• Ricardo Iribarren

    La Agonía del Unicornio (1)

    Irma La Morte

    por Ricardo Iribarren


Peinado en forma de cucurucho Sonrisa robusta. Senos abultados y labios destilando colágeno. Irma La Morte debió demorar el programa de aquella noche por dos cortes de luz debido a operaciones del ejército. Luego, presentó al famoso escritor; gorra sobre los ojos; “casa portátil en forma de chaleco” (según sus palabras); abdomen levemente abultado y cierta tendencia a inclinarse hacia adelante al hablar. Se refirió a su obra más conocida: El Unicornio.

Durante media hora, narró leyendas medievales que había tomado como fuentes. Una de ellas contaba que a fin de cazar a la fantástica bestia y elaborar con el cuerno un elixir de inmortalidad, los campesinos llamaban a una mujer joven que hundía la mano entre los omóplatos del animal y apretaba el corazón, mientras cantaba:

“Duele el horizonte cuando oscurece
y te ofrendo ese dolor
como corona de rosas
como hato de cruces
tendidas sobre la senda
que nos lleva al castillo.
Cuando canten las mil bocas de los lirios,
arrastraré de la diadema de tu cuello
hasta mi corazón”

El toque y la melodía despertaban en el animal anhelos de cosas lejanas y una nostalgia creciente. Así, debilitado, los hombres podían atraparlo.

En la media hora siguiente, Irma La Morte indagó al escritor sobre su propia vida. No tenía mujer. Había decidido entregarse en cuerpo y espíritu a la literatura y se identificaba con el unicornio de la historia. De recibir el toque de una dama, perdería la fuerza. Seguiría escribiendo, pero sus textos se vaciarían de espíritu. Ante esa afirmación, la central telefónica de la emisora colapsó. Cientos de mujeres pretendían convencerlo del error. El amor cura, redime, crea y nunca puede matar. Era el mensaje repetido por miles de voces femeninas a través de las líneas.

Ulular de sirenas. Uniformes verde oliva. Furgones cargados de soldados El automóvil que llevaba de regreso al entrevistado, fue detenido más de una hora. Órdenes del Alto Mando. Hay terroristas. Están por decretar el toque de queda.

Durante su visita a la ciudad, el ministerio de Cultura había asignado al escritor una casa en los suburbios. En el momento de entrar, repicó el teléfono.

…un hombre que se niega al amor, atrae a todas las mujeres, incluyéndome a mí

La voz de Irma La Morte tenía un timbre húmedo y un eco lejano. Parecía llegar de un catafalco. Discutió con el escritor. “Todos estábamos hechos para amar”. Luego de tres desgraciados divorcios, ella misma buscaba desesperadamente un “hombre de verdad”. Quiso saber si en el punto entre los omóplatos del escritor había alguna señal

-Sólo un triángulo brillante -contestó el hombre antes de colgar.


En la mañana siguiente se decretó el toque de queda. Los gendarmes ocuparon las calles y los principales edificios. Nadie podía transitar, entrar o salir de la ciudad. Todos tenían la obligación de permanecer en sus casas, situación que sería verificada por el ejército.

El escritor se levantó y al mirarse al espejo, el cuerno que sólo era visible para él, se mostraba enhiesto. Rojo en la punta, blanco en el centro y negro en la base; una leve película ácida lo cubría. Coincidía con la sensación quemante del estómago. Por un problema de reflujo, debía comer cada tres horas. En la madrugada había terminado el último paquete de galletas y ahora el vientre del hombre—unicornio gemía suavemente. La ventana trasera daba a un callejón solitario. A la derecha de la calle lateral, había un almacén. Quizá pudiera descender por la escalera de incendios, llegar allí, golpear discretamente y reclamar alimentos. Consultó al cuerno que se movió lentamente, oteando con su roja punta el creciente olor a metal que llegaba de los furgones militares.

Los soldados se habían concentrado en la avenida y el escritor bajó por los estrechos peldaños sin ser visto. Llegó al callejón y caminó hacia la calle lateral. Una cuadra más allá, los camiones desfilaban como humeantes monstruos antiguos. Al tenderse hacia ellos el cuerno vibraba suavemente y se cubría con una leve sombra La tienda estaba abierta y el hombre se escabulló en el interior.

