• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Lince en la cárcel

    por Manuel del Pino


La noticia cundió como la pólvora en toda España y parte de Europa: ¡Por fin habían cogido a Víctor Lince e iba a morder el polvo de la cárcel!

El inspector Leiva y la agente Carla Ruiz le habían sorprendido robando un piso de la calle Mayor. Ahora le tenían detenido en la comisaría de Centro. Fue un buen tanto que se apuntó todo Leganitos 19, y en especial el comisario Rivas, dispuesto a explotarlo para sus buenas relaciones con las autoridades.

Leiva podía incluso ascender a inspector de primera, lo cual supondría su traslado. Él quería la Interpol, así daría movilidad y prestigio a su carrera. Pasaría del centro a la zona Avenida de América, donde estaba la Oficina Central de la Interpol. Además así perdería de vista a la dichosa Carla Ruiz.

El interrogatorio a Víctor Lince por parte del inspector Leiva y de la agente Carla Ruiz en la sala específica fue bastante agrio.

- ¿Te das cuenta -le dijo al final Carla- que esa pobre mujer vivía en el piso sola con su hija adolescente, y que para colmo de desdichas su hija menor había sido violada y asesinada hace cinco años?

Lince permanecía inmutable. El inspector le miraba son insidia satisfecha. La agente Carla Ruiz prosiguió como soltando veneno:

- Pero por eso lo hiciste, ¿verdad, canalla? Elegiste a una desgraciada mujer indefensa. ¿Qué pensabas robar allí? ¡Si apenas tienen para comer!

Sentado frente a los policías, como si oyera gaitas, Lince se limitó a poner con suavidad sus manos esposadas sobre la mesa.

La gente Carla Ruiz se le acercó mucho para decirle:

- Te vamos a mandar a la cárcel hoy mismo. ¡Y me encargaré de que tengas de compañero a un violador de fama, que hará tu vida corta pero intensa!

Lince se levantó, aun esposado, y agarró a la agente por la muñeca.

- ¡Maldita sea tu sangre!

Le retorció la muñeca y el brazo hacia arriba, pero Carla Ruiz se soltó en seguida con furia, sacó la porra reglamentaria y le amenazó apretando los dientes.

- ¡Eso, provócame, que te voy a moler a palos para que mueras como te mereces antes de llegar a la cárcel!

El inspector se acercó para aplacar la situación. Más que nada, porque veía peligrar su ascenso y su traslado a la Interpol, y se imaginaba los próximos veinte años lidiando también con el granuja de Lince y con la arpía de su ayudante.


Trasladaron a Lince como preventivo a la cárcel de Alcalá-Meco en un furgón policial bien custodiado, para evitar desagradables sorpresas: los curiosos se agolpaban a las puertas de la comisaría por la noticia, y Lince tenía fama de ser hábil en escapar.

Alcalá-Meco es una antigua cárcel de los años ochenta, que carece como todas de ese aire pintoresco que aparece en las películas, es tan cutre como la vida real. Cuando llegó Lince, en el módulo de ingresos le cachearon y le retiraron todos los objetos no autorizados, incluyendo el cinturón para que no se suicidara. Le dieron la ropa y productos de aseo. Un funcionario le tomó las huellas y le abrió el expediente para anotar todas tus incidencias penitenciarias, mirándole con antipatía, como diciendo: “Por fin te hemos cogido; ahora te vas a enterar.”

Luego le pasaron al módulo correspondiente, donde empieza la auténtica rutina y soledad de la prisión, como si tu cuerpo en realidad fuera ya otra persona. Tu ropa de civil y hasta tu nombre desaparece, allí eres un número. Los funcionarios no te miran a la cara, a la mínima que hagas dan parte y te llevan a una celda de castigo, lo que supone también que te quitan la llamada y los posibles permisos.

Sobre todo al principio es difícil tener ningún amiguete. No te fías de nadie. Los presos veteranos te radiografían con la mirada para ver cómo eres. Si te descubren algún punto débil, se tiran como moscas a la sangre, con tal de rapiñar unos euros, algo de tabaco o de droga, o simplemente para descargar su odio y su rencor acumulados.

Si tienes un problema ahí dentro, nadie va a ayudarte; al contrario, se burlan de que hayas caído en desgracia y se alegran de que no les haya tocado a ellos. Lo único que respetan es la fuerza, el que sepas hacerte valer. Y si no eres un boxeador, sólo te queda pasar desapercibido entre la masa de uniformes desgraciados. En cuanto llamas la atención estás perdido, se te abalanzan las hienas al acecho.

A Lince no lo pasaron al módulo de preventivos, sino a penados, con la excusa de que la vieja cárcel estaba masificada, y tuvo que compartir celda. Su compañero fue Jaime Rodríguez, alias el Mico: un tipo recio de pelo muy moreno, cuyos brazos le llegaban casi hasta las rodillas, que había sido condenado por asesinato y violación, y que por otra ironía del destino no estaba en régimen cerrado, sino ordinario.

