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    Sólo fue un instante

    por Marta Díaz Petenatti


marta 199


Primera Parte

Estaba sentado en el bar. Demoraba tomar su café para no llegar a su casa.

Estaba cansado de esa rutina diaria, de esa mujer, ¡su mujer! que ya no lo motivaba, que incluso lo exasperaba. No podía entender cómo “eso” que tenía frente a él, fuese “aquello” que hizo mujer hacía ya 25 años sintiéndose el más importante de los hombres y pensando: ¡mía para siempre!

Y así fue en realidad, suya para siempre, pues con ella formó su familia. Pero ya nada era igual. Sus ilusiones se fueron desvaneciendo. Ella comenzó a no darle el tiempo que necesitaba, a no calmar sus ansias, a hacer el amor sólo por obligación. Se daba cuenta de que ya no toleraba las caricias previas, que se “hacía” la excitada, pero sólo para que durara menos o para dormirse más rápido. Notaba que fingía los orgasmos. Obviamente que ella lo negaba pero imposible era no advertirlo, lo sentía en su sangre, en su sexo, en su instinto. Y cada día fue peor.

Después vinieron los hijos. ¡Los hijos!, esos seres tan amados, tan queridos, tan de uno. Pero la volvieron peor… egoísta de ellos, demasiado aferrada a ellos, y él, que ya estaba en segundo plano, dejó también de estar en ese lugar.

Muchas noches durmió solo:

- ”Por los chicos, ¿sabés? ¡tienen miedo!, voy con ellos.

O también: -¿Por qué no vas vos a la camita de ellos y que vengan a dormir a la cama grande, así duermen más tranquilos?

Y la barrera se fue elevando haciéndose cada día más alta.

Cuando despertaba, solo, añoraba la calidez de un abrazo, de un beso, de una noche de a dos compartiendo caricias y palabras.

Luego los hijos se fueron a estudiar. Nuevamente quedaron solos.

A sus 43 años le parecía que ya estaba todo dicho, que sólo le faltaba esperar a que la vida de a poco fuera transitando ese camino que lo llevaría a la graduación de sus hijos, al casamiento, a sus nietos.

Pero un día, al dar vuelta en una esquina, cansado de caminar cuadras inútiles, la vio.

Venía hermosa, diáfana, con una sonrisa en los ojos y una ternura en su cara que hicieron que su corazón se acelerara.

Aminoró el paso, sólo la miraba.

Ella también lo miraba, de pronto su boca se abrió en una sonrisa pequeña y dulce que se transformó cuando pasó a su lado en un:

-¡Hola!.. ¿qué tal?

Quedó sin palabras, siguió unos pasos pero rápidamente se dio vuelta y le dijo:

-Esperá por favor, ¿nos conocemos?

-¡No! dijo ella, nosotros no, pero mi corazón sí, ¡te reconoció no bien te vio!

Lo dejó mudo.

-¿Tomamos un café?- sólo pudo balbucear.

-Dale-dijo ella.

Fue en ese momento en que sintió que los años habían pasado y no se preocupó lo necesario para que los demás no se dieran cuenta.

¡Pero la adrenalina era tanta! la emoción le llenaba los sentidos, y verla frente a él hermosa, joven, vivaz, le hizo sentir que “estaba vivo”, que su instinto comenzaba a renacer.

Comenzó a creer que todavía podía agradar, y toda su magia, su encanto, su masculinidad brotaron como si la hubiese regado en ese momento.

Las horas pasaron y seguían charlando. Se reían, disfrutaban de todo lo que decían. Parecían conocerse de siempre. Mas llegó el momento de la despedida. Acordaron verse el martes de la semana entrante.

Y así lo hicieron cada martes, a la misma hora y en el mismo lugar.

Ella le contó que estaba separada, que no tenía compromisos, que lo conocía de verlo pasar por su casa todos los días, hasta que se animó y lo esperó en la calle simulando un encuentro casual.

El no podía creer eso que le estaba sucediendo, se sentía joven, comenzó a cuidar su cuerpo, a querer ganarle a tantos años de inercia. Estaba contento, feliz, todo le parecía hermoso.

