• Juan R. Mena

    Contraluz

    Lírica amorosa

    por Juan R. Mena


Si nos tenemos que poner al día en lo concerniente a la poesía amorosa desde los albores de nuestras civilizaciones mediterráneas, hemos de mencionar antes que nada a Salomón, con su famoso Cantar de los cantares, traducido por fray Luis de León, como recordaremos.

En Grecia, tenemos a los grandes líricos amorosos, específicamente tales como Alceo y Safo. Anacreonte canta también el amor en ocasiones, además del vino y el banquete.

En Roma tenemos a Horacio, creador del famoso “Carpe diem”. y a Ovidio. También otros poetas como Catulo, Propercio, Tibulo, con tintes de tonos elegíacos, o sea que entremeten versos con ciertas lamentaciones en torno al amor.

Aquí sería interesante citar los famosos tópicos latinos para expresar situaciones amorosas. Por ejemplo: “Furor Amoris”(el amor apasionado). “ Ignis Amoris”, (el fuego del amor). “Militia species amor est”, (el amor es un tipo de lucha). Hay más, pero estos son los más conocidos en este tema que estamos tratando.

Hemos de citar otro tópico muy importante como el del poeta de Burdeos en lengua latina Ausonio, del siglo IV, como es el Collige, virgo, rosas, que repetirá nuestro Garcilaso de la Vega, así como Pierre Ronsard en Francia y otros tantos poetas después con expresión más o menos parecida.

No se nos puede olvidar el amor trovadoresco, citando en sus modalidades el famoso “Amor de lejos” del poeta provenzal, Jaufré Rudel, además de Arnaut Daniel, Bertrán de Born y otros trovadores.

Ciñéndonos a la literatura española, hemos de citar, dentro de las obras donde se canta el amor, el Libro de Buen Amor aunque, como en La Celestina, acaban mal porque son, en la época en que se escriben es una transgresión su temática, llamada “el loco amor mundano”.

Ya en el Renacimiento citaremos al antes mencionado Garcilaso, con su lírica amorosa y a San Juan de la Cruz, con su amor a lo divino, así como algún soneto petrarquista de Fray Luis de León. También al sevillano Fernando de Herrera. En el siglo XVII, por supuesto que a los tres grandes de la lírica como son Góngora, Lope de Vega y Quevedo.

Se ha de llegar al romanticismo con Espronceda como poeta apasionado y dolorido en su Canto a Teresa, además de algunos sonetos sueltos. Luego Bécquer, Rosalía de Castro, Manuel del Palacio, el granadino Manuel Paso y Cano —recordemos su bello y elegíaco poema Nieblas, que tanto gustó a Juan Ramón Jiménez-; más adelante, Manuel y Antonio Machado y el citado poeta moguereño.

Ya en la generación del 27, Salinas, Lorca, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y un poco más adelante Miguel Hernández. Y dejémoslo aquí. No se ha aludido a los poetas andalusíes, tanto varones como mujeres en la Córdoba omeya, en la Sevilla almohade y en la Granada nazarí.

Quien quiera, puede acudir hoy a interné y consultar a estos poetas. Téngase en cuenta que he dado los nombres de los más representativos, pero hay muchos más que escribieron poemas líricos con sello amoroso.


EJEMPLOS DE POESÍA AMOROSA DE ÉPOCAS MUY DISTANTES

Soneto XXIII
(Tema: Carpe diem)

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;

marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Garcilaso de la Vega (1501-1536)


AMOR OCULTO
(Tema: “Amor de lejos”, tópico del poeta aquitano Jaufré Rudel)

Ya de mi amor la confesión sincera
oyeron tus calladas celosías,
y fue testigo de las ansias mías
la luna, de los tristes compañera.

Tu nombre dice el ave placentera
a quien visito yo todos los días,
y alegran mis soñadas alegrías
el valle, el monte, la comarca entera.

Sólo tú mi secreto no conoces,
por más que el alma con latido ardiente,
sin yo quererlo, te lo diga a voces;

y acaso has de ignorarlo eternamente,
como las ondas de la mar veloces
la ofrenda ignoran que les da la fuente.

Manuel del Palacio (1832-1906)

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