• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    La caiguda del Rei Artur

    por Alfonso Estudillo


Las manifiestas y profundas ideas soberanistas del presidente Artur Mas, llevadas a su máxima expresión con infinidad de manifestaciones públicas y ante todos los medios, solicitada su adhesión a todo el pueblo catalán en la creencia de que todos les votarían incondicionalmente en las urnas para elevarlo a la cúspide donde los profetas, los adalides o los reyes, me libera la imaginación para, entendiendo su desmesurado afán por conseguir esa soberanía, y viendo que la realidad le ha rebanado de un tajo la yugular de los sueños, permitirme abreviar en el título de estas letras lo ocurrido al imaginativo e ingenuo aspirante a "soberano". Y por ello el título "La caída del Rey Artur", que me he permitido poner en catalán sólo por reconocimiento y afecto a los catalanes, y a todos los que, siendo o estando allí, también son españoles. Aclarado el concepto, continúo con mi visión y opinión sobre el señor Mas y los hechos acaecidos.


Podemos entender que el presidente de la Generalitat, Artur Mas, igual que los rectores de otras Autonomías, tenga el convencimiento de que desde el Gobierno central no se le valora en su verdadera dimensión como país o unidad territorial autónoma adscrita al modelo estatal, que se le esquilman derechos o se le hacen trampas en los números a la hora de los repartos de la fiscalidad y, además, se les obliga a aceptar leyes y disposiciones que -a su criterio- no concuerdan con las que, tanto su gobierno como los propios catalanes, verían como adecuadas y necesarias para la nación catalana.

Pero, aunque los deseos de independencia son una constante en una parte del pueblo catalán -demostrado varias veces a lo largo de su historia-. el señor Mas nunca hasta ahora, ni como actual President ni antes como Conseller en Cap de la Generalitat de Catalunya -actitud ahora extensible a su segundo de a bordo, el siempre prudente y modosito Josep Antoni Duran i Lleida-, había mostrado ninguna intención visceral respecto a su idea de independizar Cataluña del resto de España. Puede que ya fuera algo más que raíces en sus neuronas, pero, sin duda, el punto de inflexión lo tuvo en las manifestaciones de la Diada del pasado 11 de septiembre.

Los numerosos grupos que componían las manifestaciones, con multitud de voces y consignas contra el gobierno, pancartas anti estado y banderas catalanas, republicanas e independentistas, no dejaban lugar a dudas sobre la imperiosa necesidad de un inmediato cambio en el modelo de estado, unos -muchos- apostando por la total independencia y otros tantos -más moderados o conscientes de la realidad- urgiendo la necesidad de un obligado reconocimiento a la nación catalana y un mayor autogobierno.

El señor Mas, crecido antes las muestras dadas por el pueblo, se atrevió a presentarse en la Moncloa a finales de octubre para cantarle las cuarenta en bastos y las veinte en espadas al Presidente Rajoy. Se trataba de que aprobara un pacto fiscal exclusivo para Cataluña que, lógicamente, por ir en contra de las actuales leyes y tratados o convenios autonómicos, e incompatible con las medidas adoptadas para la crisis, el señor Rajoy no tuvo más remedio que negar rotundamente. Esta negativa, que tanto el señor Mas como todos los medios se encargaron de difundir profusamente por los cuatro puntos cardinales, originó el cataclismo neuronal en el presidente catalán que resolvió con la decisión de una total independencia de Cataluña del estado español, la convocatoria de un Referéndum al pueblo catalán y un adelanto de las elecciones generales cuando tan sólo llevaba dos años de legislatura. Pretendía con esto último, dada la aparente predisposición observada en el pueblo en las dichas manifestaciones, más la indudable rentabilidad que le reportaría la tajante y bien difundida negativa de Rajoy a aceptar sus propuestas, que el pueblo catalán, acuciados por la idea irrevocable de la independencia, se volcara en las urnas proporcionándole, no una magnífica mayoría como la obtenida en 2010, sino una mayoría más que absoluta y aplastante que demostrara al gobierno y al mundo que los catalanes no estaban dispuestos a aguantar a nadie en sus proyectos como país.

El batacazo -como se ha podido ver- ha sido de órdago a la grande, un desastre total para el ex-presidente Artur Mas y su partido, CIU. De los 62 escaños que tuvieron en 2010 se han quedado con 50, o sea, 12 diputados menos. Un extraordinario regalo a los demás partidos, entre ellos, ERC, que con 21 escaños (11 más que en las anteriores) se erige en segundo partido más votado.