Por suerte para Lince, el Mico iba a su bola y le dejaba en paz. No le ayudaba, pero tampoco le pedía nada. Lejos de estar acosado por ser violador, el Mico tenía una buena consideración en la cárcel. Debido a su buen comportamiento, le habían nombrado “monitor de convivencia” en el módulo, así que andaba siempre muy ocupado, dándose aires de importancia como si detentara un cargo oficial. En la práctica, su función era delatar cualquier conato de rebelión o de protesta, así que los demás presos le guardaban el aire. El Mico sabía que tenía impunidad de movimientos, con tal de no cuestionar el orden establecido.

Hasta que un día, creyendo que habían alcanzado cierta confianza por el roce, el Mico se sinceró con Lince cuando les cerraron las celdas para dormir. En la litera inferior, sacó una foto mediana con un tosco marquito de madera y osó ponerla sobre el pequeño lavabo que había frente a las literas. Era la foto de una niña.

- ¿Te gusta? -dijo el Mico-. Me la bajaron de Internet.
- ¿Tu hija? -le preguntó Lince, echado ya en la litera superior.
- No. Es mi novia. Tiene nueve años.
- ¿No es muy mayor para nosotros?

El Mico rió el chiste cómplice de buena gana y dijo:

- Se llama Inma Pacheco. ¿A que es guapa?
- Mucho. ¿Inma Pacheco? Me suena ese nombre. Hace años salió en todos los telediarios una buena temporada. Creí que estaba muerta.

Con fiebre en los ojos, añadió el Mico:

- Esos mataos me echaron sólo diez años, pero aún me quedan más de cinco. Es un fastidio, se hace eterno. Ya verás cuando lleves unos añitos metido en esta pocilga… Y tú eres un experto en fugas…

Lince se volvió en el catre. El Mico siguió:

- La puta que te denunció por robo es la misma que me acusó de violar y matar a su hija. Por su culpa estamos los dos aquí.

Lince emitió unos sonoros ronquidos, pero el Mico no le hizo caso:

- Así que he pensado que escapemos de este antro y le hagamos a esa puta una visita de cortesía. No soy hombre avaricioso, tú eliges, si prefieres gozar y cargarte a la madre o a la otra hija. Yo me contentaré con la que me dejes.
- Eres muy considerado – dijo Lince asomándose por la litera superior –, pero van a echarme tres años por robo y allanamiento de morada. Si hacemos eso y nos cogen vivos, me condenarán a treinta.

El Mico se enfureció.

- ¡No pienso desperdiciar aquí los mejores años de mi vida, con las mujeres que hay ahí fuera! Si no colaboras, le diré al director que estás preparando planes de fuga y lograré que te hagan la vida imposible. Te arrepentirás de haber nacido; antes de que pasen los tres años te habrás suicidado rompiendo la maquinilla de afeitar y degollándote en el lavabo. ¡Así que ve preparando un plan de fuga de verdad!


Para salir de aquel atolladero, Lince vio la ocasión la noche que España jugaba la final de la eurocopa. Había un ambiente festivo en la cárcel, de esos contagiosos. Durante la cena, los funcionarios les permitieron ver los prolegómenos del partido en la televisión del viejo comedor, como si quisieran compensarles de alguna manera con esa pequeña alegría. Tenían poco tiempo hasta las nueve, cuando debían volver a las celdas y someterse al recuento rutinario antes de dormir.

Lince y el Mico no probaron bocado, comenzaron a toser, fingiendo que les faltaba la respiración y que iban a vomitar.

Se les acercó un funcionario y les preguntó lo que les pasaba. Lince repuso que se encontraba muy mal y que tenía como gripe.

Aquello encendió la alarma. Se acercaron más funcionarios, cuchichearon entre ellos y sacaron a Lince y al Mico en seguida del comedor, para separarles de los demás reclusos. Por nada del mundo querían otro brote de gripe A en Alcalá-Meco.

Les aislaron en el módulo de enfermería, donde en seguida les reconoció el joven médico que le había tocado pringar de guardia la noche del partido, el doctor Tamayo, que se parecía físicamente a Lince: buena complexión, guapo y rubio, sólo que con unas gruesas gafas de estudioso miope.

La gripe A (H1N1) es difícil de detectar, sus síntomas son parecidos a los de la gripe común. El médico novato no las tenía todas consigo. Si fallaba en el diagnóstico, podía provocar una epidemia en el centro penitenciario Madrid II, todo un escándalo nacional. No paraba de salir para consultar los síntomas en sus libros y volver a reconocer de nuevo a los pacientes.

El inexperto doctor Tamayo estaba cada vez más nervioso, no sabía lo que debía hacer. Entonces el Mico le sujetó por detrás y Lince le inyectó uno de sus propios tranquilizantes, lo mejor para que se calmara.

Le acostaron en la camilla. Lince se puso las ropas del médico y se colocó sus gafas, y el Mico otras de su talla que rebuscó en el armario. También se armaron con bisturíes, metiéndolos en los bolsillos de sus batas blancas.

