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    ANA. Una historia real

    por Marta Díaz Petenatti


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Se llama Ana. Tiene la mirada triste y el andar cansino. La nieve se posó sobre sus cabellos; los años sobre su espalda. Sus manos, rugosas por la vida, tienen la tersura de un niño y acompañan su hablar con gestos firmes, ávidos de caricias contenidas.

A la tarde se sienta frente al ventanal, en su viejo sillón de hamaca_ quizá legado de sus padres_ y con la mirada fija mira sin ver el horizonte frente a ella. Todo parece flotar cuando se está a su lado. La transparencia de esa mirada da confianza, seguridad, pero a su vez deja ver halo de tristeza, de soledad.

Nunca habló de ella, sólo lo que todos sabemos, que nació en un pueblo muy pequeño, cercano del que ahora vive. Su amistad con Pedro hizo que luego de un noviazgo se casaran. Ese matrimonio agradó a los padres de ambos.

Ella lo quiso, lo respetó, formó con él una familia, tuvieron dos hijas y vivieron juntos hasta que él se fue de esta vida luego de convivir sesenta años juntos. Hace de eso tres años.

Ahora, sentada en la casa de su hija menor, sigue mirando sin ver a través de la ventana que la llena de nostalgias haciendo que su gesto se contraiga y que sus ojos brillen con gotitas que salpican suavemente sus mejillas tiñéndolas de plata.

Hoy nos llamó. Nos pidió a su hija y a mí _su amiga_ que nos sentáramos a su lado porque quería contarnos un cuento. Su cara cambió completamente de expresión, fue como si una luz interna y tenue, pero luz al fin, la iluminara.

Hicimos silencio, eso nos pidió hasta que terminara de hablar, no quería intromisiones por temor a perder el hilo conductual de su relato.

Así comenzó:

_Les voy a contar la historia de María, una joven que hace muchísimos años vivía en el campo junto a sus padres y hermano. Era alegre, vivaz, disfrutaba de la vida y del vivir. Sus padres la traían al pueblo esporádicamente, y cuando sucedía, su día se convertía en sol, en risas, en alegría, en disfrute. Al llegar se dedicaba a charlar con sus amigas, a recorrer negocios, a comprar hilos, agujas, lana. Era todo un acontecimiento, como lo era también cuando sus padres la traían al baile del pueblo, que se llevaba a cabo una vez al mes en un galpón que pertenecía al ferrocarril.

Gente de todos lados confluían ahí esa noche. Las jóvenes _ante la mirada disimulada de sus madres_ lucían sus mejores galas y charlaban entre sí esperando con ansiedad que aquél, a quien ya habían mirado de reojo, les hiciera una seña con su cabeza invitándolas a bailar.

Una semana antes ya empezaban los preparativos con la ropa, los zapatos, las puntillas para el cuello. El nerviosismo era tan grande como inocente, tan inocente como puro y tan puro como verdadero.

Y el día llegó_ siguió contando Ana_ era una noche muy especial donde María junto a su madre entró al baile. Era su primer baile. La ansiedad, el miedo a lo desconocido, la vergüenza, todo hacía que ella se sentara tímidamente en una de las mesas más alejadas de la pista. Ahí se reunió con sus amigas, tan tímidas y primerizas como ella en el arte de la danza.

Al rato, un elegante joven de bello rostro, vestido con un traje oscuro, se acercó donde estaba María y con un gesto amable y educado la invitó a bailar. Ella aceptó y desde ese momento hasta que terminó el baile no se separaron. Daba placer verlos bailar mientras hablaban y reían contagiados uno del otro. Hacían una bellísima pareja. Ambos tenían luz propia.

Y así siguieron encontrándose mes a mes en una cita tácitamente expresa.

Él trabajaba como administrativo en las oficinas de Ferrocarriles -cargo muy importante por ese entonces- tenía 21 años -cuatro años más que ella- se llamaba Juan Martín, era soltero, sus padres y demás familia vivían en Rosario.

Muchas chicas casamenteras se acercaban con intenciones de conquistarlo pero nunca aceptó ni siquiera un baile con nadie, y el motivo se lo dio a María cuando se lo preguntó, diciéndole: _ No puedo mirar a nadie porque estoy enamorado de usted.

