• pedro pujante

    CUENTOS DEL OTRO LADO

    31 de Marzo

    por Pedro Pujante Hernández


pujante197


Caía la fría noche de hierro y salamandras, y a la vuelta de un baile de máscaras y rituales, de vino y músicas celtas comenzó ya avanzado el tiempo. El azar (esa presencia inexacta y algebraica a la vez) nos deparó un momento en el silencio de aquel país de seres remotos del norte. Aquella geografía de guerras y poetas, de niños asustados y mares gélidos, de promesas inertes y voces desnudas. Te acompañé, fingiendo no saber lo que mi alma empezaba a intuir, a aquella tu casa. Nos abrazábamos inocentemente. Nuestros cuerpos se buscaban en la tibieza de las sombras, ya comenzando a entender que eran la excusa de otra cosa, de un necesitar, de… Y es en ese momento oblicuo, cuando uno comprende que la piel es la envoltura liviana del deseo y la pobreza. Que el presente, ese segundo transitorio que se desvanece tras otro segundo y otro y otro, puede revocar todo un pasado; puede remediar toda una vida de errores. (Quizá el error de que este presente no haya ocurrido mucho antes). Porque el tiempo nos pertenece sólo unos instantes engañosos y efímeros.

Fumamos un cigarro, humo azul que se pierde en el infinito, que presencia el millar de besos contenidos. De caricias iracundas que no se dan. Pero nuestros ojos son como el mismo humo y no encuentras muros. Atraviesan los miedos y la eternidad y se pierden en los ojos del otro. Abismos deslizándose al abismo. Miradas jugando a ser eternas. Y sólo un roce de labios, que aún se demora en mi boca, cuya humedad trasciende y se esparce como el rocío en las madrugadas. Y ahí estamos agazapados en el zaguán de las horas muertas, atrapando las notas de esa música secreta que se extiende de un corazón a otro, como las alas de mariposa asustada que huye de la tormenta.

Mientras recuerdo aquella noche donde comenzó el mundo siento el exacto sabor de esos imprecisos labios, dulces y torpes, deseo y miedo a pasado, pero dulces, y cada vez menos ajenos, y menos temerosos, y ya un poco míos.

Uno llega a entender que hay varios tipos de recuerdos: de hechos que pasaron; de sucesos que nunca pasaron y que inventamos y parecen reales; y recuerdos como el de aquella noche, ese trémulo beso que se repite en una sucesión infinita, que se perpetúa y es eterno, que es el principio a pesar de que las cosas infinitas no tienen principio. Como un poema, como la vida de un ángel, como veinte sílabas en la garganta…

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