creyendo a su modo en la justicia. Aparte de su trabajo policial, participó en la fundación en Madrid de la ONG Justicia Internacional, bautizada también como la Rosa Blanca, en honor al famoso grupo alemán de resistencia contra el nazismo.

Leiva organizó también una sucursal de Justicia Internacional en Albera, a cargo del eficaz y altruista alcalde Íñigo Casas. Y ahora se lo encontraba suicidado por la pérdida del códice, con una rosa negra en su solapa como firma. Se rumoreaba que la Rosa Negra era una poderosa organización secreta dedicada al crimen, así que para Leiva aquel drama se había convertido en un asunto personal.

- Tú robaste el códice – le dijo a Lince –, o sabes quién lo hizo. Formas parte de la Rosa Negra y conoces a sus integrantes.

- No sé de qué me habla – dijo Lince –, pero si me deja 24 horas en libertad lo averiguaré, por la cuenta que me trae.

A Lince le costó bastante convencer al inspector, que al final sólo cedió por parecerle el único modo de dar con el códice robado y con los responsables de la muerte de su amigo Íñigo Casas. Si encerraban a Lince y éste no hablaba, podían perder unas horas y días preciosos para que el caso se demorara sin remedio.

Le advirtió a Lince que sólo le daba 24 horas, que estaría vigilado y que si intentaba escapar la orden era abatirle.

En cuanto llegó el juez y dio permiso, se llevaron el cuerpo de Íñigo Casas al tanatorio, para darle un digno entierro la mañana siguiente. Luego el inspector se dirigió a la mansión de Julián Agudo, el nuevo magnate de Albera, donde había sido invitado a una recepción gracias a sus éxitos como policía en Madrid.

* * *

El magnate Julián Agudo había sido compañero de escuela de Leiva. Por eso ahora le invitaba a su fiesta: quería que viera cómo había prosperado tan rápido, desde que dejó los estudios muy joven y se metió en los negocios. Se había construido a las afueras de la localidad un palacete de nuevo rico, chillón y rimbombante, y se rumoreaba que tenía muchas otras propiedades por toda la comarca. Con frecuencia daba fiestas en el salón, mientras su mujer y sus hijos esperaban en el piso del pueblo, a las que asistían sus amigos y personalidades de Albera. A su lado, Jorge Leiva era un fracasado, con su paga de policía y su pequeño apartamento en Madrid.

Julián Agudo recibió a Leiva en el balcón central de su salón, un poco aparte del holgorio, con unas magníficas vistas a Albera. Se veía incluso el solar donde aún no había podido construirse el palacio de los deportes. El magnate extendió el brazo hacia Albera, como si fuera el emperador Maximiliano mostrando sus territorios. Era un tipo rubicundo, gordito, de estatura media, con ojos astutos y lengua fácil.

- La mayoría de estas pobres gentes – dijo – ahora no llegan a final de mes. Eso les pasa por respetar las leyes. Aunque bien que querían aprovecharse todos en los tiempos de bonanza con sus trapicheos. Y por cierto, ¿qué sabes del códice? Es una absoluta prioridad para nosotros que aparezca cuanto antes.

Él ya era rico. La crisis no le afectaba.

- Aún nada – repuso Leiva –. En cuanto averigüemos algo, te avisaré. Vamos a seguirle la pista a ese ratero de Lince, a ver dónde nos lleva. ¿Tú sabes algo de una hermandad llamada La Rosa Negra?

- No, te lo aseguro. Oye, muy loable tu lucha por la Justicia Internacional. Siento mucho lo de Íñigo, era un buen alcalde y un buen hombre.

- Gracias, la verdad es para mí una pérdida irreparable – dijo el inspector melancólico, y para animarse señaló al lejano solar –. ¿Por qué no construyes el palacio de los deportes? Así darías trabajo a mucha gente. Y podríamos llamarlo “Íñigo Casas”, en honor a nuestro alcalde tan querido e infortunado.

