• Juan R. Mena

    Contraluz

    Inquietudes expresivas

    por Juan R. Mena


Recordemos aquellos versos de Verlaine sobre qué es poesía. dando una idea de la delgadez en cuanto a retórica y ayudándose con matices del simbolismo ya iniciado por Baudelaire:

Que tu verso sea la buena ventura
esparcida al viento crispado de la mañana
que va floreciendo menta y tomillo...
Y todo lo demás es literatura.

A esto tal vez lo espoleaba Mallarmé y lo que escribía su amigo Rimbaud. La poesía más sugerida que explicada.

Recordemos la diferencia entre el ergon y la energeia de Croce.

Recordemos también la audacia del expresionismo cuando apelaba a la subjetividad para perder de vista la realidad, obligada a pasar por el tamiz de la lógica cartesiana.

Un paso más, y entramos en el surrealismo, en que se consuma el proceso del divorcio con la realidad que induce al poeta a un texto con sintaxis obediente a los esquemas gramaticales clásicos y a la semántica dócil a lo convencionalmente inteligible, lo trasnochado y fácil de reescribir.

No hay poesía sin una gota de ensueño, de onirismo, de mitologización de un elemento de la naturaleza o del alma humana que transporte ficticiamente al lector a una experiencia íntima que roce lo inefable como toque de huida de una realidad agobiante, o bien, si retornamos a la poesía apoyada exclusivamente en el significado, cumpla el aforismo del poeta parnasiano francés Leconte de Lisle (1818-1896): “Sólo hay poesía en el deseo de lo imposible o en el dolor de lo irreparable”. Lo temático y la novedad expresiva, cara y cruz de la moneda del arte.

A pesar del dilema con tono dramático del poeta francés, hemos de tener en cuenta que la poesía es creadora porque supera el lastre del pasado, el pasado inmediato y no necesariamente remoto.

He aquí un poema de Miguel Hernández en que podemos apreciar el esfuerzo del autor por renovar la expresión poética por encima de la expresión desgastada por el uso literario.


CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

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