Lo recibió un anciano, visiblemente ciego, con los cabellos blancos y levemente ondulados. No dejaba de sonreír y asentir con la cabeza. A pedido del escritor, empacó jamón, queso, pan, algunas frutas El dependiente explicó que el ejército no tardaría en llegar a la tienda. No se preocupe — agregó — entre unicornios debemos ayudarnos

Ante la sorpresa del escritor, el anciano explicó que su sobrina era Irma La Morte, la conductora y que había escuchado sus palabras en el programa de la noche anterior.

-Además, yo también pertenezco a la familia -agregó-, soy un Camahueto

El ciego modificó levemente las luces y el escritor pudo ver un cuerno en la frente. Colores sin brillo, azul en la base, rojo en el medio y blanco mate en la punta.

El Camahueto era una suerte de unicornio chileno, conocido por sus accesos de locura violenta, aunque no sería el caso del anciano.

-Soy un melancólico, un amante del pasado y tiendo a la depresión. Nunca he matado a nadie. Por las noches debo enterrar mi cuerno para evitar la fiebre de la tristeza, una enfermedad que sí afecta a los camahuetos… Veo que a su cuerno le faltan elementos alcalinos.

Interrumpió al viejo el rumor del ejército ocupando la calle. En tropel, los soldados entraron en las casas, empezando por la esquina.

El anciano indicó al escritor que pase a la trastienda y apenas traspuso la puerta, surgió el peinado en forma de torre y los labios sonrientes de Irma La Morte. Excesivamente maquillada, los pliegues del cuerpo se diluían en el claroscuro de la luz que entraba por la claraboya. Al esbozar la sonrisa de bienvenida, el belfo inferior se derrumbó.

Alegando que los soldados no tardarían en llegar y que el escritor debía ser protegido, la mujer lo abrazó. Cuando llegaran el ejército “con los pertrechos y las feroces armas”, el cuerpo del hombre se perdería en un espacio estrecho y caliente, donde esperaría sin riesgos a que pase el peligro

Entre en mí, escritor unicornio. Piérdase en mi cielo tibio como una aurora boreal que se hubiera hecho carne. Seguro como un niño en el seno de su madre, estará protegido de las miradas y los actos castrenses.

Irma La Morte no llevaba sostén y al desprender su camisa, los enormes pechos se precipitaron. Las manos avanzaron como columnas de infantería, buscando en la espalda del escritor el círculo verde que latía incesante. El puño se dirigió como un rayo al corazón, y el hombre sintió que perdía las fuerzas; supo que se casaría con aquella mujer y en poco tiempo quedaría embarazada, exigiéndole que deje de escribir para hacer la comida, preparar biberones y lavar pañales. Luego, mutaría hasta convertirse en una mancha de carne sobre la cama y comer bombones día y noche, frente a la suave y embriagante radiación del televisor.

El puño regordete encontró el corazón y lo apretó con gula. En ese momento, la puerta se abrió y entraron dos soldados. Nunca se supo por qué, uno de ellos disparó. La bala dio de lleno en el cráneo de Irma La Morte y la mujer se desplomó. El brazo muerto emergió del pecho del escritor con un súbito color gris. La carne cayó en gruesos goterones, dejando los huesos al descubierto. Con un suspiro, el agujero en la espalda del Hombre-Unicornio se cerró lentamente.

Sonido de alarmas. Gritos. Órdenes. Se encontró a una terrorista en ocasión de asfixiar a su víctima. Quizá no fuera así, pero había que creerlo. El bien de la patria lo exigía.

Luego de una hora, el jefe del batallón dejó marchar al escritor. Sabían que aquella muerte había sido un error, y le advirtieron que no hablara de ella.

El sol brillaba, la brisa era dulce y el hombre caminó junto al río. Una niebla oscura y espesa vibraba encima del cuerno. Había sido tocado por un cadáver. Las leyes de los unicornios afirmaban que una gangrena lenta e invisible envenenaría la sangre. Sólo viviría tres días con sus noches. La muerte era un horizonte, tangible y gris, como la línea del cielo en la caída de la tarde. La muerte era una cortina que quizá debiera atravesar.

En la espalda, el triángulo había pasado del verde brillante, al triste azulino de los muertos.

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