• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Mi enemigo Víctor Lince

    por Manuel del Pino


(POR EL INSPECTOR LEIVA)


A las doce de esa maldita noche de principios de agosto, cuando terminé mi turno en la comisaría de Centro, el calor era aún insoportable. Me dirigía caminando a mi apartamento de Fuencarral, 98. Al pasar por el animado centro, me crucé con una joven pareja que salía de un pub.

No me fijé mucho, pues iba distraído hablando por el móvil, y Madrid estaba lleno de chicas guapas. Sin embargo ella me miró adrede cuando pasaba por mi lado, para que reparara en ella. Era Carla Ruiz, del brazo de Víctor Lince. Carla tenía sus días de vacaciones y los estaba disfrutando.

Con su melena castaña oscura, llevaba un sencillo vestido azul de verano que le daba a sus generosas curvas un aire de chica normal, igual que a cientos pasean con sus novios por la noche. Sus zuecos veraniegos cloqueaban insolentes al pasar.

Como sabía que la había reconocido, unos metros más allá Carla se detuvo y posó cariñosa las manos en los hombros de Lince, para que éste la besara.

Por supuesto, mi ayudante podía salir y enamorarse con quien le placiera, no había ninguna discusión al respecto y eso me traía sin cuidado.

Entré en el primer bar que encontré para empezar a emborracharme. Después de unas buenas cervezas vi las cosas con más calma.

Era lógico que una chica de 25 años tan guapa y atractiva como Carla Ruiz tuviera novio, sin ser promiscua… ¡pero Víctor Lince! Yo tenía que averiguar en qué líos andaba metido ahora ese sinvergüenza, con el fin de hundirle para siempre.

Me apliqué a seguirles esa misma noche.

Estuvieron en unos cuantos pubs del centro, bailando juntos, bebiendo y divirtiéndose, como una pareja de enamorados egoístas y vulgares.

Luego se fueron a la pensión de mala muerte, en la calle Hortaleza, donde paraba Víctor Lince. Resultaba sarcástico que los tuviera de vecinos. Le expliqué al recepcionista de la pensión que era un inspector de policía detrás de un caso peligroso, para que me diera una llave de la habitación y me dejara subir.

Cuando ya no se oía nada, abrí la puerta con mucho cuidado.

En la cama del fondo, Carla Ruiz hacía el amor con Víctor Lince, a la escasa luz de la calle que entraba por la persiana. Una amazona de buenas curvas y un joven dios rubio sin competencia posible. Se amaron durante horas, de todas las formas habidas y por haber. Carla era muy fogosa, con quien quería.

Les costó quedar exhaustos. Entonces se pusieron a charlar en la cama en voz baja. Yo logré entender lo suficiente: Lince dijo algo de un atraco a TuBanko, y Carla lo escuchaba tan fresca sin escandalizarse.

Para mí no era un asunto personal. Se había convertido en un caso profesional más, en el que debía trabajar frío y objetivo como siempre.

Me largué de allí, escaleras abajo. Las calles de Madrid me parecieron una liberación. Seguían llenas de gente de fiesta, aún quedaba madrugada y hacía calor.

Me metí en todos los pubs abiertos que encontré, pidiendo copas y más copas de licores mezclados, para buscar una borrachera de muerte.

Cuando aún podía andar, aunque ya no me salía el habla, me arrastré dando tumbos hasta mi apartamento. La gente me vería, pero qué más daba, no sabían que yo era un respetable inspector de policía que en otras horas velaba por su seguridad.

Logré entrar en mi apartamento y tirarme en la cama, o en el suelo, no recuerdo bien, porque cuando desperté vivo la tarde del día siguiente, con un resacón mortal, estaba en el suelo, vestido aún y rodeado de vómitos.