El coche sanitario les esperaba afuera. Esa noche no había mucha vigilancia en los pasillos. El partido ya había empezado y algunos funcionarios estaban entretenidos viéndolo en sus dependencias, con aperitivos y cervecitas: ellos también necesitaban cualquier incentivo para sobrellevar la dura vida en la prisión.

El Mico se echó abajo en la trasera del coche sanitario. Al llegar a la torreta de salida, Lince, haciendo el papel del doctor Tamayo, le explicó a los vigilantes que necesitaba ayuda del hospital, porque había otro brote de gripe A en la prisión. Un vigilante asintió levemente, mientras el otro seguía pegado al partido de su televisor.

Se abrió el viejo portón y Lince condujo libre hacia Madrid. Bajó la ventanilla. Es una sensación de alivio difícil de describir, cuando puedes respirar aire del campo, simple y estupendo, después de haber estado cautivo.

El Mico se incorporó en la trasera del coche y dijo:

- Eres un fenómeno, Lince. Ahora te voy a compensar con creces. Conduce hasta el piso de esa puta y de su hija en la calle Mayor de Madrid.


Fue la misma madre de Inma Pacheco quien abrió la puerta. Al ver a Lince y al Mico vestidos de sanitarios, su rostro primero mostró extrañeza, luego terror. Se echó hacia atrás, ellos entraron y entornaron la puerta.

- ¿Y tu hija? – le dijo el Mico.
- ¿La que mataste -repuso la mujer con odio-, o la que quieres matar ahora?
- Parece que nos esperabas -dijo Lince.
- Mi hija está de vacaciones con unas amigas. ¡Matadme a mí!

Y la mujer retrocedió más aún, resignada a su suerte. Estaba sola, sin armas, lejos del teléfono. Pensó en gritar, eso al menos aceleraría su muerte. El Mico dijo:

- Ésta es para mí. Es algo personal.
- De eso nada -replicó Lince-. Dijiste que elegiría yo.
- ¿Es que vas a discutirme?

El Mico sacó su bisturí, Lince agarró el suyo y se puso en guardia. Unos metros atrás, la madre les observaba con interés.

La pelea fue corta y terrible, a puñetazos y golpes de bisturí. El Mico era más fuerte, pero Lince más ágil. Tras muchos golpes, forcejeos e intentos mutuos de apuñalamiento, Lince logró asestarle una cuchillada al Mico en el costado y eso le debilitó, se echó mano aullando de dolor.

Las otras puñaladas vinieron más seguidas, junto al corazón. El Mico cayó berreando, como si no creyera lo que le ocurría. Sus malvados planes se habían esfumado. Estaba acostumbrado a salir triunfante, siempre depredaba a sus víctimas, y ahora le había tocado desangrarse a él.

Mientras agonizaba, Lince le marcó el rostro con una “L”. Luego miró a la mujer, quien le dijo suspirando:
 
- Has tardado mucho. Creí que ya no ibas a venir.

La mujer fue al dormitorio y volvió enseguida.

- Toma -dijo-, diez mil euros. Son todos mis ahorros.
- Mejor déjalo para tu hija -le dijo Lince.

Cuando iba a retirarse, se le echó encima la policía, que entraba en avalancha. Le redujeron entre varios y le quitaron el bisturí.

- Ahora sí que la has cagado -le dijo el inspector Leiva-. Sea lo que haya sucedido aquí, pasarás los próximos 25 años en una prisión de alta seguridad.
 
En cuanto le esposaron, los policías acudieron a comprobar que la señora estaba bien. Otros se agacharon para asistir a los últimos estertores del Mico. Otros llamaron a la ambulancia, al juez y a la cárcel de Alcalá-Meco.

Estaban todos los polis muy atareados. Se armó un buen jaleo cuando llegaron también los del juzgado y la ambulancia de urgencias. Ya no pudieron hacer nada por el Mico, salvo cubrirlo y subirlo a la camilla.

Fue Carla Ruiz la agente pringada que se ofreció a trasladar a Lince en el coche, camino de la comisaría de Centro.

En la trasera del coche, Lince le sonreía a la agente por el espejo retrovisor. Ella le apartaba la miraba con hosco desprecio.

- ¿Está contenta la señorita? -le preguntó Lince.
- Odio a los violadores -contestó Carla al volante.
- Yo también, sobre todo si son de niñas. Ahora puedes matarme a palos si quieres. Me tienes a solas en el coche, esposado y todo.
- ¡Eso quisieras tú!

Antes de llegar a la Plaza de España, Carla detuvo el coche en un semáforo en rojo y quitó el seguro de las puertas. Se volvió a mirar a Lince de soslayo con sus grandes ojos de color miel, la cabeza algo ladeada en expresión arrogante, abiertos los labios con leve curiosidad. La juvenil melena castaña le caía por los hombros.

Al salir del coche, Lince le dijo:

- ¡Qué guapa estás esta noche!

Ella repuso en agudo tono de desdén:

- ¡Serás puerco!

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