• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Lince en Granada

    por Manuel del Pino


Cuando salí muy joven de mi Albera natal, en las estribaciones de la sierra norte de Sevilla, por la infamia de haber participado en una conspiración, me dirigí a Granada, donde gocé de sorprendentes e increíbles aventuras.

La Granada típica está en el Albaicín y bajo la catedral, hasta San Juan de Dios. Allí se aspira su olor más auténtico, a té moruno y especias, al pasar por esas calles de regusto renacentista y hasta medieval.

Es difícil ganarse la vida cuando eres un joven prófugo que no tiene nada, pero para mí eso nunca fue un problema. Me camuflé entre los estudiantes como si fuera uno más. La vida bohemia de okupa en una casa abandonada del centro me encantó. Por muy poco dinero lo tenía todo: para empezar juventud, salud y atractivo.

Vendíamos hachís para comer y con lo que sobraba nos montábamos nuestras fiestecitas nocturnas. Me matriculé en Historia por hacer algo, aunque pronto me di cuenta de que los libros no eran el verdadero camino para prosperar en la vida: sólo había que ver cómo les iba a los estudiosos, en comparación con los pillos iletrados.

Le atraía mucho a las mujeres, chicas jóvenes y sobre todo a las maduras, así que me lo planteé también de inmediato como una rápida y abundante fuente de ingresos. Las maduritas me llamaban, porque vivían solas o sus maridos estaban trabajando, y yo iba a sus pisos a consolarlas con mucho arte, disfrazado de repartidor o de técnico. Si en Albera ya era un granuja, fue en Granada donde me convertí en un pícaro total.

No sólo complacía a las mujeres, también averiguaba dónde guardaban sus joyas y se las iba sustrayendo sin que lo notaran. Ya de jovencito ganaba mucho dinero, y no sacaba más porque nunca fui avaricioso con ansia. Prefería ir con cuidado y no despertar sospechas, porque sabía que me buscaba la policía de Albera y la nacional. Aun así, me sucedió un caso tan misterioso que lo puso todo en peligro.

Porque también empecé pronto a hacer trabajitos para las señoras. A cambio de un buen dinero, le daba un escarmiento a quien ellas me encargaban. La primera vez fue a un pretendiente que al final había sido un cobarde y no se atrevió a dar el paso con la dama: ella estaba resentida con él y le di una buena paliza una noche lluviosa de otoño, dejándole herido en la calle.

Otra buena mujer quiso deshacerse de un pesado que la seguía a todas partes. Una noche que la estaba molestando en un bar, le estampé un botellazo que le dejó temblón, y luego le derrumbé por el suelo de un silletazo. No volvió a acosar a la señora. Yo salí corriendo del bar entre la gente: me estaba convirtiendo en un experto en huidas. Tenía pocas clientas, pero ganaba bastante con ellas.

El caso más extraordinario sucedió por casualidad, con la mayor inocencia del mundo, como suele ocurrir en la vida.

Estaba en la cama con una nueva clienta, a quien llamaremos Gertrudis, que miraba al techo con hastío inapetente. Aquello me extrañó bastante, pues todas las maduritas se aprestaban a devorarme con ansia.

- ¿Qué te pasa? – le dije –. ¿Tienes que pintar los techos?

Ella me lo contó todo. Su pretendiente, Fernando Bueno, ya no quedaba con ella. Las malas lenguas le contaron que se había encaprichado con una jovencita que le daba mucho más fuego. Y Fernando Bueno era el único que podía ayudarle en sus problemas económicos, porque era el director de su oficina en TuBanko. Con su pensión de viuda y una hija de 22 años a su cargo, Gertrudis ya no podía seguir pagando la hipoteca. Había invertido sus ahorros en participaciones preferentes de TuBanko por consejo de Fernando Bueno y ahora no podía disponer de ellos sin la firma de él. Y Gertrudis no era la única estafada por las participaciones preferentes de TuBanko, había muchos más, incluyendo ancianos, personas analfabetas, discapacitadas y hasta menores de edad. Era un lindo prenda, ese Fernando Bueno.
Gertrudis concluyó:

- Nadie me ampara. Ni las leyes, ni las autoridades de este país hacen nada por mí. Mi situación es desesperada. Si no me tiro por el balcón, es por mi hija.