* * *

La ventaja de Lince era que yo no sabía dónde ni cuándo iba a dar el golpe. Sólo el centro de Madrid estaba lleno de oficinas de TuBanko. Así que, en cuanto me levanté y me di una ducha, fui a ver a Carla Ruiz, al piso de sus padres en Argüelles. Ella seguía de vacaciones y era mi único recurso, no tuve más remedio que hacerlo.

Me abrió la puerta en pijama de estar en casa. Hasta en pijama estaba guapa. Me recibió con su típica cortesía.

- ¿Qué haces aquí?
- Lo sabes muy bien. ¿Dónde va a ser el atraco?

Resopló con un infinito asco hacia mí.

- ¿Ahora me espías? Estás paranoico.
- Por tu culpa, mala pécora. Se supone que pasas olímpicamente de mí, pero no es así. ¿No podías dejarlo estar? Yo ni siquiera te hubiera visto. Tenías que mirarme por la calle, como diciendo: “Soy yo y voy con mi novio, jódete.”
- ¡Qué malo es tu amor! – dijo –. ¡Un pozo de odio, celos, rencor y envidia!

Trató de cerrarme la puerta en las narices. Detuve la madera de un manotazo.

- Dime dónde será el golpe y no te pasará nada.
- ¿Me estás amenazando? ¡No se te ocurra tocar a Lince!
- Eres una agente de la policía. ¿De qué parte estás?
- Nos queremos y vamos a casarnos, para que lo sepas.

Antes de irme, le advertí:

- No te metas, o serás una viuda muy joven.

No fui al piso de Carla sólo porque hubiera perdido la cabeza. Ella alertaría a Lince, y si tenía dos dedos de frente abandonaría su loca idea del atraco. Pero quizá yo no conocía aún a Lince del todo, porque me di cuenta de que cuando tomaba una decisión, por peligrosa y arriesgada que fuese, nada le hacía echarse atrás.

El atraco fue ese mismo lunes, en la glorieta de Quevedo. En cuanto llegó la comunicación a la comisaría, me acerqué en un coche con mis fieles Prieto y Castilla.

Frente a la oficina, con los atracadores dentro, nos apostamos detrás del coche y sacamos las armas. Hacía tiempo que no me veía obligado a disparar a nadie.

Dentro de la oficina bancaria había varios clientes, ahora secuestrados, además de los empleados. Y lo que es peor, en la calle se habían agolpado los curiosos. Normalmente todo el mundo huye cuando se produce un atraco, pero en estos años de profunda crisis la policía debemos tener mucho cuidado. Si nos equivocamos un pelo durante un atraco, la gente de la calle apedrearía al banco y no a los atracadores.
Como algunas otras entidades, TuBanko se había visto envuelta en escándalos de impago, fraude y estafa a miles de sus clientes. Los ánimos en la ciudadanía estaban muy caldeados. Una chispa mal apagada podía producir todo un incendio.

Eso era lo que más me molestaba de Lince, su faceta populista y demagógica, como si se creyera un Robin Hood del siglo XXI, dispuesto a robar a los grandes malvados para devolvérselo a los débiles indefensos.

Alrededor del banco se congregó una multitud. En vez de repudiar a los atracadores, ese bandido de Lince había conseguido una especie de manifestación a su favor y contra el sistema.

La situación se desbordó. No podíamos disolverlos a todos. Tuvimos que pedir refuerzos, pero ya era demasiado tarde. Desde dentro del banco, con un megáfono, Lince anunció que el dinero estaba en el mostrador, a disposición de todo el pueblo.

Se desencadenó la avalancha. La gente entraba en el banco chillando en tropel, para coger lo que a su juicio era suyo. Muchos de los congregados eran víctimas de las participaciones preferentes y los activos tóxicos de TuBanko.

Con peligro para nuestra seguridad, le ordené a los agentes Prieto y Castilla que me siguieran hacia el banco. Teníamos que protegar de alguna manera sus fondos.