- Ahora no estamos para obras faraónicas. Todos estos mataos se lo buscaron. Si no tienen trabajo, que se vayan a Alemania – recapacitó un momento y dijo –: Bueno, tú eres un representante de la ley y el orden… pero ahora estás de permiso. Saluda a los viejos amigos, diviértete en la fiesta. Si me disculpas…

El magnate se dirigió a su despacho. Leiva quedó pensativo y extrañado, mirando las barriadas de su localidad natal.

* * *

Julián Agudo entró en su despacho. Allí le esperaba su fiel ayudante y jefe de la Liga por la Moral de Albera, que controlaba entre otras cosas el periódico local, Javier Marín, junto a Lionel Oituz Radescu, una especie de aventurero rumano con buenos contactos. El magnate dijo:

- ¿Cómo me sorprenderás hoy, querido Javier? ¿Es tan estupenda como dices?

- Ya verás – dijo Marín –, un portento. La ha traído Oituz, que es un genio en estas cosas. Y un poquito de coca, para animar el ambiente.

- Pues que pase, y si es verdad, os recompensaré como merecéis.

Javier Marín le hizo una señal a Oituz, que salió del despacho por la puerta de atrás y volvió cinco minutos después con una soberbia yegua joven: Era la agente Carla Ruiz, pero de paisano, con un sencillo vestido de verano azul intenso.

- ¿Ésta no es la ayudante de Leiva? – preguntó el magnate.

- Sí – dijo Marín –, pero ése no se entera de nada. La chica quiere ser modelo y actriz. ¿Qué te parece?

Agudo se quedó mirando a Carla Ruiz con los ojos muy abiertos.

- Me parece que promete. Sí, promete mucho.

Carla le miraba con altiva insolencia. Javier Marín y Oituz intercambiaron una mirada cómplice de satisfacción. Oituz dejó abundantes papelinas de coca sobre la mesa. Julián Agudo sorbió una papelina y les dijo:

- Bueno, sentaos. Y coged coca, coño, aquí hay para todos.

Sus hombres tomaron papelinas con ansia. Carla, no. Agudo le dijo:

- Anda, niña, báilanos un poquito, que estás muy rica.

Carla le dijo con arrogancia:

- ¿Me conseguirá esa prueba en Madrid?

- ¡Claro! Tengo muchos contactos en Madrid, y Oituz también. Por eso no te preocupes. Serás una gran actriz.

- Venga, baila como tú sabes.

Javier Marín puso música animada. Carla comenzó a contonear la cabeza, sin perder la altivez de su bello rostro, bamboleando su melena castaña. Sus manos cimbreaban arriba como cobras que despiertan despacio con la música. Movía la cintura y los generosos muslos con delicada gracia. Sentado frente a ella, Agudo le dijo suspirando:

- Súbete un poquito el vestido, para que te veamos mejor.

Carla no se achantó.

- Primero la pasta – dijo.

- ¿Cómo? – preguntó el magnate, divertido y extrañado.

- Que sueltes la pasta, carcamal, si quieres verme las bragas.

Agudo parpadeaba sin cesar, con la boca abierta, intuyendo los enhiestos pechos juveniles de Carla y la calidez de sus muslos desnudos.

Como si no estuviera convencido del todo, se levantó, quitó el horrible cuadro postmoderno que había tras su mesa y tecleó la combinación en la caja fuerte, demasiado rápido para que sus ayudantes la vieran, aunque estiraron el cuello.

Julián Agudo sacó tres fajos de billetes de quinientos.

- ¡Eh! – dijo Marín –. ¿Ésos no son los fondos europeos que te prestó el ayuntamiento para que construyeras el palacio de los deportes?

- En esta vida es mejor tener la mente abierta.

- ¿Entonces cómo vamos a construir el pabellón deportivo?

- Ya es tarde para eso – dijo Julián Agudo –, la crisis ha arrasado con todo. Es mejor darle un buen uso a este dinerito.

Cerró rápido la caja fuerte, le soltó un fajo a cada uno y dijo:

- Niña, espérame arriba en mi dormitorio. Y ve quitándote el vestido, que hace mucho calor – y a sus hombres–: Vosotros divertíos en la fiesta, pero administrad bien ese dinerito, que corren tiempos duros. ¡Ahora dejadme solo!