Ya no le importaba dormir solo porque aprovechaba su soledad para mandar y recibir mensajes por el celular, que cada vez, al igual que sus charlas, comenzaron a hacerse más profundas, más cargadas de deseos.

Y llegó el inevitable, ansiado y esperado día. La invitó a un motel, ella sólo le dijo:

- ¿Por qué no venís a mi casa?... ¡sabés que estoy sola!

Acordaron verse el viernes a las 10 de la noche. Era el día que él salía con sus amigos y entonces tendría la excusa perfecta para quedarse con “ella” hasta la madrugada. A pesar de su terrible emoción, de sus ansias, de su impaciencia, comenzaron sus miedos.

Todo estaba bien, pero… ¿podría cubrir las necesidades de ella? ¿ qué pasaría si llegara a sentirse tan bien como él creía que se sentiría? ¿ estaba preparado para ello? ¿ qué haría? ¿se separaría de su esposa? ¿sería el eterno amante de ella?

¡Dios mío! su mente era un caos, no podía siquiera disfrutar del pensamiento de lo que vendría, y un miedo arcaico, sepulcral, comenzó a invadirlo lentamente.

Y el viernes llegó. No recordaba ningún viernes donde las horas se hubieran pasado tan rápidamente.

Eran las 9 de la noche cuando salió de su casa, un tenue perfume iba dejando su rastro tras él. Parecía un adolescente en su primera cita, las manos le transpiraban, el corazón le latía presuroso .Ya faltaba poco, ya estaba llegando, ¡cuántas sensaciones!

Faltaba media cuadra cuando sonó el celular. In mente pensó en la cancelación del encuentro. Dijo un ¡hola! casi con miedo, y del otro lado una voz entre alegre y nerviosa le dijo:

-“ Viejo, ¿sos vos?

-Sí… sí, le contestó casi tímidamente a su hijo.

- ¿Qué pasa?

-¡Nada viejo!... ¡sólo felicitarte!... ¡vas a ser abuelo!

Y el piso se abrió. Sin saber por qué siguió de largo, no pudo entrar, se sintió demasiado abrumado; agobiado; responsable, pensando en que ya no podría, en pos de los demás, cumplir sus sueños.

Tomó el celular y con sus manos temblando y su corazón adormecido por el dolor de su decisión, le escribió a ella:

-Esto es un amor imposible mi vida, sólo puedo decirte ¡ adiós y perdón!“

El tiempo pasó.

Hoy nuevamente está sentado en el bar esperando que las horas pasen antes de llegar a su casa.

Jamás pudo olvidar la respuesta al mensaje que mandara la noche más importante de su vida y que decía…”No hay amores imposibles, ¡sólo hay amantes cobardes!”
¡Adiós mi amor!”


Segunda Parte

No podía creer que había pasado la noche con ella. Era de madrugada cuando despertó y la vio a su lado. El corazón comenzó a latirle tan fuerte que parecía se le salía del cuello.

Su mente comenzó a retroceder y se encontró en la puerta de entrada y ella recibiéndolo con un simple:-¡Llegaste!... ¡te estaba esperando desde hacía tanto!

Luego todo fue una vorágine de besos, ternura, sexo. De sensaciones jamás sentidas, de un placer tan profundo que de sólo recordarlo le producía escalofríos.

Y ahí estaba, su pelo color chocolate, largo, formaba un abanico sobre la almohada, su respirar era sereno, acompasado. Dormía profundamente y en su boca le parecía descubrir un rictus de felicidad, de placer. Su mano le acarició suavemente la mejilla y el contacto con esa piel suave, tersa, joven, le produjo placer y desazón. Acercó su boca y besó sus cabellos, el aroma de su piel le movilizó los sentidos de tal manera que decidió levantarse.

Se fue al baño, miró el reloj. Debía volver a su casa. El sueño comenzaba a volverse pesadilla.

Un ruido le hizo mirar hacia la puerta y ahí, apoyada contra el marco estaba ella, desnuda, dejándole ver ese cuerpo perfecto, que se le mostraba con la fuerza de la entrega total. La miró embelesado. Sólo musitó: ¿Descansaste?

