• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    Cuando las auroras tocaron a muerte

    por Ricardo Iribarren


Después que todo hubo pasado, alguien recordó las historias que duraban media hora y que, de rodillas sobre la tierra afirmabas contar a las hormigas (aunque luego confesaras con vergüenza que eran para los escarabajos)

En esos tiempos, Hiroku y yo nos deteníamos a apreciar tus relatos; introducción en un par de párrafos, el equivalente al nudo aristotélico y un desenlace inesperado por lo simple; todo ello atravesado por una constante letanía, (el antecedente de tu sonsonete). El japonés aseguraba que en tu voz había una fuerza capaz de despertar la vida o la muerte.

La primera en sanarse fue Rosarito, la hija de doña Eduviges, la Vecina Azul como se la conocía por la cantidad de prendas de ese color que acostumbraba a vestir. A los cinco años, la niña padeció un súbito cáncer en la tiroides y los médicos la desahuciaron.

Era de noche cuando anunciaron que se había sumergido en el coma; al saberlo te instalaste en la puerta de la casa y tu voz, habitualmente suave, llegó con una intensidad inesperada.

Las auroras tocaron a muerte.
Nadie murió

Luego de repetir el estribillo durante una hora, los vecinos te llamaron a silencio; en cada uno de los versos había una directa referencia a la parca, a la Huesuda como la llamaban en el pueblo y frente a la casa de la niña, tus gritos sólo aumentaban el dolor de la familia.

A la hora y media de la letanía, el padre de Rosarito salió desencajado, te exigió que te fueras y como seguías con tu canto, intentó echarte a los empujones; caíste sobre un charco que formaran las últimas lluvias, y, sin callarte, te levantaste, limpiándote apenas el barro. El padre de la niña, buscó un revólver y te apuntó a la cabeza. Amenazada de muerte, seguiste escupiendo las palabras en su cara. Fue un duelo de varios minutos del que los vecinos hablarían durante semanas. Nadie había supuesto la fuerza de tu cuerpo, aparentemente frágil como la aurora que pregonabas.

El padre de Rosarito supo que no podía lastimarte como hubiera deseado, el dolor lo derrotó y entró llorando a la casa mientras tu sonsonete continuaba, persistente, incesante como las lluvias de agosto.

Las auroras tocaron a muerte.
Nadie murió

Seguiste toda la noche, y al llegar el amanecer, la niña despertó. Rozagante, pidió juguetes, exigió comida, y entonó algunas canciones infantiles con el ritmo de tu letanía. Luego de varios exámenes, los médicos admitieron asombrados que el tumor había disminuido y el organismo recuperaba la salud.

Juan el Carnicero y Pedro el vendedor de Biblias, padecían de sendas enfermedades crónicas con muy mal pronóstico. Te plantaste frente a sus casas y durante un par de noches repetiste tu canto

Las auroras tocaron a muerte.
Nadie murió

A los tres días anunciaron que se habían curado inexplicablemente, lo que fue corroborado por los médicos.

No ocurrió lo mismo con doña Salustiana. También cantaste el sonsonete, y la anciana pensó con alivio que su catarro crónico iba a terminar, pero ni ella ni el resto de la gente percibió el cambio sutil en los versos.

Las auroras tocaron a muerte,
Alguien murió.

La anciana falleció en el justo tiempo que les había tocado a los otros recuperar la salud.

Luego de esto hubo dos curaciones más y una segunda muerte. Esta vez no se trató de un anciano, sino del propio Juan el carnicero del que habías anunciado la sanación dos días atrás. Al llegar la aurora que pregonabas y en el momento de colgar una pesada res, el gancho se clavó en su cuello, degollándolo. Los empleados encontraron el cadáver colgando sobre las vacas que iban y venían sin control, sucias de sangre

En el pueblo pasaron de la reverencia al terror. Al verte, muchos vecinos soltaban perros furiosos y algunos dispararon cerca de tu cabeza. Otros se inclinaban a tu paso y te brindaban comida, dinero y atenciones, suponiendo que con eso se librarían de tu canto. Nada sirvió para callarte.

Poco a poco te convertiste en el centro de la vida pueblerina y frente a tu sonsonete, perdieron importancia las fiestas de la iglesia o las inminentes elecciones para alcalde. Desde el púlpito, el sacerdote te llamó desagradecida, ya que siempre habías vivido de la caridad y ahora maltratabas a tus benefactores con profecías inspiradas por Satanás.

