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    CUENTOS DEL OTRO LADO

    Hombre tomado

    por Pedro Pujante Hernández


hombre tomado


La molesta sensación comenzó de manera sorpresiva por la pierna izquierda. Subió como una serpiente encolerizada desde la planta del pie hasta la rodilla. Se arremangó la pata del pantalón. Intentó detener el ascenso uniforme y atroz pero fue demasiado tarde: la pierna izquierda había sido tomada. Pronto se acostumbró a la incipiente amputación. Esa misma semana mientras releía un tomo gastado de Cortázar sintió un hormigueo en el muñón de la rodilla. No le dio mayor importancia. Con una pierna cercenada es normal que aparezca alguna extraña molestia, se consoló. Siguió la lectura, que lo atrapaba… y cuando quiso darse cuenta el hormigueo se había extendido, había alcanzado la cadera y había descendido por toda la extremidad derecha. Ambas piernas habían sido tomadas.

Compró una silla de ruedas. En no menos de diez días se acostumbró al aparatoso vehículo y a ser un tronco sin miembros inferiores. De camino a casa, dos semanas después de perder ambas piernas, se detuvo a contemplar un escaparate de librería. Paseaba la vista luctuosamente por los lomos de los volúmenes: El hombre invisible de Wells, El increíble hombre menguante de Richard Matheson… De pronto advirtió que en el reflejo del cristal su imagen temblaba. Estupefacto se percató de que su cintura se desvanecía en el reflejo. Intentó agarrar las llaves de casa que guardaba en el bolsillo bajo de la chaqueta. Fue en vano, ya habían desaparecido. Recordó que aún conservaba su cartera con dinero en el bolsillo superior de la camisa. En un acto reflejo, intentó de forma estéril usar su mano derecha. Ésta ya había sido tomada. Su tronco corría la misma suerte de forma vertiginosa. El teléfono móvil, pensó. Debería llamar a mi esposa o a la oficina. Guardaba el móvil en una bolsita bajo el asiento de la silla. Pero su tronco con el resto del brazo derecho y toda la extremidad izquierda habían sido ya tomados. Su cabeza, decapitada y absurda, yacía sobre la silla de ruedas. Intentó esbozar un pensamiento coherente. Una respuesta. Seguía lúcido y furioso. Pero antes de poder reaccionar, de reflexionar sobre su nueva situación, su cabeza, con su gris cerebro, había sido tomada.

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