• Dean Simpson

    Impresiones

    La mujer en los libros de caballerías

    por Dean Simpson (Boston)


Es evidente en los libros de caballerías la polarización de los sexos. El hombre está en el campo de batalla y la mujer se queda en el castillo. Esto lo podemos ver en el caso de Pandricia, en Palmerín de Inglaterra, quien explica su vida de reclusión: “lo más del tiempo hago mi habitación en un castillo muy fuerte que acá atrás queda, donde no tengo otra compañía sin aquesta que aquí llevo; y porque el asiento de él, por ser muy alegre y gracioso en mucha manera, y estar poblado de mujeres, tiene el nombre Jardín de las Doncellas.” (I,32). Como explica María José Rodilla León: “Dos universos aparecían enfrentados: el feminismo, oculto, doméstico, confinado al interior de la casa, y el masculino, guerrero, exterior y público.” Por un lado el castillo es una cárcel social, donde la mujer de estos textos, a causa de sus “limitaciones” se encuentra mejor cobijada; pero, por otro lado, le da la oportunidad de buscar solidaridad con otras que se encuentran en las mismas circunstancias.

Una mujer generalmente busca la compañía de otra, y juntas se enfrentan a la sociedad. En el último libro del Amadís de Gaula todos los caballeros se lanzan a la guerra y las mujeres se retiran a sus aposentos. En estos casos, el castillo se convierte en una especie de “sala de espera” para la vuelta de los hombres. El espacio encerrado también es una especie de refugio que cobija a las mujeres de las penas del mundo exterior. Es donde Oriana pasa sus meses de congoja pensando que Amadís está con otra, mientras que sus doncellas la consuelan, entre “clamores y dolores” (Amadís, XCIII). En este espacio privado las mujeres pueden expresarse como quieran, cosa que permanece oculto al lector, porque la cámara está casi siempre enfocada en el mundo del hombre. Como explica Ruiz-Doménec, este espacio es esencialmente suyo, un sitio de desahogo y expresión libre: “Ellas suelen dormir juntas, a veces incluso en la misma cama, y aprovechan esta intimidad para hacerse confidencias y exteriorizar sus gestos de afecto; un afecto severamente reprimido en el espacio público, masculino.”

Es curioso que la voz de la mujer en el interior sea casi siempre en plural, para mostrar su solidaridad. En una escena hablando de la “fermosura” de Esplandián, las mujeres responden: “Por esso está bien -dixeron ellas- que estamos aquí encerradas donde no nos verá.” (Amadís, CXVII). Hay una seguridad en el interior donde, entre intimidades, confidencias y unión, las mujeres se apoyan. Otra función de las mujeres, desde un interior, es animar a los de fuera: son las espectadoras que atestiguan las hazañas del caballero. Muchas veces “las donzellas de la torre” observan y comentan los resultados de una batalla (ej, Amadís, LXVIII). La “torre” es indicativa de esta comunidad encerrada. El caso más interesante de esta reclusión ocurre en el capítulo XCII donde además de ser un espacio prohibido para el hombre, parece haber cierto privilegio del cual solo la mujer en estos textos puede disfrutar: “Fuese luego al aposento de Oriana (Gandalín), donde hombre alguno entrar no podía sin su especial mandado, que era aquella torre que ya oísteis, la cual no era guardada ni cerrada sino por dueñas y donzellas.”

Como una sociedad secreta, el ambiente secreto de la mujer reserva el derecho de seleccionar con quién y cuándo se compartirán las intimidades. La condición irrevocable de la mujer en el libro permanece, sin embargo, subordinada a su necesidad de esperar al hombre. Aun al final del último libro del Amadís la reina “estuvo aquel día alguna nueva esperando con mucha turbación y alteración de su ánimo.”(Amadís, CXXXIII). En una sociedad en que muchas mujeres no podían participar en el cambio, no les queda otro remedio que esperar a que le traigan noticias, o mandar a alguien a buscarlas.

La mujer en los libros de caballerías es víctima de su propio ocio. Como pertenece a la aristocracia, no tiene que trabajar, y al no trabajar no se siente integrada o útil a la comunidad. La afloración de la conciencia feminista moderna surgió como consecuencia de la Revolución Industrial y de la necesidad de incorporar a la mujer en la mano de obra. La mujer aristócrata de los libros de caballerías no experimenta esta sensación y forzosamente está condenada a la espera. El derecho al trabajo a veces coincide con la necesidad, y esta necesidad atrae nuevos horizontes, pero en los libros de caballerías no vemos esto.

Una de las misiones del caballero andante es “socorrer a los menesterosos”, pero cuando la menesterosa es una mujer, las circunstancias no son una oportunidad para descubrir una conciencia feminista, sino para afirmar su dependencia al hombre. Y si las mujeres se encuentran en el ambiente del hombre (el exterior), están mayormente indefensas. En un caso que ejemplifica esto, vemos a algunas presas indefensas: “Leonoreta con sus niñas y donzellas, que de rodillas en la carreta estavan, alçadas las manos al cielo, rogando a Dios de aquel peligro las librasse; messaron sus cabellos y dieron muy grandes gritos y bozes llamando a la Virgen María” (Amadís, LV), y la escena a continuación las retrata, después de liberadas de la mano del hombre, como un grupo de despreocupadas sin la menor comprensión de la gravedad de la situación: “Y Leonoreta y las niñas y donzellas hizieron de las flores de las florestas guirlandas, y en sus cabeças puestas, con mucha alegría riendo y cantando se fueron a Londres”. No son todas mujeres son retratadas así, claro, pero sí dan el trasfondo necesario para hacer resaltar la valentía del caballero en su momento oportuno de socorrista.

En estos textos es evidente que la mujer ocupa un lugar secundario al del hombre, pero su relieve es esencial al arranque de la narración.

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