Don Ercilio, un anciano soltero, obeso y adinerado, fue tu principal apoyo. Alegaba que no tenías nada que ver con muertes o curaciones; te limitabas a señalar lo que iba a ocurrir. Con tono doctoral y levantando el dedo índice, sentenciaba: No hay que matar al mensajero. Se apiadó de ti y te alojó en una casa lindera a la suya, donde tuviste comodidades de las que nunca habías disfrutado. El anfitrión, temeroso de los ladrones, había contratado a un par de guardias que lo custodiaban a él y a sus bienes, pero aquella noche saliste de tu casa, burlaste la vigilancia y entraste a su cuarto. Lo supieron al escuchar el estribillo.

Cuando las auroras tocaron a muerte
Alguien murió.

El obeso millonario, sin creer lo que escuchaba, ordenó que te saquen de allí. ¡Maten a la perra!, gritó, contradiciendo su teoría del mensajero. Desde la calle seguiste cantando y en el afán de callarte, los guardias te golpearon hasta destrozar tu labio inferior. Alguien llamó al jefe de policía, que en ese entonces era un hombre justo y se presentó antes que te cortaran la lengua con un par de tenazas. Con el labio colgando, seguías murmurando la letanía y sólo te detuviste cuando el millonario murió de un infarto al llegar la madrugada.

A partir de entonces se desató la locura, ya que inexplicablemente anunciaste la mejoría de Felicitas, la amante clandestina del cura, que te odiaba como nadie, y proclamaste las muertes del jefe de policía y del médico que eran tus aliados. En una extraña y destructiva simetría, pregonabas el fin de los que te ayudaban y la recuperación de tus enemigos.

Hiroku, el único que había intuido la fuerza encerrada en tu voz, opinaba que esa selección absurda de curaciones y muertes, era el desarrollo de un Karma Entrecruzado, según la expresión de la escuela budista a la que pertenecía y que se basaba en cierto diseño del sufrimiento. ( Una madrugada intentó explicármelo con complicados esquemas que entendí a medias).

Recuerdo en esos días tu figura implacable en lo alto de la única colina del pueblo, levantando la mano y señalando una casa a lo lejos. Al retumbar el estribillo, todos hacían silencio. Cuando anunciaba la muerte, quien lo recibía trataba de escapar apartándose de tu lado, pero de un modo u otro, la ansiedad por seguir viviendo los conducía a su final. Agonizaban maldiciéndote, y aquellos que recibieron la salud, nunca te lo agradecieron.

En aquella madrugada, alguien te mató de un golpe seco, como liberándose de un mosquito o de una cucaracha. El nuevo jefe de policía inició una investigación que no llegó a resolverse

Un mes después de tu entierro, el loro de Doña Ildefonsa, escapó y desde un árbol pronunció las tan temidas palabras.

Cuando las auroras tocaron a muerte
Alguien murió.

La anciana falleció al llegar esa madrugada y al otro día escucharon lo que parecía la voz de un niño repitiendo el sonsonete

Cuando las auroras tocaron a muerte
Nadie murió.

Descubrieron una rata de albañal,, parada en sus patas traseras, con el hocico apuntando al cielo y cantando sin cesar. Al llegar la aurora, doña Encarnación curó espontáneamente de un cáncer que le acababan de diagnosticar.

Si tu presencia enclenque había despertado terror, el espanto de los habitantes se multiplicó al escuchar su destino en la boca de caballos, ranas, toros, insectos y hasta de los propios objetos inanimados que pretendían repetir el retintín con chillidos inarticulados.

Los habitantes del pueblo decidieron abandonarlo; eran muchos los que se habían marchado y sólo quedaban los viejos, quienes reuniendo las pocas fuerzas y enseres, montaron en automóviles y carretas y se alejaron a las casas de sus hijos o buscando destinos más promisorios.

Los que se demoraron sufrieron el anuncio de su muerte o de su sanación por parte de los árboles del bosque del sur o de los peces del estanque de la plaza.

Esta noche colgamos tu foto encima de la chimenea. La única que te tomaran con tu sonrisa tímida en días un poco más felices. Son las cuatro de la mañana y el amanecer parece demorarse. Hiroku y yo somos los únicos habitantes del pueblo . Sabemos que el sonsonete puede llegar del pico del canario, de la garganta del perro; de las negras arañas ocultas en el polvo; del roce de la luna, de los murmullos de las nubes o del eco de la caverna que se abre en la ladera norte de la colina.

Miramos tu sonrisa y seguimos esperando. En el cielo ya brilla el resplandor que precede a la aurora.

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