• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    El retrato de Oscar Wilde

    por Manuel del Pino


El ser humano más extraordinario que conocí, queridos lectores, en todas las aventuras de mi juventud, fue el dandy inglés Henry Teal.

Sí, aún quedan algunos dandys como los de antes, la mayoría de factura inglesa. El Henry Teal que traté vivía ya apartado de todo en su casita de Marbella, no en Puerto Banús, sino en el casco antiguo de la Marbella castiza, el barrio de pescadores, con casitas blancas de dos ventanas y un balcón con macetas, que tienen más encanto que todos los yates y mansiones chillonas del mundanal ruido.

Teal vestía siempre camisas de seda y chaqueta cruzada, incluso en verano. Yo sabía que le gustaban los libros de Oscar Wilde, así que cuando me invitó a su casa le llevé una edición antigua de El retrato de Dorian Gray como presente, que busqué por todas las librerías de viejo de la Costa del Sol.

Henry Teal recibió mi obsequio con cortesía inglesa, diciéndome contento que no poseía esa edición del Dorian Gray, aunque como era de esperar conocía esa obra a la perfección, y lo demostró recitándome de memoria el famoso primer párrafo, que alude a olorosas flores en un jardín evocador.

El modesto despacho de Teal tenía bastantes libros en las estanterías y un moderno portátil Apple en la mesa de trabajo, pero sólo tres cuadros, y dos de ellos eran de Oscar Wilde, su ídolo literario. En uno de ellos posaba el joven Wilde, atildado y casi insolente, y en el otro, como contraste, el Wilde próximo a la muerte, abotagado y con el rostro ya presa de la desolación.

El joven Oscar Wilde que lo había tenido todo, éxito literario, fama y riquezas, sufrió cárcel y huyó asqueado de su Inglaterra en la madurez, para morir en la miseria, solo y enfermo en una pensión de mala muerte del sur de Francia. Y todo por su amoral exhibicionismo, su vida licenciosa, su amor efébico, que fue jugar con fuego en una Inglaterra menos liberal de lo que podría parecer.

Era curiosamente como si a Oscar Wilde le hubiera ocurrido lo mismo que al protagonista de su obra, ese retrato de Dorian Gray que se va deformando con el tiempo por caer en la inmoralidad. Sólo que en el caso de su autor, fue la vida real quien le arruinó de manera lenta, dramática e imparable.

Y más llamativo aún, a Henry Teal le estaba sucediendo otro tanto. Se notaba que había sido un joven guapo y elegante, pero ahora sus facciones se estaban ajando presa del fracaso y el dolor, en un rostro melancólico envejecido, canoso el ralo cabello y ojos hundidos de alguien que ya está casi muerto o peor que muerto.

Pero ahí se encontraba, con su camisa de seda, su chaqueta cruzada y sus ademanes de dandi. Me hizo el gesto ante su cara, extendiendo en forma de “L” los dedos índice y pulgar de la mano derecha.

- ¿Es usted Lince? – preguntó con acento inglés.
- Así es – le respondí con el mismo saludo.

Observé el tercer retrato que colgaba en la pared tras Henry Teal, parecía un personaje importante, pero para mí resultaba desconocido.

- ¿Y quién es ése? – pregunté señalándolo.

Teal suspiró antes de contestar.

- Es Alan Turing, el precursor de la informática.
- Ah, un científico. Creí que usted era un hombre de letras.

El retrato de Turing mostraba a un caballero inglés severo y normal, de principios de los años cuarenta, con rostro equilibrado, cabello moreno y chaqueta americana. No se le notaba a simple vista que fuera un gran sabio.

Como hacía mucho calor, Teal fue a la cercana cocina y me ofreció un refresco con mucho hielo, que bebí en un santiamén. La casita del inglés era pequeña pero cómoda. Teal me miró mientras tragaba su refresco y me dijo:

- ¿Sabía que Turing trabajó para el gobierno inglés durante la guerra? Era un genio de los códigos matemáticos, y ayudó a descifrar el Código Enigma de los alemanes. Así sabían dónde iban a atacar los malditos nazis, de modo que no era un capricho teórico, ayudó mucho a los aliados a ganar la guerra.
- Curioso – dije, apurando el refresco helado.
- Tras la guerra le acusaron de homosexualidad y le condenaron a una castración médica humillante. Turing no pudo soportarlo y poco después se suicidó, comiendo una manzana que había envenenado con arsénico. Hasta su muerte fue especial– Teal señaló a su portátil –: ¿Y sabía que el icono de Apple, una manzana mordida, es un posible homenaje al gran genio cibernético de Turing, que se suicidó así porque su cuento favorito era a su vez Blancanieves? Pero mal se lo pagó en vida el gobierno inglés. Aún no le han rehabilitado para la historia.
- Igualito que Óscar Wilde – dije.