Se acercó lentamente y aferrándose a él, llevó la boca a su oído y le musitó suavemente: -“He descansado bien porque he dormido a tu lado”. Me has hecho recorrer todos tus caminos, has recorrido los míos como nadie, te detuviste en cada curva, en cada recoveco, en cada sinuosidad. Cabalgaste estas llanuras como el mejor guerrero y has vuelto a cabalgarlas incansablemente hasta agotar tus fuerzas y las mías.

No podía creer lo que estaba viviendo. ¿Esto era realidad? ¿o era producto de sus ansias desmedidas, de su pasión desbordada, de este amor loco que lo envolvía con un aura donde nadie podía penetrar?

Porque ella es “su amor”, el amor de su vida, el que sentía dentro de la sangre misma haciendo que ésta burbujeara con sólo nombrarla o pensarla; su corazón era el bunker que escondía millones de mariposas volando sobre rosas y libando en sus jardines que olían a siemprevivas, jazmines y magnolias.

Sus ojos eran los ascensores que recorrían el cuerpo de ella; que penetraban por sus ventanas y “sentía” cómo lo miraba; cómo lo acariciaba con su sonrisa, con su voz, que no necesitaba tocarlo para hacerlo sentir suyo, que la recorría íntegra viendo como toda ella florecía con sólo verlo, cómo su interior producía espasmos muy íntimos cuando él la recorría, y cómo se le formaban chispitas en los ojos cuando él le decía: -”Hola bebé”.

Porque sentía que ella era un bebé a su lado, él llevaba la carrera con bastantes kilómetros corridos; ella recién había largado, ¡era tan joven y especial que no podía entender cómo se había fijado en él, cómo podía estar a su lado! pero todo eso ya no importaba en este momento. ¡Se habían amado!

Logró sentir lo que nunca había sentido porque sus sensaciones no habían conocido esa intensidad, ese fuego, esa pasión, ese sentir que por un instante el mundo se detiene y una fuerza eléctrica va penetrando en tu cuerpo haciéndote retorcer del placer y hasta incluso lagrimear sin encontrarle el sentido a esas lágrimas que ruedan por tus mejillas surcándolas como plumas mecidas por el viento.
No se cansaba de mirarla. Ella lo invitó a bañarse, abrió el grifo. Su mano tocó el agua, la encontró placentera, entró a la ducha y desde ahí le hizo un mohín con su boca invitándolo a seguirla.

Y él entró. Ya era demasiada la ansiedad de verla así, el agua tibia corriendo por su cuerpo, ella acariciándolo íntegramente sin dejar de hacerlo en ninguna parte de su recorrido. Los perfumes que exhalaban, los besos en sus hombros, en su espalda, el jadeo de ella que cada vez se hacía más intenso.

Todo hizo que nuevamente su cuerpo estallara en busca del placer que le domaba el razonamiento y los sentidos. Y sucedió tan simple, natural, volcánico, intenso, sintiéndose desfallecer mientras ella seguía acariciándolo, mimándolo, gozando dentro de él, ¡amándolo!

Pero como todo llega a su fin, también llegó a su fin el momento de estar juntos.

Comenzó a vestirse lentamente mientras ella envuelta aún en la toalla húmeda se secaba sus largos cabellos con un ademán que rayaba más en la demora que en la coquetería.

Sólo se miraban. Cada uno hacía lo suyo pero los ojos estaban atrapados; sus miradas hablaban diciendo lo mismo aunque en su interior ambos pensaban cosas diferentes. No podía evitar la angustia que le producía su ida. Deseaba volver a verla, quería tenerla para siempre, ya no podía imaginar su vida sin ella, ahora sí que no tendría sentido si no la tenía a su lado, si no la sabía suya, si no la amaba como loco.

Había probado el paraíso. Conoció su amor, el que había llegado a su corazón seco y gastado por las indiferencias, por la costumbre, por la falta de incentivos, y de pronto todo fue distinto, único, maravilloso. Se sentía como el adolescente que se abre a la vida con ese primer amor que lo graba a fuego.

Así estaba, grabado a fuego por ella, en su corazón tenía la marca, el tatuaje, la imagen, la forma. Imposible era sacarlo de ahí. Sólo la angustia lo estaba oprimiendo al pensar en esta separación que estaba llegando lenta pero firme.