Ella sintió un sacudón, porque a pesar de presentir ese sentimiento, que era compartido, escucharlo de su boca le hizo sentir la mujer más feliz del mundo.

Siguieron juntos toda la noche. Al despedirse, él se acercó a su mamá pidiéndole permiso para visitar a su hija y hablar así con el padre. Ella le contestó que hablaría con su esposo y que en el próximo baile le daría la respuesta.

A la semana, María llegó al pueblo con su hermano a comprar algunos comestibles que necesitaban en su casa. En la calle se encontró con Juan Martín quien, avisado por un amigo de su llegada, salió a su encuentro.

Al verlo, su corazón presintió que algo estaba pasando. Él se acercó y le contó que lo habían trasladado a la oficina central ubicada en Rosario, que no podía negarse puesto que era importante para su carrera y para el futuro de ambos.

Todo se nubló en su mente, perdió la noción de tiempo y espacio. Él la calmó, le explicó que su amor era más importante que una simple distancia, que debía irse al día siguiente pero que si ella se lo permitía le enviaría una carta donde le solicitaría a su padre el permiso para visitarla y pedirle la mano de ella.

Aceptó lo que le decía Juan Martín, le escribió la dirección en un papel y se lo entregó. Sus manos se encontraron, ambos temblaban, no podían acercarse más, porque la sociedad, lo prejuicios y la crianza de esa época no lo permitían, sólo sus ojos decían y gritaban todo lo que su boca debía callar.

Y se fue.

Ella volvió a su casa triste, apesadumbrada. Una oscura sombra la embargaba. Pese a la contención de su madre, esa noche lloró sin poder conciliar el sueño.

Los días pasaban demasiado lentos. Su corazón lo extrañaba. Ansiosa esperaba el día que iría al pueblo para buscar su carta al correo, sólo ese pensamiento le llevaba un poco de paz a su alma.

Y ese día llegó. Esperó mucho para que la atendieran porque se estaban cambiando a un edificio nuevo, hermoso, con olor a limpio, a recién pintado, pero ella, debido a la emoción y nerviosismo que la embargaba no podía apreciarlo en toda su dimensión, sólo sentía la boca seca, las manos húmedas y ese retumbe del corazón que no cesaba.

El jefe del Correo se acercó y tratando de suavizar su noticia, pues sabía lo que Ana esperaba, le dijo:

_ Aún no ha llegado nada, pero no desesperes, seguro llegará en cualquier momento. Ayer trajeron el correo y vuelven dentro de diez días, pasá primero por el edificio viejo y si no hay nadie, acá estaré y seguro que en ese entonces tu carta te estará esperando.

Pero no llegó ni ese día, ni los venideros. La soledad embargó su alma, se volvió triste, melancólica. Lloraba a escondidas por ese amor que recién estaba abriéndose cual flor cuando de golpe cerró sus pétalos. No entendía porqué. No podía sacarse el sabor amargo de la decepción, el dolor de la ilusión hecha pedazos, el amor que no cesaba de decir presente.

Pasaron los años, dos en total cuando Pedro llegó a su vida, luego de un corto noviazgo se casó, tuvo hijas, pero no pasaba un día en que no pensara en aquel amor que aún le quitaba el sueño y le hacía doler el pecho.

Y así vivió con él durante sesenta años. Tuvo una buena vida, pero no una vida felíz, quizá la causa fue precisamente la infelicidad de “lo que no fue”.

Ahora María tiene 81 años, hace dos que está viuda, y su rutina se rompió hace un año cuando la llamaron desde el Juzgado Comunal de su pueblo natal. No entendía el motivo de esta citación. Cuando llegó el día se presentó ante la Sra. Juez y ésta con mucha suavidad y consideración le dijo:

_María, ha sucedido algo muy extraño y como usted está involuntariamente involucrada en esto, he debido molestarla.

Sucede que luego de muchos años, casi le diría sesenta o sesenta y dos años, se ha vendido el edificio del viejo correo a un joven médico que ha llegado a nuestra localidad y que lo reciclará para instalar su consultorio.