Teal asintió. Estuve a punto de añadir: “E igual que usted, supongo.” Pero preferí dejarlo estar. Era evidente que él cargaba con ese fantasma.

- Wilde es mi hombre de letras más admirado – repuso Teal –, y otro tanto me ocurre con Turing como científico.

Pensé que sus preferencias eran un tanto arbitrarias, movidas ante todo por sus gustos personales, pero me di cuenta de que la cuestión era más complicada en cuanto Teal siguió con su sinuoso discurso.

- Turing era un genio descifrando códigos lógicos, Wilde era un genio con las palabras. Y yo, en mi modestia, he destilado lo mejor de ambos para crear mi propio perfume. Le llamo Onomancia. ¿Sabe qué es la Onomancia, señor Lince?

Me encogí de hombros.

- Pues se lo voy a explicar. Ya está próxima mi muerte, así que no me importa. Además, para eso le he llamado. La Onomancia es el arte de adivinar por las palabras. Por ejemplo el Quijote, ¿sabe que contiene un montón de códigos ocultos? Vuestro Cervantes era un zorro, que tuvo que llevar una vida secreta también. No me refiero sólo a lo que se puede leer entre líneas en el Quijote, sino a códigos cifrados incluidos en el texto, conectando palabras e ideas sin aparente relación. Se trata de combinar los algoritmos lógicos de Turing con las sentencias ingeniosas de Óscar Wilde.

Supuse que aludía a la supuesta homosexualidad atribuida a Cervantes en los últimos tiempos, pero no quise escarbar más en el pozo.

- La Onomancia tiene múltiples aplicaciones – siguió Teal –. Por ejemplo en las declaraciones oficiales de los gobiernos, a través de sus portavoces y embajadores en televisión, o sus notas de prensa en los grandes periódicos y en Internet. ¿Sabe que los principales gobiernos están empleando códigos ocultos para comunicarse?

Me di cuenta de que estaba ante un loco. Las seguras desgracias que había sufrido en su vida habían trastornado al pobre señor Teal. Sería mejor que empleara su tiempo en escribir ciencia ficción, antes que en semejantes majaderías.

- Sí, he descubierto cosas muy interesantes, referidas a la especulación contra el euro, el hundimiento económico de países enteros y las nuevas relaciones de poder entre las grandes potencias del mundo.

Empezaba a impacientarme. Se notaba que Teal no tenía mucho dinero para pagarme por realizar cualquiera de sus paranoias, así que no quería perder el tiempo. Pero no me dejó irme, siguió con su verborrea guiri.

- ¿No sabe lo que está pasando? Su España, que tan generosamente me ha acogido, y todo el Mediterráneo civilizado llegan a su fin. La Europa norteña con Alemania a la cabeza quiere someter al sur para siempre. Así Alemania se desquita por fin de la humillación por las dos guerras mundiales. Y a Inglaterra no le importa, prefiere seguir fuera del euro, incluso están ayudando con su especulación desde la City. A Estados Unidos también le interesa el caos europeo, y no digamos a Rusia o a China.
- Y todo eso lo ha descifrado usted solo.

Teal sacó el pen drive de su ordenador Apple y lo blandió ante mí como si fuera un espadachín del siglo XVII dispuesto a batirse.

- Poseo las pruebas en los textos de los propios gobiernos, y los códigos que he empleado para descifrarlas de un modo analítico y lógico. Aquí está todo. Sé que usted tiene contactos en la policía. Lléveles la información y cuénteselo todo. Yo no puedo hacerlo, mi vida peligra. Y tenga mucho cuidado, porque la suya también.

Ya no pude reprimir más una carcajada.

- ¿Y cómo va a pagarme? – dije.
- Esta casa es suya. Yo no tengo a quien dejársela, y pronto estaré en un mundo mejor. La pondré a su nombre si hace que todo salga a la luz y se rehabilite mi figura también para la historia, aquí y en mi país de origen. ¿Qué le parece? ¿No le gustaría disfrutar de una casita en Marbella? Pero tenga mucho ojo, su vida peligra.

Para salir de allí, cogí el pen drive y lo guardé en mi bolsillo. Así podría librarme de ese pobre orate, del que no creía ni una palabra.

