• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La luz y la oscuridad en un cuento de Moravia

    por Marina Burana



"La reflexión pertenece a un momento sucesivo o anterior al de la acción.
Durante la acción nos guían reflexiones pasadas y ya olvidadas,
transformadas en pasiones en nuestro ánimo".
Alberto Moravia en "El desprecio"

No saber si se ha hecho o no, entrar en las tinieblas del olvido, buscar en los rincones de la mente cualquier indicio que confirme o niegue que ha sucedido o que aún debe suceder. Ese es el camino que recorre el protagonista de "Un horrible bloqueo de la memoria" de Alberto Moravia, al no poder recordar si ha hecho algo que no sabemos bien qué es. Sólo se nos da la pista de que se trata de una acción relacionada con una pistola, pero mientras el personaje intenta volver atrás en su memoria para reconstruir el derrotero que siguió hasta encontrarse en medio de un embotellamiento sin saber en verdad si ejecutó lo que tenía que ejecutar, uno se deja llevar por una impaciencia casi frenética al querer saber qué pasó o qué pasará.

Se arman, así, dos mundos paralelos y convergentes. Por un lado, el narrador presenta la realidad "externa" como un espacio desde el cual le llegará el conocimiento de si en verdad se realizó o no la acción. En esa realidad buscará pistas, indicios que lo ayuden a entender su situación, pero sólo serán respuestas externas a su incertidumbre, y no un trabajo de la memoria. Ésta se encuentra activa en otro espacio que podríamos llamar "interior", desde el cual el narrador alcanzará el fin de su dilema sólo en base a una puja intelectual e íntima. El mundo externo es presentado como luminoso. Es el de las luces del semáforo, el de la ciudad. El mundo interno es oscuro, intrincado. Sin embargo, en la luz está la real oscuridad, el verdadero generador de vacío: es cuando se levanta y prende la lámpara de su habitación cuando el personaje pierde la memoria. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. En su interior él se encuentra satisfecho, cómodo, casi en su centro. (...) Sentí, en compensación, que la oscuridad me "apetecía", que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno.

El personaje pretende dejar al mundo interior, es decir, a la memoria, esclarecer su problema. Su búsqueda frenética empieza cuando decide él mismo desandar el camino andado para comprender dónde comenzó su amnesia. De este modo, a lo largo del cuento se desdobla su realidad en la oscuridad y la luz; la verdad exterior, por un lado, que sin tregua lo ataca, lo atosiga mientras él prosigue con su imperiosa búsqueda personal, interior; y por otro lado, ese mundo íntimo que no se deja atrapar y que es rico e intrincado como el desierto, la oscuridad deliciosa. Alguien podría encontrar paralelos en las filosofías que pregonan una búsqueda equilibrada desde adentro hacia afuera y no desde afuera hacia adentro. En el cuento, la realidad está tanto afuera como adentro, pero el camino en ambas es distinto. No es poco frecuente encontrar en Alberto Moravia la idea de que las "circunstancias", los "objetos" dictaminan de forma invasiva y abusiva los pasos de los hombres, acaso acosándolos, en sus intentos por encontrarse a sí mismos dentro de sus desiertos personales.

El narrador es impaciente, pero perseverante. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Antes de que el embotellamiento se resuelva (un paralelo de su bloqueo mental), debe triunfar por sobre las fuerzas externas. Debe, de alguna manera, hacer de su entorno, un producto de sí mismo y no al revés.

Por otro lado, esa necesidad increíble de saber lo que sucederá o sucedió, plantea un espacio de incertidumbre para el lector, quien adopta la misma actitud del protagonista pero respecto a la resolución del cuento. El narrador deliberadamente empuja al que lo lee a que se abstraiga de su realidad hasta que el cuento termine, y que así, llegue al final del dilema rápidamente, antes de retornar a su realidad. El cuento es el embotellamiento del que no parece haber salida, pero del cual en el fondo se espera, eventualmente, escapar.

La acción no se recuerda porque forma parte de la inconsciencia. Debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. La acción, como diría Moravia mismo en otro escrito, es el producto de un mecanismo espontáneo, lejano a la reflexión, a la búsqueda intelectual. Sucede en el ámbito de la luz, pero no como producto de ese mundo ni del mundo de la oscuridad, sino como un momento preciso que nace luego de la conciencia, pero que en sí mismo es inconsciente; fluye sin ataduras de ningún tipo.

El final es trágico, ya que los autos comienzan a moverse y el personaje entiende que no será él quien, finalmente, descubra si pasó o no la cosa. Se lo revelarán los objetos y las circunstancias. Y de este modo, no sólo se sella su destino, sino el de todos los hombres, quienes, en general, aunque intenten con todas sus fuerzas, siempre serán víctimas de la intromisión del engañoso mundo de la luz, de las crueles artimañas de lo externo.

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