Y ocurrió lo que me temía. Entre la confusión de la multitud, Lince aprovechó para huir con su banda. Me pareció que eran cuatro los atracadores. Si no fuera porque estaban rodeados de gente, les hubiera disparado allí mismo, con la esperanza de abatirles a todos para que sirviera de ejemplo a los futuros delincuentes.

Me centré en perseguir a la banda de Lince, que era mi absoluta prioridad, y dejé que los demás efectivos policiales se ocuparan del banco.

Lince y los suyos subieron con rapidez a un Ford blanco que les esperaba en la esquina de Fernando el Católico. Corrimos a nuestro coche para perseguirlos.

Conducía Prieto, yo iba de copiloto y Castilla detrás. Le ordené a Prieto que siguiera el Ford blanco tan rápido como pudiera, aunque sin encender la sirena para mantener la discreción. Normalmente conducía Carla Ruiz, pero como estaba medio loca su comportamiento al volante era imprevisible. Prefería tener a Prieto a mi lado. Mejor que Carla siguiera de vacaciones en su caluroso piso de Argüelles, pensando en un anillo de compromiso que ese canalla de Lince quizá nunca le iba a regalar.

Como esperaba, el Ford blanco escapó hacia el Oeste a gran velocidad. Le seguíamos a mediana distancia. Casi deseé que el Ford blanco tuviera un accidente, de los que por desgracia ocurren a diario en la gran ciudad por la velocidad: así se acabarían nuestros problemas. Sólo debíamos tener cuidado de no sufrir un accidente nosotros, así que le indiqué a Prieto con la mano cierta prudencia en la conducción.
Pasamos el Templo de Debod y ya en las afueras el Ford blanco se refugió en una casita en ruinas, de ésas que suelen usar los drogadictos y vagabundos.

Lince no se había atrevido a salir a las autopistas, donde sabía que sería presa fácil de una emboscada policial. Ellos vieron que les estábamos siguiendo. Pero ahora estaban aislados en un descampado.
Sería como un juego de niños. Llamé a la comisaría y les indiqué nuestra posición, para que enviaran a todos los efectivos disponibles. Nos preparamos para asediar la casa y luego asaltarla. Así moriría de una vez ese sucio atracador de Lince.

* * *

Para mi suerte, el comisario Rivas tenía también interés en acabar de una vez con los delitos impunes de Lince. Me envió tres coches repletos de agentes, encabezados por el subinspector Arnedo, bien equipados y con fusiles de asalto G36.

Arnedo me puso al día. Gracias a Lince, la turba seguía descontrolada en el banco haciéndose con todo el dinero. Por lo que sabían, a los empleados y clientes no les había pasado nada, y Lince no se había quedado con nada, así que quedó una vez más como un héroe. Era lo que yo más detestaba, esos malhechores simpáticos.

Entre el desorden de la oficina habían intentado rescatar al joven director de la sucursal, Gonzalo Contreras, que le había endosado obligaciones subordinadas a cientos de sus clientes, atrapando sus ahorros. Pero por lo visto era un señorito tarambana, un rubito que andaba siempre bien vestido y la mitad de los días no aparecía por la sucursal, pues prefería aprovechar todas las aventurillas femeninas que se cruzaban en su camino. El resultado fue que la oficina bancaria se quedó sin un euro.

Fueran cuales fuesen los planes de Lince, ahora los teníamos atrapados. Arnedo me informó de los otros componentes de la banda, cuatro en total. Acompañaba a Lince el Garci, un presidiario reincidente con quien Lince se había fugado de la cárcel, y que desde entonces le acompañaba en sus fechorías. También estaban el Joaquín y el Germán, otras dos perlas que Lince había reclutado de la Cañada Real, con antecedentes por hurtos y trapicheos de drogas, pero éste era su primer asalto a mano armada.