Carla cogió su fajo con desdén y salió del despacho contoneando sus curvas adrede. Javier Marín y Oituz volvieron a la fiesta en el salón. Agudo abrió la ventana que daba al jardín, porque se dio cuenta de que alguien les había estado espiando.

- ¡Entra! – dijo –. No temas. ¡Vamos, ven aquí, no voy a hacerte nada!

El joven Víctor Lince se coló por la ventana con agilidad, se quedó digno frente al magnate y le dijo:

- ¿Va a denunciarme?

- Mejor no. Ya no me fío de nadie, ahora que han robado el códice.

- ¿Y usted no cree que he sido yo?

- En ese caso, no estarías acechando, para ver lo que oyes. Ya me habrías robado. ¿Quieres otro fajo de quinientos para ti?

- ¿A cambio de qué?

Agudo volvió a abrir la caja fuerte para vaciar su contenido: metió todos los fajos de quinientos en una mochila, salvo uno, que dejó sobre la mesa para Lince.

- Coge esta mochila – le dijo – como si no tuviera nada de valor, sal de aquí por esa ventana y escóndela en el campanario de la iglesia. Allí no la buscarán. Si lo haces, puedes quedarte con este fajo.

-¿Por qué haría eso, si puedo quedarme con todo?

- Amiguito, con ese fajo serás un muchacho rico, pero sabes que si huyes con la mochila, vayas adonde vayas, pocos días después serás un chico muerto.

- ¿Y si me niego a su jueguecito? Julián Agudo agarró a Lince por el cuello de la camisa.

- Te denunciaré ahora mismo por intento de robo. Sé que la policía te sigue por el robo del códice. Te pasarás toda la juventud en la cárcel.

Lince se soltó con coraje, cogió la mochila, se metió el fajo de quinientos euros en el bolsillo y salió por la ventana.

* * *

En el dormitorio, el magnate Agudo se encontró a Carla Ruiz echada en su cama, en pose provocativa, con la cabeza apoyada en la mano sobre la almohada. El vestido veraniego azul dejaba ver bastante de sus rollizas piernas.

Agudo se echó sobre Carla, pero ésta se hizo la gata esquiva. Se levantó de la cama y el magnate se puso a perseguirla por todo el dormitorio, tomándolo como un juego de caza. Cuando pudo, la agarró por la cintura.

- ¡Estate quieto – se revolvió Carla –, que podrías ser mi padre!

- ¡Mejor así, preciosa!

Mientras seguían con su numerito, abajo, Javier Marín y Oituz volvieron a entrar en el despacho del magnate.

Quitaron el cuadro postmoderno y se aplicaron a abrir la caja fuerte de la pared.

- ¿Tienes la combinación? – preguntó Marín.

- Claro – dijo Oituz –. Son las tres únicas cifras que hay en todas las páginas del códice medieval: 12-4-1215.

Últimamente Julián Agudo iba mucho a consultar el códice, cosa muy extraña en él, así que supuse que se traía algo entre manos.

Marín las tecleó y abrió la caja fuerte, tan sofisticada y moderna que su combinación no era fácil de cambiar en un santiamén. Sus caras ansiosas se trocaron en tremenda decepción al ver la caja vacía, y luego en rabia.

Subieron al dormitorio. Encontraron a Agudo besuqueando el cuello de Carla contra la pared, mientras ella trataba de zafarse y le daba manotazos. La extraña pareja se volvió sorprendida al ver que alguien entraba en el dormitorio.

Carla dejó rápido la habitación, ahora que podía. Marín le dijo a Agudo:

- ¿Dónde está el dinero?

- ¡En un sitio donde no lo podréis encontrar! – replicó el magnate.

- Será mejor que nos lo digas – reclamó Oituz.

- ¡Antes muerto, puercos traidores!

Los hombres se lanzaron y acuchillaron a su jefe, dejando huellas y demasiada sangre en su crimen. Antes de irse, Oituz le puso al cadáver una rosa negra en la solapa.