Me hice cargo de la situación.

- ¿Quieres que le dé un serio aviso a ese Fernando Bueno?

Gertrudis me miró sonriendo por primera vez. Fue al tocador, sacó unos pendientes de oro y me los ofreció:

- Convence a ese cabrón para que firme. Y dale también un escarmiento a la putilla que me lo ha quitado.

* * *

Como me dijo Gertrudis, encontré a Fernando Bueno, como todas las mañanas, desayunando en la cafetería de la plaza de la Trinidad frente a su oficina de TuBanko.

No estaba solo. Le acompañaba la jovencita de la que Gertrudis me había hablado. Pero Gertrudis no sabía que esa joven era Clara, su propia hija, una hermosa chica rubia de aspecto apetitoso y encantador. Fernando Bueno la había conocido por ir a la casa de Gertrudis, y se había prendado de ella. Clara se lo estaba ocultando a su madre, porque Fernando Bueno, que no era ninguna belleza, sino un cuarentón obeso y miope, la invitaba a todo y la llevaba a buenos sitios, cosa que Gertrudis, ahogada por las deudas, ya no podía hacer por su hija. Digamos que todos se aprovechaban como podían y la que estaba perdiendo era la madre.

Me acerqué para saludarles y me senté a la mesa. Les hablé de los problemas económicos de Gertrudis. Se dieron cuenta de que yo sabía la verdad, así que no protestaron, para que no descubriera su agrio pastel. Fernando Bueno me escrutó con desprecio tras sus gafas de miope.

- ¿Te estás acostando con Gertrudis? – me dijo.
- ¿Y tú con la madre y con la hija? – repuse.

Me miró como si quisiera destruirme.

- ¿Qué quiere de nosotros?
- Lo sabe muy bien. Su firma.
- Jamás. Y aunque quisiera, no es posible. Eso es algo del banco.
- ¿No pretenderá seguir a la vez con la madre y con la hija?
- ¿Por qué no? – sus ojitos se iluminaron tras sus gafas de miope.

Se le había ocurrido una genial idea. Esa noche se acostaría con ambas, sólo así firmaría. Clara protestó, dijo que se avendría si yo participaba en un cuarteto. Parecía que le había gustado a la niña. Fernando Bueno se negó en redondo. Insistió en que debía ser un trio para su exclusivo disfrute. Pero Clara remarcó que sólo compartiría cama con su madre si yo estaba presente. Bueno confirmó que si la madre se avenía al contubernio esa noche, él firmaría los papeles al día siguiente y las dejaría en paz. Quedaríamos los cuatro para cenar a las nueve en la casa de Gertrudis.

Entonces sentí un manotazo en mi hombro. Al volverme me encontré con el amargo rostro del inspector Leiva. Junto a él estaba su ayudante Carla Ruiz.

- Queda detenido –me dijo el inspector, y luego le dijo a Carla– Llama a Madrid y diles que por fin hemos encontrado a Víctor Lince, en Granada.

Fernando Bueno miró decepcionado al inspector que había estropeado su orgía. Y Clara también: la niña era viciosa.

La policía me esposó con las manos a la espalda delante de todo el mundo y me sacaron custodiado del local. Una vez en el coche policial, Carla Ruiz conducía y el inspector me vigilaba en la trasera del coche.

- Vaya sucio negocio tramabas ahora – me dijo –, pero tu suerte se terminó. Carla Ruiz me miraba a veces con disimulo por el retrovisor. Sus grandes ojos color miel seguían igual de bellos y curiosos.

Me llevaron a la comisaría de Granada Centro, en la plaza de los Campos. Era un mamotreto de pabellones blancos que no había pisado aún. Pero todas las comisarías se parecen: feas por fuera y desagradables por dentro.