Como era mi obligación, les conminé por altavoz a que se entregaran como su única opción, aunque deseando en mi fuero interno que no lo hicieran. Desde lejos vi que Lince asomó su bonita cabeza rubia por el hueco de una ventana, y nos gritó que jamás se entregarían. Con disimulo, yo suspiré satisfecho.
Rodeamos por completo la casucha, para que no escaparan de ninguna forma, pertrechados mis hombres con las HK y los fusiles. Las autoridades estaban decididas a que ese tipo de incidentes con los bancos no se repitieran bajo ningún concepto, para evitar que el caos de la crisis económica se desbordara. Si los atracadores no se entregaban, teníamos licencia del comisario Rivas para reducirlos, y si oponían resistencia, abatirles. Así daríamos ejemplo, la gente de todo Madrid y de toda España sabría que no se puede ir asaltando bancos por ahí, por mucho que hubiera apuros económicos y que los atracadores regalaran el dinero al pueblo con tanta alegría.

Al verse rodeados, Lince pidió parlamentar. Dijo que él saldría sin armas al descampado ante la casita, y que yo también debía acercarme solo. Me pareció buena idea, verle la cara a ese mangante antes de que muriese.

Él prometió que sus hombres no dispararían al acercarme, aunque a esas alturas de la vida yo ya no tenía mucho miedo a la muerte. En todo caso, dejé a Arnedo la orden de que, al oír el primer disparo, frieran la chabola y a todos sus ocupantes a balazos, sin pararse a detenerlos.

Bajé a pelo, sin el equipo y desarmado. Lince me esperaba en el descampado, con su sonrisilla de granuja. El muy tonto se había puesto para el atraco una bonita camisa floreada sólo para fardar. La verdad, no sabía qué había visto Carla Ruiz en ese truhán, por muy atractivo que fuese.

- No tenéis escapatoria – le dije –. Sólo os queda entregaros y pasar unos buenos añitos en una cárcel de alta seguridad, para que esta vez no vuelvas a escaparte.
- Yo puedo escapar de cualquier cárcel – repuso –, pero no nos entregaremos a este sistema corrupto, con leyes que sólo favorecen a los fuertes y justicia para los especuladores, mientras el pueblo pasa necesidades.
- Sí, ya veo que tu justicia es mucho mejor.

Acusó el sarcasmo y replicó:

- Al menos no soy un lacayo del poder corrupto como tú.
- Muy bien. Entonces preparaos para morir, porque este sistema no quiere bandidos como vosotros.
- No tan rápido. ¿Ves este móvil? Una llamada a cierto número y explotarán los diez quilos de dinamita que dejamos escondidos en el banco. Puede que haya cinco víctimas, o puede que sean cincuenta.
- Vaya – dije –, ahora veo al verdadero Víctor Lince. Un criminal. Eso de la bomba ya es algo muy serio que debo consultar a la comisaría.
- No nos cogeréis vivos. Si no nos dejáis marchar ahora mismo, llamaré y la bomba explotará. Quítamelo si puedes.
- Si haces eso, no te casarás en tu vida con Carla Ruiz.
- ¿Te molesta que me quiera una policía – me espetó –, o es que tú también estás enamorado de ella?

Alcé la mano para que mis compañeros lo vieran a lo lejos y no dispararan. Lince me miró con curiosidad. Entonces le solté el primer puñetazo, a ver si era tan hombre y tan buen luchador como decía.

Nos liamos en una buena pelea de lucha libre. Me llevé golpes hasta casi no sentir la cara, pero le solté a Lince más aún. Al final lo derribé al suelo, le di sólo tres o cuatro puñetazos más en la cabeza, para que no perdiera del todo el conocimiento, y le quité el móvil para guardarlo a buen recaudo.

- Preparaos para morir – le dije –, y porque soy un hombre de honor, al contrario que tú, que si no te remataba en el suelo ahora mismo.

Al verlo los atracadores de la casucha, empezaron a dispararme. Corrí serpenteando de vuelta al coche para protegerme.

Los atracadores salieron para recoger a Lince, que seguía medio desmayado. Entonces di la orden y mis hombres dispararon sobre el Ford blanco y la casita derruida. Yo mismo cogí un fusil G36, escupí sangre de la pelea y me apunté a disparar.

