• Dean Simpson

    Letras en el horizonte

    El sexo en el Amadís de Gaula

    por Dean Simpson (Boston)


Este mes quiero reanudar la conversación sobre el Amadís de Gaula. Para recalentar las neuronas, parece ser el libro de caballerías más popular de la historia de España y fue una gran inspiración para Don Quijote. La consistente finura y aparente asexualidad de Don Quijote hacia Dulcinea se inspiró en este género, pero en el Amadís el sexo es tratado de manera diferente, sobre todo en cuestiones de los diferentes papeles de los hombres y las mujeres.

Desde las primeras páginas del Amadís la mujer no tiene la misma libertad sexual que tiene el hombre. El primer libro comienza con la llegada del rey Perión a la casa del rey Garínter, y durante su estancia Perión se enamora de Elisnea, la hija de Garinter, y una noche entra ella en la habitación del invitado y allí empieza la historia de Amadís. El huésped sigilosamente hace el amor con la hija de su anfitrión, y la deja encinta. Hacen un pacto entre ellos, un matrimonio secreto, lo cual, en teoría, justifica sus relaciones sexuales, pero él logra escabullirse sin daño ninguno mientras Elisnea se tiene que encerrar un una torre durante nueve meses para evitar que la descubran y la maten. El precio del nacimiento del caballero lo tiene que pagar la madre, quien ni puede pasar tiempo con él, ya que lo tienen que echar al mar para evitar represalias. La presencia del adulterio también es un problema para la mujer, porque al ser descubierta no le esperaría otra cosa que la muerte: “...cualquiera mujer por de estado grande y señorío que fuesse, si en adulterio se fallava, no le podía en ninguna guisa escusar la muerte.” (Cap. preliminar).

Oriana, la dama de Amadís, experimenta más tarde este mismo fenómeno que Elisnea (el de encerrarse para no descubrir su embarazo) tras su unión sexual con Amadís, de quienes nace el hijo, Esplandián. Aunque el matrimonio secreto “validaba” el acto, era la mujer quien sufría las consecuencias. La representación del hombre como “puro” es incorrecta porque el caballero en estos libros generalmente realiza actos sexuales antes de la boda. Incluso el héroe Amadís se junta con su amada antes de casarse, y visto así, él no llega a personificar la imagen que debería representar. Hacerle la vista gorda al hombre y escarnecer a la mujer es otro ejemplo de las múltiples desigualdades que se ven en este género. El autor del Amadís explícitamente ofrece al lector una lección de los deberes de la mujer y las consecuencias de la promiscuidad sexual: "las mugeres… deven con mucho cuidado atapar las orejas, cerrar los ojos, escusándose de ver parientes y vezinos, recogiéndose en las devotas contemplaciones, en las oraciones sanctas, tomándolo por verdaderos deleites… en verdad ella (Elisnea) de todo punto era determinada de caer en la peor y más baxa parte de su deshonra, assí como otras muchas que en este mundo contar se podían, por no se guardar de lo ya dicho…" (cap. I).

Vemos que el autor moraliza sobre el asunto y regaña a Elisnea por haber sucumbido a este “libertinaje”, sin referirse a la participación del hombre. Toma Montalvo la posición del catequista aquí, despreciando a la mujer y culpándola de ser viciosa.

A pesar del encuentro prematrimonial de la pareja principal (Amadís y Oriana), estos son tratados como los más virtuosos. A pesar de sus tentaciones y los malentendidos, nunca se desvían de su camino, lo cual hace que se distingan entre los demás como la pareja más casta. En los otros personajes la libertad sexual es una parte intrínseca del libro, pero la presentación de la mujer en estos textos difiere mucho a la del hombre. Ella es escarmentada, y él repudiado de ser un Tenorio. Galaor, el hermano de Amadís, no tiene ningún inconveniente en pasar la noche con una dama o doncella y no volver a verla jamás: “Galaor folgó con la donzella aquella noche a su plazer” (XII). Hay otros personajes que tampoco vacilan en interesarse. Agrajes, un amigo de Galaor y de Amadís, tiene sus momentos también: “aquella noche con gran plazer y con gran gozo de sus ánimas passaron.” (XVI). El léxico de estas experiencias sexuales se diferencia de las palabras que definen la primera experiencia entre Amadís y Oriana. Las palabras que describen las prácticas de Galaor y Agrajes precisan un amor que se inclina más hacia “retozos carnales” que hacia un amor sentimental. Los hombres son permitidos de libremente participar en estas aventuras; algo no permitido a la mujer. Claro que se requiere a una mujer para cada uno de los escarceos de estos hombres, pero estas son pasajeras e instrumentales solo para esta función. Ellas son sojuzgadas por el vituperio medieval que permitía el desahogo masculino y restringía el femenino.