El inspector Leiva me presentó al comisario como un trofeo. El comisario –un cincuentón moreno y serio– me escrutó con sus ojillos y me dijo:

- ¿Así que tú eres el famoso Víctor Lince, que trae de cabeza a la policía de media España? – El comisario buscó en el ordenador la lista de mis acusaciones –: Pícaro canalla, ladrón de guante blanco, trilero, chantajista, conspirador, estafador, timador, camorrista a sueldo, burlador de mujeres, vividor sin oficio ni beneficio… Y tenías que aparecer en mi comisaría.

El inspector Leiva trató de explicarle al comisario las ventajas de mi detención, pero el comisario sabía que mi presencia significaba más bien problemas. Comenzó a interrogarme él mismo, para comprobar el verdadero alcance de la situación.

Aproveché esa baza del destino. Le expliqué que andaba detrás de esa rata de Fernando Bueno. Leiva y Carla Ruiz tuvieron que corroborarlo, pues habían oído mi conversación con el director de banco en la cafetería. La policía de Granada quería encarcelar a Bueno, pero no sabían cómo hacerlo, pues en apariencia era un buen ciudadano de prestigio, y sus víctimas aún no se habían unido para denunciarle.

A cambio de que me dejaran libre por esa vez, les expliqué cómo hacerlo.

* * *

A las nueve en punto de la noche, me presenté en casa de Gertrudis. Su hija Clara y Fernando Bueno ya estaban a la mesa.

- Creí que no vendrías – me dijo Bueno.
- Ya veo que no me necesitas – le espeté –, pero aquí estoy.
- ¿Qué pasó con la policía?
- Soy demasiado limpio para ellos.

Gertrudis me miró con desconfianza. No sabía lo que hacía yo allí esa noche, ni por qué se había presentado Fernando Bueno con su hija. Para tranquilizarla, le sonreí y le hice ante mi rostro la señal de la “L” con los dedos índice y pulgar: significaba que todo estaba bajo control y formaba parte del plan.

Se avino a que cenáramos los cuatro juntos, aunque algo mosqueada. Sin embargo Bueno estaba a sus anchas, pensando en la noche que iba a pasar con las dos. Clara me miraba con lascivia. Yo llevaba una alegre camisa estampada sobre una camiseta blanca, y había peinado cuidadosamente mi cabellera rubia. Sabía cómo encandilar a las mujeres maduras y también a las jovencitas. Clara tenía un físico adorable, que me hubiera apetecido si su alma fuera mejor.

Bebimos bastante vino, y después de la cena unas copas, para alegrarnos más todavía. Gertrudis bajó la guardia, reía a carcajadas. Su hija aprovechaba cualquier comentario para tocarme el brazo o la pierna; yo me acercaba a ella, rozándole la cara para hablarle y luego con los labios, viendo que no se retiraba.

Hice unos porritos de hachís, que incluso Bueno tuvo que fumar para no desentonar ni perder el tren de la noche: todo por su lujuria. Como sabrás, el hachís con el whisky forman una combinación de lo más chisposa. Yo estaba acostumbrado, y Fernando Bueno bebía y fumaba lo menos posible, para mantenerse lúcido, pero las carcajadas de Gertrudis y Clara se volvieron alarmantes, y sus botes sobre la mesa.
Era el momento de empezar a jugar. Cogí a la madre por la cintura, y en cuanto me vio Bueno tomó a la hija, para llevarlas al dormitorio. Lo aceptaron con la mayor naturalidad, como si lo hicieran todas las noches.

La cama de matrimonio era casi suficiente para los cuatro. Comencé a besar a Gertrudis y a acariciarla, y Fernando Bueno a su hija Clara. Se notaba que las dos parejas solíamos hacerlo, aunque no fuera en cuarteto.

