Rincón de la Poesía 

Víctor Corcoba Herrero
Granada (ESPAÑA)





EL ESPÍRITU QUE INJERTA VIDA



El todo está en cada latido y cada latido en el todo.
Es la cadena del ser y el ser en la cadena del estar.
Todos estamos deseosos de abrazar la poesía del edén.
Somos una especie de nostalgia de la unidad perdida.
Somos una mística cósmica en busca de energía.
Somos lo que somos, un pedazo de cuerpo
en un mundo de interiores por explorar,
en el que Dios nos busca a nosotros para vivir
eternamente, porque la permanencia
es un volver sobre sí mismo para donarse
y embellecerse cada uno consigo en los demás.

Allí donde nace la verdad crece la belleza.
Allí donde la belleza crece, el alma se recrea.
Allí donde se recrea el alma, Dios injerta alegría.
Porque el regocijo que brota de la contemplación
tiene el rostro del amanecer y el rastro del despertar.
No dejes para después lo que puedas vivir hoy.
Porque la vida en realidad no es esta vida,
sino la que nos queda por abrazar de corazón,
para que otros vivan y nos revivan con sus frutos.
Tampoco dejes para mañana lo que puedas unir hoy.

Lo hermoso tiene su eternidad y permanece.
Permanece el amor que nos dimos y nos damos.
El encanto de dar no está en recibir, sino en entregar.
Somos algo más que caminantes en misión,
tenemos que dar aliento al que nada en desaliento,
tenemos que poner alma y dar nuestra propia vida
al que no la encuentra y espera de nosotros la luz
para ponerse en comunión fraterna con el mundo.
Necesitamos rescatar vidas con nuestra vida.

Una vida ganada en medio de un mundo bárbaro
y hostil, es el mejor estado de ánimo para vivir.
Quien esto experimentó, sabe por propia vivencia,
que cuando el alma se siente bañada
por un amor verdadero, no hay noches oscuras,
sino un estado de verso perdurable, una llama
que nos cautiva, inspiración sublime del individuo,
un fuego interminable que nos purifica por dentro
como bálsamo de paz, y una unión con el Creador
que nos traspasa, que consume toda impureza
y que nos sume en el gozo ascendente de la liberación.

Dejarse amar por Dios es la vocación del camino,
un camino que cuando se llega a la meta,
empieza a nacer en nosotros el espíritu de la armonía.









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