La mujer estaba retratada como la “viciosa” o la “virtuosa”, pero no existían las despreocupadas amantes de la libertad y del ocio, una imagen de la que disfrutaba su homólogo masculino. La tradición cristiana al verse enfrentada con la cuestión de la tentación acusaba a la mujer de este “ultraje”. En un mundo masculino si la mujer no es la tentada, es la tentadora. El hombre le pide castidad siempre y cuando no le pide favores. Creo que la que mejor observa esta hipocresía es Sor Juan Inés de la Cruz en su poema Hombre necios que acusáis: “Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis: /…pues la que más se recata / si no os admite, es ingrata / y si os admite, es liviana”. Y la mujer en medio tiene que decidir entre la libertad prostituida o la castidad encarcelada.

El hombre, en comparación con la mujer, tiene más libertad sexual en estos textos. Se legitima e incluso el autor justifica en varias ocasiones la promiscuidad de Galaor. En una de sus primeras aventuras Galaor entra en un castillo y ve a “muchas dueñas y donzellas en sus camas” de las cuales él, como ya indicamos, escoge a una. Pero a pesar de la galantería de Galaor, hay mujeres que lo pueden resistir y contrariar. Una lo rechaza en el capítulo XLI, y otra, Dinarda, le dice directamente que le cae mal “Si yo os mostré amor, fue con sobrada miedo que tenía.. . Idos, don Galaor, y si en algo por fize, no me lo agradescais, ni se os acuerde de mí sino de enemiga.” (LXIX). Esta última es la que más a Galaor le gusta. Estas mujeres son más fuertes y prudentes y se contrastan con las que siempre se entregan a la voluntad del hombre.

Galaor también tiene fama de ser buen guerrero, después de su hermano, claro, pero a causa de sus aventuras con las mujeres le hacen inferior a su hermano, el más casto de los dos. Hay un caso que claramente ejemplifica la diferencia entre los dos. Galaor, quien rescata a una mujer de un malandante, se queda con ella esa noche: “descompusieron ellos ambos una cama… haziendo dueña aquella que de antes no lo era. Satisfaziendo a sus deseos.” (XXV) se queda con ella “de consumo hasta cerca del día”, mientras que Amadís pasa la noche hablando con su escudero Gandalín “de muchas cosas fasta la mañana.” (XXV). Su hermano, aunque sea el mujeriego de los dos y es más conocido por su desenfreno social, es un personaje central. En más de un caso él saca a Amadís de situaciones comprometedoras, como en un caso vemos aquí cuando un caballero le dice a Amadís:

"Vos sois muy hermoso, y fazed buen semblante, y llegaros he a la dueña tanto que le aya dicho que sois el mejor cavallero del mundo; y requeridla de casamiento, o de haver su amor en otra guisa." (XXXIII)

Amadís desde luego está atemorizado al pensar en tener relaciones con otra mujer, porque la infidelidad es uno de los mayores yerros posibles. Entonces lo que propone Amadís es que esta mujer se una con su hermano Galaor, quien está encantado de verse con cualquiera. Esto pasa más de una vez en el libro y son factores que se complementan -la fidelidad de uno y el vicio del otro-, y a la vez logran exponer el modelo de perfección que Amadís personifica.

Otro hombre que desatiende las normas sexuales es Agrajes, el compañero de Amadís, quien en una ocasión en su juventud se revela algo indiscreto, mirando por entre las puertas “desseoso de ver mugeres más para las servir y honrar que para fazer su coraçón sujeto en otra parte que ante estava, quiso por las puertas de la cámara mirar lo que fazían” (XVI). Él también goza de la compañía de su amada, Olinda. Estos episodios sexuales de mancebo muestran la picardía de los jóvenes caballeros pero se oponen con la emoción sentimental de la pareja central.

La sexualidad se presenta como un experimento para el varón adolescente, mientras que para la mujer permanece prohibida por toda la vida. Varios reyes incluso van descubriendo a hijos ilegítimos que han tenido con otras mujeres en el pasado, y las reinas esposas no tiene más remedio que sonreír y aceptar la situación. En el caso del medio hermano de Amadís, Floristán, por ejemplo, se explica que el rey Perión estuvo con una mujer que prometió suicidarse si él no durmiera con ella, y él cedió, diciendo, “Estad, que yo haré lo que queréis.” (XLII). Además de no ser ésta una viable explicación, la mujer otra vez es la infractora. No le espera al hombre la muerte en estas ocasiones, sino que se lo perdona como una imprudencia de joven galán. La mujer no le puede reprochar al hombre (por lo menos en público) por su libertinaje, pero cuando se le sospecha a ella, el hombre con toda su furia prefiere desconfiar que averiguar.

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