Ella pensaba que él la dejaría nuevamente. Sabía que no podía pelear por él pues sería una pelea con desventajas, y si por casualidad llegara a ganar, la victoria se transformaría en derrota porque él era “él y sus consecuencias”, y ella no figuraba en “esas consecuencias”. Pero ya había ganado en su corazón porque lo había conocido, amado, sintiéndose la mujer más plena y feliz del mundo.

Ya vestidos, él se acercó y le dijo -¡Debo irme, bebé!
-Lo sé, musitó.

Le tomó la cara entre sus manos, la atrajo suavemente hacia sí y le dio un beso dulce e interminable. Ella cerró los ojos y se dejó llevar, sus oídos comenzaron a oír una dulce melodía que sabía que sólo salía de su corazón.

Se fue apartando lentamente: -¡ Nos vemos! -le dijo- y despacio, muy despacio, abrió la puerta y se fue.

Ella cerró, y volviéndose hacia el sillón repitió con la voz ronca por la opresión que sentía en su garganta - ¿Nos vemos amor?

Llegó a la casa. Su mujer lo estaba esperando furiosa, enojadísima:- ¿Me podés decir dónde estuviste hasta esta hora?

No podía decirle a su esposa que estaba enamorado de otra mujer, no de esa manera, el momento no había llegado aún, entonces se limitó a mirarla y a decirle: -Estuvimos acompañando a Juan, un compañero de trabajo que no conocés, su mujer está internada y no tienen familia, así que le hicimos el aguante con los muchachos, y ahora me voy a dormir ¡estoy fusilado!

-¿Vos pretendés que yo te crea eso? -le dijo su esposa.
-Hacé como quieras, es tu problema -le contestó -mientras lentamente se encaminaba hacia la habitación donde hacía varios años dormía solo. Su cuerpo estaba agotado. Pensaba qué es lo que debería hacer.

Pensar en ella, en su boca, en sus caricias, en su voz, le producía un dolor tan agudo y punzante que no podía manejar, ¡la amaba, la extrañaba, la necesitaba, la deseaba! y por el otro lado su esposa, la madre de sus hijos, sólo eso, la madre de sus hijos. Ya nada lo unía a ella, pero la respetaba y no quería hacerla sufrir. Pensaba que nunca la había amado, porque esto que sentía jamás lo sintió ni por ella ni por nadie.

Sabía perfectamente lo que quería, lo que no sabía era la manera de solucionarlo, de conseguirlo, ¿cómo decirle a su esposa?:- ”Mirá , desde hace muchos años que no siento nada por vos, y ahora que encontré al amor de mi vida no quiero perderlo, tampoco quiero dañarte, pero no puedo seguir más a tu lado, necesito estar con ella, vivir con ella, ¡ morir con ella!

Sus ideas giraban, él sabía que era eso lo que debía hacer, mas no se animaba. Sus párpados fueron cerrándose suavemente y un sueño profundo y reparador lo invadió.

Se despertó sobresaltado, le parecía que había dormido un siglo pero sólo eran las 7.30 hs. de la mañana. Entraba a trabajar a las 8 así que se cambió rápido. Tomaría un café en el trabajo.

Cuando salía de su casa vio a su esposa asomada en la ventana de la cocina, la saludó con la mano y ella le contestó con un ligero movimiento de cabeza; no es que estuviera enojada, era sólo la indiferencia con que siempre lo trataba.

El trabajo le pareció más agotador que nunca. Las horas corrían raudas y él no quería que llegara el mediodía porque le había prometido llevarla a almorzar. -¿Qué hago?- pensaba.

Así estuvo toda la mañana, peleando íntimamente con el amor, la cobardía, la desazón, la incertidumbre, el miedo al fracaso, el dolor a la soledad, el recuerdo de esa mujer que lo había hecho vivir y ¡llegaron las doce! Salió de su oficina, no sabía hacia dónde lo llevarían sus pasos.
Pero de pronto se vio sentado en el bar de siempre, pidiendo la comida de siempre, la bebida de siempre, y con el corazón cansado, ¡como siempre!

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