* * *

La mañana siguiente, en el tanatorio coincidieron dos cadáveres, contando el del alcalde de Albera. La policía se encontraba desconcertada, en especial el inspector Leiva, que debía encabezar el entierro de su amigo Íñigo Casas.

Leiva se dio cuenta de que en el tanatorio estaban casi todas las personalidades de Albera, para despedir al alcalde y también por el óbito de Julián Agudo, menos su mano derecha, Javier Marín, y ese aventurero de Oituz Radescu, a pesar de que el día anterior les vio en la fiesta. El inspector dejó a Carla Ruiz a cargo de su representación en el sepelio, y le pidió que le excusaran, pues tenía algo muy importante y urgente que hacer, relacionado con el caso, para lo que pidió la ayuda de los policías municipales.

Los ánimos estaban caldeados en el pueblo. Durante la penosa e interminable comitiva hasta la iglesia, la gente empezó a increpar a las autoridades que acompañaban el féretro, creyéndolas de algún modo culpables de la muerte del alcalde Íñigo Casas y también de Julián Agudo, debido a toda la corrupción que cundía en Albera.

La protesta del pueblo rozaba el tumulto, con empujones y zarandeos a las autoridades, a punto de llegar a las agresiones físicas, antes de entrar en la iglesia.

Pero entonces, desde arriba en el campanario, comenzaron a llover grandes pétalos morados, que no eran de buganvilla, sino billetes de quinientos.

La seria comitiva se detuvo. La gente echó a correr bajo el campanario, para coger cuantos billetes podían con gran estruendo. Víctor Lince los lanzaba desde arriba, enterado del cariz que habían tomado los acontecimientos.

En medio del desorden, Carla Ruiz corrió para detener a Lince. Le encontró en el coro, cuando Lince bajaba del campanario.

- ¡Date preso! ¡Tú eres el culpable de todo, granuja!

Lince le respondió con desparpajo: - ¿Y tú eres la que se trajinaba al magnate Agudo?

- ¡Maldito granuja, te voy a…!

Carla Ruiz sacó las esposas y su pistola, pero Lince fue más rápido. La desarmó, la echó sobre sus piernas sentado en el coro y comenzó a zurrarle sobre el vestido azul en sus hermosos muslos. Carla pataleaba gritando y tratando de soltarse sin conseguirlo. Luego le subió el vestido, y le azotó con la mano sobre sus braguitas blancas. Carla chillaba y se debatía inútilmente. Por último, Lince le bajó con dificultad las braguitas y le palmeó bien el redondo trasero hasta dejárselo rojo como un tomate.

- ¡Soy una agente de la autoridad…! ¡A mí no me humilla nadie! ¡Te mataré… Suéltame o juro que te mataré…!

Lince soltó a Carla riendo y huyó escaleras abajo. Una vez en la plaza, se escabulló entre el bullicio de la gente, que seguía recogiendo billetes de quinientos del aire y del suelo. Escapó de Albera en su pequeño coche, sin tener tiempo siquiera para despedirse de su familia. Sólo llevaba una mochila casi vacía, con un fajo de billetes de quinientos en su interior.

Cuando las autoridades subieron al campanario, además de toparse con Carla Ruiz extrañamente turbada para lo que era su carácter, sólo encontraron una ramita de olivo doblaba en forma de “L”, lo que les hizo maldecir contra Lince y golpear el aire con sus puños furiosos al descubrir el engaño.

Mientras tanto, el inspector Leiva se aplicó a las detenciones, con la ayuda de la policía municipal. Sorprendieron a Javier Marín en su casa en una situación muy comprometida, con bastante coca y bolsas de dinero.

Oituz Radescu, más ducho en esos lances, consiguió huir.

Las autoridades de Albera acusaron a Víctor Lince de participar en la conspiración para matar al alcalde Íñigo Casas y Julián Agudo, además del robo del códice y el dinero. Y Leiva jamás pudo perdonarle que estropeara el entierro de su amigo. Carla juró atrapar cuanto antes a ese canalla de Lince para darle su merecido. Pero el pueblo de Albera, con los bolsillos llenos, le guardó a Lince gratitud eterna.

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