Las consecuencias son la obligación de firmar un pacto de legislatura, posiblemente con ERC, los más próximos a sus ideas de independencia, aunque también podrían ser simples pactos puntuales. Pero, aunque ERC comparte estas ideas de independentismo, de ninguna forma comparte las de los recortes efectuados por el señor Mas en los dos últimos años ni, por supuesto, las otras muchas previstas para la continuidad de esta otra legislatura. El choque de trenes lo tiene asegurado por partida doble. Por un lado el que le supondrá seguir con sus proyectos de independencia, que, además de que los obstáculos para conseguirlo podríamos decir que son insalvables, le reportará innumerables quebraderos de cabeza con las ilegalidades que pueda cometer apenas continúe con sus pretensiones del referéndum (y otras que en este momento ni siquiera podemos adivinar). Y por otro lado, la necesidad imperiosa de atender las medidas de la crisis, tanto las de índole interna como las ordenadas  y/o sugeridas por el Gobierno, que chocarían frontalmente con los planes sociales que los izquierdistas llevan en sus programas. Otro tanto podría ocurrirle si pensara en el PSC o el PP, toda vez que ninguno de los dos partidos están de acuerdo con la forma y modo en que el señor Más pretende llevar a cabo la pretendida independencia catalana.

Sobre esta última cuestión, opino que todos los esfuerzos del señor Mas debíeron ir encaminados a reuniones y charlas con todos los demás partidos políticos y presidentes y responsables de las demás comunidades autónomas con miras a conseguir un amplio consenso sobre la posibilidad de cambiar la Constitución y el modelo de estado por una federación o confederación. Se supone que esta otra forma democrática, además de que tendría una total aquiescencia por parte de la Unión Europea, dejaría resuelto toda la problemática legal en la que se vería incurso de pretenderlo por las bravas y obtendría casi la totalidad de lo que pretende, es decir, plena soberanía y, con las salvedades de ciertas obligaciones para con el Estado y la Unión Europea, un completo autogobierno. De no hacerlo así, de sublevarse contra la autoridad del Estado y las Leyes vigentes en España y la Unión Europea, debería pensar que habría la necesaria intervención -con fuerzas y medios no queridos por nadie- para restablecer el orden y la legalidad subvertidos, que Cataluña no dispone de ningún Ejército ni Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el Estado sí, y que -por si acaso sus desbarres le hicieran pensar en ello- los Mossos d'Esquadra, además de ser una fuerza limitada, ni son soldados ni nadie les puede obligar a que se consideren y actúen como tales. Si la locura le pudiera, continuara sus pretensiones por cauces no legales y llegara a la sublevación (que así se denomina la rebelión contra la autoridad y las leyes por parte de los miembros obligados a cumplirlas), no dudo que el Gobierno -con total apoyo de la UE, la OTAN, la ONU, etc.- actuaría con todos los medios que el estado de derecho pone a su alcance. Y con todas sus consecuencias. El señor Mas, si realmente está capacitado para ejercer desde el juicio, debería olvidar por completo ese camino y, de querer mantener sus ideas de mayor independencia y autogobierno, emprender el que dicta la razón que no es otro que el del federalismo.

Al margen de otras razones de orden técnico o socioeconómico, la cuestión que más podría influir sobre posibles negativas estatales (o del PP, partido que podemos suponer principal opositor) al cambio de la Constitución para cambiar el modelo de estado, y pasar de Estado Unitario descentralizado compuesto por comunidades autónomas, a un Estado Federal compuesto por estados libres federados, sería que el reparto de la soberanía dejaría fuera de concurso la Monarquía, y en consecuencia la figura del Jefe del Estado, que en este caso es ni más ni menos que la figura del Rey. Mantener la Monarquía puede ser complejo, pero es posible que existan mecanismos para que la figura del Rey, aunque sin los poderes que le confíere la Soberanía y la Jefatura del Estado, pueda persistir de forma muy igual o parecida a la actual de Rey de España. En mi opinión -creo que compartida por la mayoría de los españoles-, la figura del Rey es un valor a tener en cuenta que no debería perderse. Pienso que hay soluciones para todo, pero que deben ser producto de la reflexión y ejercidas desde la legalidad, el buen juicio y el consenso de todos los que componemos esta sociedad en los albores del siglo XXI.

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