Afuera respiré a mis anchas. Lucía un sol espléndido y veraniego sobre las calles medio sombreadas. Todo estaba tranquilo y radiante.

Entonces sentí el golpazo en la cabeza que me hizo perder el conocimiento.


Desperté en la comisaría de Marbella –un edificio moderno, blanco y casi bonito en la avenida Arias de Velasco –, esposado a la silla de una de las mesas de los inspectores. Había un gran trajín de polis de uniforme y de paisano, gritando órdenes y discutiendo. Yo tenía un tremendo dolor de cabeza, parecía que los sesos se me fueran a derramar como gelatina, y casi lo deseaba.

Frente a mí estaba el flamante inspector Jorge Leiva, de paisano, venido de la comisaría de Centro de Madrid. Tenía su cara de lúcido amargado de siempre, ya madurito, incluso en una bacanal del paraíso estaría triste.

Tras él me miraba con curiosidad su ayudante Carla Ruiz, la cabeza algo ladeada, sus grandes ojos miel de soslayo, los labios entreabiertos y su melena castaña cayéndole por los hombros de una camisa alegre veraniega.

Me habían cazado por fin.

- Esto es maltrato policial – dije –. Ni siquiera me llevasteis al hospital.
- Te encontramos en la calle – dijo Leiva –. Y conocemos tus artes para escapar.

Tanteé como pude mi bolsillo.

- ¿Dónde está el pen drive?
- ¿Qué pen drive?

Maravilloso. La poli o quien me golpeó me lo había quitado. Ahora toda la información de Henry Teal estaba en manos desconocidas. Quizá no estuviera tan loco y guardara de verdad secretos valiosos. Si no, ¿por qué todo aquello?

- ¿Puedo irme? – dije, tirando inútilmente de las esposas.
- Me temo que vamos a acusarle de asesinato – dijo Leiva.
- ¿Asesinato? ¿Qué asesinato?
- Vamos, no disimule señor Lince. Hemos encontrado a míster Teal muerto en su casa, de veneno hasta las cejas.
- ¿Con una manzana envenenada medio mordida?
- Exacto, ¿cómo lo sabe? Porque eso nadie lo sabe.

Alguien se había tomado muchas molestias en hacerme parecer un asesino, y lo estaba logrando con todos los detalles.

- ¿Y por qué se supone que lo hice?
- Míster Teal – dijo el inspector Leiva – estaba metido en trapicheos turbios de conspiración, y ésa es tu especialidad.
- ¿Y qué le he robado, si puede saberse?

Leiva depositó unos papeles garabateados ante mí.

- Éste es el borrador del testamento que estaba redactando Henry Teal cuando murió. Usted es el beneficiario único de la casa donde vive. ¿Curioso, no?
- Ah, y como iba a regalarme su casa, por eso lo he envenenado antes de que lo hiciera, ¿no? Pues vaya lógica.
- No se vaya por las ramas. Usted es el último que le vio. Tenemos sus huellas en un vaso de refresco. Usted es el único que conoce los detalles de su muerte. Quizá hubo una pelea entre ambos, y usted decidió acabar con todo.
- Después de una gran bronca, le dejé una manzana envenenada que él se comió tan tranquilo, mientras redactaba su testamento donde me dejaba a pesar de todo la propiedad de su casa. Brillante, inspector.

Carla Ruiz soltó una risita maligna. El inspector la fulminó con la mirada y ella calló para no empeorar las cosas, pero intercambió una mirada conmigo, antes de dedicarse a ordenar unos polvorientos archivos por quitarse de en medio.

- Y sobre todo – añadí –, si yo maté al señor Teal por una simple pelea, ¿por qué se han molestado ustedes en venir desde Madrid?

Leiva se rebotó hecho una furia. Ordenó a los agentes más cercanos que lo dispusieran todo para que Víctor Lince pasara a disposición judicial cuanto antes, acusado del asesinato alevoso del señor Henry Teal.

La agente Carla Ruiz me miró de reojo. Yo le sonreí y le mandé un besito en el aire. Ella me volteó su bello rostro con desprecio.


Esa misma noche llegó en un vuelo desde Inglaterra el comisario Roger Anderson, uno de los peces gordos del New Scotland Yard. Le acompañaba en la comisaría el cónsul del Reino Unido nada menos. El inspector Leiva también estaba arropado por altas autoridades nacionales, que le acechaban con discreción.