Estaba con los albañiles planificando la futura construcción cuando entre dos pedazos de madera del viejo piso de parquet vieron la punta de un sobre. Tiraron de ella y apareció una carta destinada a usted María, fechada en Rosario en el año 1948.

Es ésta_le dijo_ poniéndola entre las dos manos que tímidamente se estiraron para tomarla.

María casi no respiraba cuando sintió la carta. Inconscientemente la dio vuelta y en su reverso decía: Remite: Juan Martín Lencina- Maipú 755- Rosario.

Rápidamente la guardó en su cartera, agradeció y salió del despacho de la Juez con un nudo en su garganta que casi le impedía emitir sonidos. Había perdido la noción del mundo que la circundaba. Su cabeza giraba, era un caos. En un instante pasó toda su vida frente a ella. Quería gritar, más no podía, quería correr, pero tampoco se lo permitía su cuerpo. Entonces, apelando al aplomo que dan los años le pidió a su hija en un susurro que la llevara a su casa.

Fue el viaje más corto en distancia pero más largo en desasosiego que tuvo en su vida. Cuando llegó le pidió a su hija que por favor la dejara sola. Entró a su casa, prendió la estufa, se cambió el calzado y se sentó en su querido sillón hamaca.

Ella sabía que sólo estaba haciendo tiempo. Pese a los años pasados no se animaba a leerla. De sólo pensar que era su letra se emocionaba. ¿Cómo reaccionaría entonces ante esa misiva que tenía entre sus manos y que él había escrito? Cerró los ojos muy fuerte y los abrió lentamente. Inspiró, y con sumo cuidado comenzó a abrir el sobre amarillento, escrito con plumín cuya tinta se había desteñido por los años, y comenzó a leer:

Rosario, 25 de Marzo de 1948

“Mi muy estimada Ana:

Hace dos días que he llegado y ya me cuesta mucho respirar sin usted.

Les he contado a mis padres el amor que nos une y ellos nos dieron su bendición. Sé que no es fácil esta distancia que nos separa y es por eso que le pido su autorización para ir a visitarla y pedir su mano.

No tenga dudas de mí, pues estoy seguro del amor que le tengo. Donde quiera que estoy le aseguro que no pasa un minuto sin pensar en usted, por eso le propongo un noviazgo corto para luego unirnos en matrimonio hasta que la vida misma diga basta.

Acá tengo un buen futuro y podré darle un buen vivir como también todo el amor que siento.

Sólo le pido que por favor me conteste diciéndome que me espera, si no lo hace, con todo mi dolor deberé tomarlo como una negativa de su parte para este amor tan grande que siento.

Rogando tener pronto noticias suyas, la saludo con todo mi amor y respeto.

Suyo:

Juan Martín Lencina”

Cuando terminó de leer, de sus ojos caían lágrimas que surcaban su cara, el pecho vibraba por la congoja. Suavemente dobló la carta, la puso dentro del sobre y luego, tomándola con sus dos manos la apretó sobre su pecho.

La mañana la encontró aún con la carta entre sus manos y con un vacío enorme en su corazón. Sus ojos parecían no tener vida y su vida parecía no tener aliento.


Ese fue el cuento mis queridas. ¿Les gustó?

_ ¡¡Ana!! amiga, ¡¡ qué triste lo que nos has contado!! La vida le ha jugado una mala pasada sin revancha a esta pareja, qué tremendo. ¡Gracias a Dios que fue un cuento!
_¿Y cómo terminó esa historia mamá? ¿así?
_¿Que cómo terminó hija? creo que no terminó, que ambos siguen amándose a pesar de no haberse visto nunca más, porque el amor, cuando es amor, es como el junco, se dobla, se arquea, se seca, pero cualquier brisa, por más suave que sea, hace que siempre se ponga en pie.

Ahora me voy a dormir, estoy muy cansada. Me hizo mucho bien contarles el cuento, quizá esta noche, luego de muchos años, pueda dormir bien.



Nota de la autora:
Esta historia es real y le sucedió a alguien muy cercano a una de mis mejores amigas. Es un poco demostrar cómo a veces el destino se ensaña y nos enseña a vivir “con lo que nos queda”.

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