Bueno le pidió a madre e hija que se desvistieran y se besaran. Por alguna extraña sintonía de las esferas en el universo y de las sustancias etílicas, obedecieron sin rechistar. Como yo bien sabía, Gertrudis estaba aún de buen ver, y no digamos la hija, tenía un cuerpazo juvenil que casi se me pasó la borrachera. Fernando Bueno se excitaba cada vez más viendo cómo madre e hija se besaban medio desnudas. Incluso yo, que estaba curtido en esas lides, me alteré viendo el numerito.

El director de banco se añadió para formar un trío. Menudas cosas le gustaba hacer al tío guarro, aprovechándose de que madre e hija estaban colocadas. Yo fingí que me encontraba demasiado fumado para acercarme, aunque quizá era verdad.

Saqué el móvil, lo manipulé un poco y mandé un toque. No quería aguar la fiesta, pero diez minutos después estaba allí la policía. El inspector Leiva, su ayudante Carla Ruiz y toda la tropa. Les abrí la puerta y se toparon con el lamentable espectáculo.

Al pasar frente a mí, Carla Ruiz meneó la cabeza con desdén, mirándome de soslayo sus grandes ojos color miel, como a quien no tiene remedio.

Nos detuvieron a todos y nos llevaron a la comisaría. Yo la conocía ya, pero para el resto, ciudadanos respetables y honrados, resultó muy violento pasar esa noche detenidos y darse cuenta del escándalo al despertar de la juerga.

Carla Ruiz me quitó con brusquedad todas las pertenencias, incluido el móvil. No me dejó ni el mechero o los pañuelos de papel aunque los necesitara.

Al día siguiente todo había cambiado, cuando nos llevaron a hacer la declaración formal. Gertrudis y su hija estaban serias a morir, Fernando Bueno se había encerrado en un mutismo agresivo que no presagiaba nada bueno.

Me echaron todas las culpas. Yo había engatusado a Gertrudis y a su hija para aprovecharme de ellas y de su buen amigo de siempre Fernando Bueno. Les había emborrachado y drogado durante la cena, para empujarles después a un imperdonable desenfreno, a ellos que siempre habían sido ciudadanos modélicos.
Sobre las malditas participaciones preferentes de su oficina bancaria con las que habían estafado a tantas familias, Fernando Bueno declaró que no podía hacer nada, porque eran productos cerrados del banco que en todo caso habían firmado los clientes. Para evitar el escándalo, Gertrudis y su hija tuvieron que callar. Así los tres lograron salir a la calle y echar tierra de momento sobre el asunto.

El plan había fallado y fui yo quien se quedó en el calabozo.

* * *

Poco después se armó un jaleo tremendo en la comisaría, debido a un aviso urgente. La mayoría de los efectivos corrieron a la Plaza de la Trinidad, donde a duras penas salvaron a Fernando Bueno de que le lincharan los vecinos del barrio.

La entidad bancaria tuvo que ceder y garantizar que devolverían el importe íntegro de las participaciones preferentes a todos sus clientes, más los intereses de demora. Me alegré sobre todo por la pobre Gertrudis.

Mientras la comisaría estaba casi vacía, Carla Ruiz bajó al calabozo, me abrió la puerta y me devolvió el móvil.

- ¿Fuiste tú – le dije – quien subió el vídeo a Internet? Hay que ser mala. Mira lo que le has liado a ese infeliz de Fernando Bueno.
- Tú sí que eres malo – repuso Carla –. Grabarles ese vídeo con el móvil mientras estaban en plena faenita esos asquerosos.

Salí del calabozo y miré desconfiado alrededor.

- ¿Estamos en paz entonces?
- Con tal de que te pires y no vuelvas a Granada.
- Si no hay más remedio… – dije, y salí corriendo del calabozo.

Me estaba convirtiendo en un proscrito, además de prófugo de la justicia. Ya de joven no podía volver ni a Albera ni a Granada, si apreciaba mis huesos. Y la lista de bellas ciudades donde me buscaba la justicia no había hecho más que empezar.

- ¡Y tampoco quiero volver a ver tu jeta! – me soltó Carla antes de que yo saliera, con su aguda voz impertinente.

Eso ya no me dio tiempo a prometérselo.

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