No dimos tregua a las ráfagas, ni pensábamos hacer prisioneros en esa batalla, para evitar el fuego cruzado y acabar cuanto antes con los atracadores.

El Joaquín y el Germán cayeron abatidos frente a la casa. Ellos se lo buscaron. Lince consiguió volver a la chabola, ayudado por su fiel Garci.

Así que empezamos el asalto. Nada me pone más que cazar una buena pieza. Me puse rápido el equipo: chaleco antibalas, bragas, gafas protectoras, casco y guantes, todos de imponente color negro. Ordené a Prieto y Castilla, igualmente equipados, que me siguieran, y a los demás hombres que nos cubrieran desde sus puestos.

Disparando a cada trecho, dejamos la casita en ruinas hecho un colador. Comprobamos que el Joaquín y el Germán estaban bien muertos, antes de ver lo que había en el interior de las ruinas.

Encontramos el cuerpo de Lince entre los escombros, desfigurado por los disparos y la sangre, pero se reconocía su rubia cabellera y su estúpida camisa floreada. Nos sorprendió que el cuerpo de Garci no estaba.

Minutos después, todos los hombres registramos la casita y los alrededores palmo a palmo, pero el cadáver del Garci seguía sin aparecer. Era el ratero más experto y de algún modo había logrado escapar, al ver que ya no podía hacer nada por Lince.

* * *

De vuelta en la comisaría, fuimos recibidos como héroes. Les llevábamos nada menos que el cadáver de Lince y de casi toda su banda como trofeo. Al hecho de que el Garci no estuviera no le dieron demasiada importancia. El comisario Rivas se aprestó a apuntarse el tanto: llamó a las autoridades para comunicarles el éxito y convocó una rueda de prensa con que explicar sus importantes logros ante los periodistas.

Sólo hubo una nota discordante. Carla Ruiz se presentó de repente en mi despacho hecha una furia.

- ¿Ya se te han terminado las vacaciones? – le dije con cierta sorna.

Se me encaró desencajada y tan pálida, que había perdido la belleza por momentos, como si se hubiera convertido en la bruja que era en realidad.

- Escucha – le dije –, antes o después tenía que ocurrir. Lince era un delincuente. No te convenía en absoluto.
- ¿Y tú me convienes más, viejo amargado?
- ¡Ja! Ya no te querría ni como criada. Pero mientras sigas aquí de agente, tendrás que cumplir mis órdenes.

Carla sacó la porra que traía disimulada en la espalda y se me abalanzó.

- ¿No irás a agredir a tu superior en plena comisaría? – le dije –. Espero de ti un poco de comprensión en todo esto.
- ¡La que tú tuviste con Lince, puerco cabrón!

No me esperaba que los celos de Carla llegaran a ese punto de traición. Me golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas hasta que perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en el hospital. A mi lado vi al subinspector Arnedo. En seguida le pregunté por Carla Ruiz. Me dijo que había huido. Me contó también que lo de la bomba había sido un farol, como me suponía. Y la casita en ruinas antes lo había sido de contrabandistas: tenía un pasadizo oculto que llegaba hasta el Parque del Oeste, por donde el Garci había escapado.

El que eligieran aquella casucha para refugiarse, en apariencia indefensa, no había sido casualidad. Sobre todo porque Arnedo me contó los resultados del forense: el cuerpo que creíamos de Lince, vestido con sus ropas y acribillado con nuestras propias balas, era en realidad el de Gonzalo Contreras, el director de la sucursal de TuBanko, bastante parecido a Lince, que la banda se había llevado secuestrado en el coche para poder dar el cambiazo.

Lince nos había vuelto a engañar. Seguía vivo por ahí, en compañía de su fiel Garci, y buscando la compañía de mi ayudante, la agente Carla Ruiz.

Me di la vuelta en la cama, maldiciendo de todo.

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