Pusieron mucho interés en interrogarme, antes de conducirme a las dependencias judiciales. En una sala especial yo le canté todo lo que querían saber a ese público selecto y patético. Asesiné a míster Teal para robarle su casa, un poco más y confieso también que yo maté a Marilyn, con tal de que me dejaran en paz y pudiera seguir con mis planes, pues tenía cosas muy intrigantes que comprobar. Roger Anderson dirigía la farsa, el inspector Leiva me hacía las preguntas y la agente Carla Ruiz lo consignaba todo en el ordenador para constancia futura en el juzgado. El cónsul y las autoridades oían mis declaraciones meneando la cabeza, por tener que oír semejante escándalo de un granuja delincuente como yo, ellos que eran tan buenos y altos ciudadanos.

Cuando estuvo terminado, para que se quedaran tranquilos del todo, el inspector Leiva sacó el pen drive y se lo entregó al comisario Anderson, quien lo machacó en la mesa con la culata de su pistola reglamentaria. Ellos eran los únicos testigos, nadie más sabría nunca lo que había pasado en esa habitación hermética. Así las autoridades suspiraron aliviadas y decidieron que era llegado el momento de trasladarme al juzgado para que pagara por mis delitos.

Yo entiendo bien el inglés. El cónsul les prometió a las autoridades, entre otras cosas, que le pediría formalmente a su gobierno que cesaran las especulaciones de la City para hundir la economía española. Algo era algo.

También hablaron de la muerte del pobre Henry Teal: aunque tenía preparada una manzana con arsénico para suicidarse como su admirado Turing, en realidad murió porque le descerrajaron dos tiros en la nuca.
Después se olvidaron de mí. El cónsul se fue con las demás autoridades para asistir a su fiesta marbellí de esa noche en Puerto Banús. El comisario Anderson sólo les acompañaría unas horas, porque al día siguiente tenía que volver a Inglaterra.

El inspector Leiva y la agente Carla Ruiz fueron los encargados de trasladarme al juzgado en el coche policial, como los pringados de turno que eran.

Leiva conducía y Carla me custodiaba en la trasera del coche.

Le lancé a Carla otro besito al aire y sonriendo le hice el gesto de “L” ante mi rostro con los dedos índice y pulgar, que en este caso significaba: “¿Qué te parece toda esta farsa? ¿Vas a dejar que me condenen por asesinato siendo inocente?”

Carla me miró con estirada arrogancia y alzó el dedo índice queriendo decir: “Me debes una.” Sin que el inspector se diera cuenta, en la oscuridad del coche, Carla estiró el brazo y alzó el seguro de mi puerta, abriéndola un centímetro.

Salté del coche en plena calle.

Estaba acostumbrado a rodar por el suelo.

Me levanté y corrí por las calles nocturnas de Marbella, entre la gente elegante y cosmopolita que salía a divertirse de fiesta.

La poli ya no supo de mí en bastante tiempo.

Pero no corrí a azar, sino hasta el barrio tranquilo de blancas casitas de antiguos pescadores donde vivió Henry Teal.

Eché mano a mis ganzúas en el bolsillo. Con una pequeña me quité las esposas.

La casa del infortunado Teal estaba precintada por la policía, pero hacía ya horas que los de inspección del laboratorio se habían marchado.

Esperé a que no pasara nadie. Trepé y entré por el balcón del primero piso.

Dentro, el despacho seguía igual, sólo que sin Henry Teal.

Encendí el ordenador Apple, que no se había llevado la policía, lo que sólo podía significar una cosa: en el portátil no había nada, Henry Teal se había cuidado de borrar los archivos antes de morir. Toda la información estaba en el pen drive que me había dado y la policía destruyó después. Pero tanta precaución no le había servido de nada para salvarle de la muerte por jugar con fuego. Los periódicos airearían que yo era el asesino de Teal, ahora además prófugo de la justicia.

Redondo pero nauseabundo, como el mundo mismo. Dejé una ramita de olivo doblada en forma de “L” para que la viera la policía. Era mi firma. Significaba que yo había vuelto allí, que seguía moviéndome a mi antojo y que sabía toda la sucia verdad. Disfrutaba con ello, pues sabía que aquella señal les sacaba de quicio.

Antes de marcharme de allí para siempre, miré por última vez los retratos. El atormentado Turing seguía igual de hierático, con inmutabilidad inglesa. El joven Wilde me miraba más orgulloso e insolente que nunca. Pero juraría que el rostro del viejo Oscar Wilde se había vuelto de una obesidad y una desolación extremas, como si la muerte de su amoroso discípulo Henry Teal le hubiera sido insoportable.

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